Mi Disney está en sus ojos.

Entre los highlights del 2019 se destaca nuestro primer #FamilyCation.  En octubre viajamos a Orlando como regalo de quinceañero para mi hermoso adolescente.  No habíamos realmente viajado los tres juntos antes y estas vacaciones tenían que ser memorables.  El plan de ahorros comenzó con el año, pero no tenía idea de por dónde comenzar.  Afortunadamente, recordé que una amiga y su esposo habían iniciado recientemente su negocio como agentes de viaje y ellos me quitaron un gran peso de encima.  Gracias a su excelente planificación, y luego de encontrar el cuido perfecto para el cuadrúpedo que no cabía en las maletas, alzamos vuelo.

Habiendo dormido muy poco la noche antes y con la melancolía de dejar a Koji en la Isla, cada uno rodó su maleta por el aeropuerto hasta que se hizo hora de abordar.  La aventura comenzó el instante en que me percaté que mi hijo observaba el avión por uno de los cristales del gate con una mezcla chulísima de nervios e ilusión en su mirada.  Su sonrisa y la ansiedad con que contemplaba la pista por la ventanita lo delataban.  Sacó su celular y grabó el despegue con una cara que sólo se compara con las de los 25 de diciembre.  Al par de horas, llegamos a la ciudad que nos hace sentir niños a todos y a temprana tarde ya estábamos en el primero de cinco parques que recorreríamos en nuestra travesía.  Sabíamos que caminatas, filas, atracciones, calor, sed, almuerzos caros y cansancio en los pies serían la orden de esos cinco días, pero estábamos juntos y nada más importaba.  Las primeras dos noches añadimos Halloween Horror Nights a la experiencia.  Desde ver cambiar el tono del parque y los espantos inesperados de los personajes en las calles hasta los gritos que dimos dentro de las casas, confieso que pagar para asustarnos resultó más divertido de lo que imaginamos.  Fuimos de Transformers a Harry Potter, de Jurassic Park a Hulk (nuestro favorito), de Ghostbusters a Stranger Things, y de ciertas restricciones a querer hacerlo todo.  Ninguna foto plasma lo que vivimos como familia. 

Los últimos dos parques fueron Animal Kingdom y Hollywood Studios.  Sin restarle mérito al lugar más feliz de la Tierra, los tres coincidimos en que somos más “Universal” que “Disney”.  Entre fast-passes, seres queridos que se unieron, Lion King, Everest, Star Wars, Toy Story, luces nocturnas y decenas de personajes, nada iguala el Flight of passage de Avatar.  ¡Esa era mi joya de la corona!  La espera no fue tan larga como anticipaba y, al sentarme en el simulador, me di cuenta de que alcanzaba a ver a 360°.  A mi derecha estaba mi hijo.  Los colores del mundo de Pandora se reflejaban en su rostro y, bajo las gafas, había una expresión de fascinación que no se compraba en las tiendas de souvenirs.  Fue entonces cuando descubrí el mejor recuerdo que guardo de este viaje: mi Disney está en sus ojos.  

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