¡Nadie me quita lo baila’o!

Un día iba a almorzar con una compañera y noté con extrema curiosidad que ella camina con los pies completamente derechos.  Sonará como un dato irrelevante, pero lo es para mis #500PalabrasOMenos de hoy.  Durante 7-8 años de mi infancia, estudié en una academia de baile.  No recuerdo el comienzo de todo, pero mis abuelos contaban que desde aprendí a caminar mostré interés y al, cumplir cuatro añitos, me matricularon.  Guardo en mi memoria hermosas imágenes de incontables sábados y de recitales en los que fui, de salir un número, a salir en seis.  Mi nivel de involucramiento creció con los años y el talento que mis maestras vieron en mí me llevó del Baby Ballet al Intermedio y -al sábado siguiente- me enviaron para el Avanzado.  ¡Apenas tenía siete años! 

Lo bueno del caso fue que hice esas transiciones simultáneamente con la extraordinaria compañera que, por ser mi contemporánea, me habían pareado casi desde el principio.  Éramos dos piojitas que bailaban en cualquier nivel con el mismo entusiasmo y la misma sonrisa.  Nos daban números para nosotras solas, nos ponían al frente en bailes de grupo, nos pedían asistir a las más pequeñas, nos llevaban a seminarios en San Juan y hasta tomamos clase con Leonor Costanzo.  A los nueve, comenzaron las clases de punta.  Para entonces, los sábados ya eran cosa de todo el día.  Poco tiempo después, la academia cambió de administración, sumando a la ecuación varones, otros géneros de baile, clases los miércoles, viajes a Ponce y oportunidades para distintas audiciones.  Trajo, además, más estructura: un código de vestimenta, hacerse la dona sin flequillo alguno y hasta un maquillaje específico para los recitales.  Fueron buenos tiempos, pero todo tiene su final.  El mío incluye una preadolescente en plena pubertad que se cansó del sacrificio y de sentirse menos por engordar algunas libras.

¡No saques el violín!  Salir de la academia no fue sinónimo de dejar de bailar.  Me divertí mucho coreografiando bailes para cada embeleco del colegio y bailando en la sala viendo vídeos o escuchando música.  Recién llegada a la universidad, audicioné para el grupo de baile del que tanto me habían hablado.  A la semana, publicaron los resultados y el primer nombre en la lista era el mío, pero no entré.  Yo no necesitaba formar parte de un cuerpo de baile, sólo quería probarme a mí misma que aún podía hacerlo si quería.  Décadas más tarde, sigo caminando con los pies hacia afuera, apuntándolos cuando levanto las piernas, estirando los brazos en líneas limpias hasta en las clases de Zumba, enfocando la mirada en un punto fijo cuando giro en la pista de alguna fiesta y me encanta ser la que rompe el hielo.  Seguir el ritmo, aprenderme una rutina y enseñar a mi hijo a bailar, son sólo algunos beneficios del legado que dejó en mí la gran disciplina de este hermoso arte.  Y, así, como nadie puede quitarme mis conocimientos, tampoco ¡nadie me quita lo baila’o!        

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