Victoria sobre un paquete de costillas

Uno de los beneficios colaterales de mi pausa es el tiempo para hacer cosas que antes no me animaban mucho.  Entre ellas está la cocina.  ¡Sí, yo sé cocinar!  Es sólo que, durante años, era él quien lo hacía.  No sé tú, pero, cuando empiezan a decirme que le eche esto o que lo cocine de X manera, mi respuesta inmediata es “hazlo tú”.  Así comenzó mi distanciamiento de la estufa.  Por lo tanto, el paladar de mi hijo está moldeado a las recetas de papi y replicarlas o ajustarlas es siempre divertido.  Reconozco que mi menú es limitado.  Por ejemplo, sólo sé hacer arroz en una olla arrocera y, en cuanto a proteínas, no me aventuro fuera de lo que conozco.  Pero, de nuevo, no es que no sepa cocinar.

Días antes de quedarme sin empleo, papá había hecho la compra.  En su selección de carnes incluyó dos paquetes de costillas.  ¡Ajá!  (Un detalle sobre mi persona es que su horario de trabajo es sumamente irregular, por lo que ahora el distanciado de la estufa es él.)  Entonces yo, que apenas como costillas, ¿qué iba a hacer con dos paquetes?  En mi apartamento no hay un grill.  Yo nunca he marinado carnes.  ¿Y si me quedan duras o sosas y mi hijo no se las come?  O sea, esto representaba un #ProblemaDeNiñaBlanca de carácter doméstico.  Cada vez que habría el congelador, sentía que las costillas me miraban burlonas, hasta que me dio con navegar el Internet.  “Easy, fall-off-the-bone oven baked ribs recipe” fue el vídeo ganador, pues empezaba con la palabra clave: “Easy”. 

Mi primer lunes en casa puse a descongelar uno de los paquetes de costillas.  Le pregunté cuál era la combinación de especias que él usaba para carnes e hice mi versión de la proporción artesanal que me había dado.  Sazoné las costillas y las puse en la nevera.  Al día siguiente, él vio que iba a hacerlas y no pudo evitar aconsejarme cómo.  (No, no le contesté.)  Pasado el mediodía, las saqué y las puse en el horno a la temperatura recomendada de 275° porque la receta indicaba cocinarlas a fuego lento por tres horas.  Después de la primera hora, me di cuenta de que mi nivel de paciencia para cocinar lentamente no es tan alto como pensaba.  Las volteé con cara de decepción y subí el horno a 325°.  Al cabo de otra hora, volví a encontrar las benditas costillas sin color y repetí el paso anterior, esta vez llevando la temperatura a 350°.  Apenas aguanté 3/4 de la tercera hora y abrí el horno con una mezcla de pánico y derrota para encontrar que -en efecto- la carne estaba que se despegaba sola de los huesos y olía muy bien.  Completé la receta según el vídeo, las acompañé con papas fritas homemade y me sentí ganadora ante los ojos de mi sorprendidísimo hijo que no paraba de elogiar mi comida y chuparse los dedos.  ¡Victoria!     

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