Es la misma distancia.

Cuando llegué a San Juan en el 1997, una de las frases que más escuché al mencionar mi pueblo de procedencia fue “tú vives en el ca***o”.  La lejanía inferida en la premisa influyó en la ruptura de mi primer noviazgo y, más importante, trajo a mí la sensación de homesickness que el tiempo que no se ha llevado.  Sin embargo, una de las cosas que más marcó esas cinco palabras fue la división de amistades entre las del Oeste y las del Área Metro.  Pues, además de mi roommate y mejor amiga en aquella época, fueron muy pocas las personas que hicieron la travesía de la Capital hasta Cabo Rojo.  Naturalmente, dividir mi tiempo entre dos lugares complicaba cualquier relación, pues siempre había algo que sacrificar.

Eso cambió hace 18 años cuando el chico que me gustaba me llamó para preguntar si podía recibirlo en mi pueblo un viernes de diciembre.  Emocionadísima, le dije que sí y lo esperé mientras hacía el viaje desde Bayamón.  Quiso ir al Faro de los Morrillos que -como te conté anteriormente- es un gran atractivo turístico, y pasamos la tarde tomando fotos de una de mis vistas favoritas y disfrutando de la gloriosa primera etapa de un nuevo romance.  No era el tipo de persona con quien mis amigos ni familiares me visualizaban, pero el hecho de no parecerse a los demás sólo me atraía más a él.  Yo, también, quise visitarlo en medio del receso navideño.  Después de todo, de allá hasta acá y viceversa es la misma distancia.  Luego de cocinarme los mejores pancakes de mi vida, enseñarme a apreciar el cine internacional y llevarme a contemplar las estrellas desde las afueras de El Morro, nos volvimos inseparables.  A los seis meses ya vivíamos juntos, a los tres años nos convertimos en padres y a los 16 fuimos rescatados por un perro.  Hoy, que celebramos nuestro decimoctavo aniversario, es la primera despedida de año en que su trabajo no le permitirá estar conmigo y te confieso que escribir esa oración acaba de inundarme los ojos.  Pero sé que, aunque el viajecito después de tantos años no se ha hecho más corto ni más fácil, él llegará hasta acá en cualquier momento para complacerme y pasar el resto de las fiestas en familia.

No hay distancia inalcanzable cuando la intención es genuina.  Y así, como él llegó (y se quedó), han llegado otras personas que saben eso.  A los amigos que vinieron a mi baby shower hace 15 años; al amigo que llegó para un vino, un café o hasta una botella de agua; a los que aprovecharon sus vacaciones en el área para visitar; a los que me han hecho el favor de traer o buscarme; a los que llegaron para rezarle a mi papá… desde esta esquina de la Isla yo pudiera decir ignorantemente que ustedes todos viven “en el ca***o”, pero eso no les ha impedido ser, estar y -sobre todo- permanecer aquí. ❤️ ¡Gracias!             

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