¡Hay que tener ovarios!

Ser mujer no es para todo el mundo.  Desde niñas, nos sometemos a rituales que pocos hombres conocen.  Desde la perforación de orejas y los lazos inmensos que desbalancean a cualquier bebé hasta los halones de pelo que sufrimos a diario y los cancanes bajo el vestido que pican como el diablo, la normativa social nos predispone a soportar cosas para las que hay que tener ovarios.  Sin adentrarme en la adolescencia, la menstruación y el primer brasier, hoy te cuento en #500PalabrasOMenos la divina experiencia del ginecólogo.   

Nunca olvidaré mi primer encuentro con este mal necesario para la salud femenina.  Antes de darle acceso a mis zonas restringidas a un desconocido, desesperé en la salita, cayéndome de fondillo de que mi atraso mensual era un quiste.  Concluido el procedimiento invasivo, puso en mis manos una orden de laboratorio y una receta para anticonceptivos.  De salir negativa la primera, procedería con la segunda…  Fast-forward a las últimas de mis 41 semanas de embarazo, cuando le pregunté cómo identificar una contracción y me contestó que no sabía porque él nunca había sentido una.  ¡Graciosísimo!  El parto no-progresivo me llevó al quirófano en que conocí al amor de mi vida, luego de vomitarme el cabello por los efectos de la anestesia.  Dale skip al #CaóticamenteHermoso e imagina los adjetivos que creas que mentalmente le grité a cada enfermera que masajeó mi vientre para reacomodar los órganos después de la cesárea o se tardó en traerme un analgésico.  Te confieso que fantaseé con no pisar una oficina de ginecólogo jamás luego de que me cortara los puntos y ni siquiera llevaba un año de esta tortura.

Pero la “mejor” parte tiene que ser la que le sigue a pasar al cuartito, quitarme todo, ponerme la bata abierta al frente y sentarme tapada en la camilla.  Sintiéndome totalmente expuesta, comienzan las odiosas instrucciones. “Bájate… más, pegadita al borde, pero sin caerte.”  “Pon un pie a cada lado.”  “Relájate, no te trinques.” “Si te trincas, te duele más.”  En ese preciso instante, miro al techo y trato de recordar que sólo está haciendo su trabajo, respiro profundo para no insultarlo, intento relajarme y ahí siento el bendito instrumento hurgando mi interior sin pena ni gloria.  Consecuentemente, me tenso más y escucho nuevamente, ¡NO TE TRINQUES!  Los minutos pasan como si fueran días y vuelvo a contemplar las ganas de juntar mis rodillas de un sopetón para darle en la cabeza a ver si concluye la expedición en lo más profundo de mi ser.  Me visto y paso a la oficina para la lectura de sentencia.  Los próximos pasos pueden incluir sonogramas, cauterizaciones, laparoscopias, endovaginales, la ya comentada mamografía y, por supuesto, más pélvicos y Papanicolau de rutina.  Dándole un nuevo significado al “Man, I feel like a woman” de Shania Twain, pago el deducible, me pongo las gafas y, con ganas de no volver, les digo a las próximas víctimas: “¡Que salgan pronto!”.   

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