Sobreviviendo las entrevistas de empleo

Si me dieran a escoger entre hacer 100 entrevistas en televisión (o radio) o hacer una sola de empleo, escogería las 100.  Hay semejanzas entre ambas: requieren preparación, conocimiento del tema y una cuidadosa selección de la vestimenta correcta, pero las de empleo me provocan una tensión adicional.  Por su naturaleza, en una entrevista de empleo te expones a juicio, rechazo y a preguntas más complejas que las de Miss Universe.  Súmale a eso que trabajé 16+ años en el mismo lugar, y entenderás que mis destrezas para “venderme” ante un reclutador eran prácticamente inexistentes. 

Tras la primera oportunidad que se me presentó el año pasado, dediqué varias horas a ver vídeos sobre qué hacer y no hacer durante una entrevista, las preguntas más difíciles que pueden hacerte y cómo contestarlas, las preguntas que nunca debes hacer a tu entrevistador, la manera correcta de saludar y despedirte y otros consejos sumamente útiles.  Afortunadamente, en la actualidad hay numerosas fuentes de información sobre el tema, tanto en español como en inglés, que van desde vídeos hasta podcasts e infinidad de lecturas cortas y largas.  Igualmente, consulté a aquellas amistades que tienen vasta experiencia en recursos humanos o en conseguir buenos empleos.  Me hizo bien aclarar dudas con personas que conocen mis fortalezas y, sobre todo, mis debilidades.  Sus impresiones, sumadas a la buena vibra de mis familiares y amigos más cercanos, me dieron la confianza para enfrentarme a aquella primera entrevista, no sin antes estudiar la página y redes sociales del patrono.  Llegado el día, me aseguré de presentarme unos 15 a 20 minutos antes de la hora citada y, mientras esperaba, hice mi evaluación mental de las instalaciones, del ambiente y, por qué no decirlo, de la gente.  Cada persona que me encontré en el camino hacia la oficina indicada y en la sala de espera fue admirablemente atenta.  Era palpable cuán sólida es la cultura organizacional de ese patrono. 

Mi entrevistadora había trabajado con mi entonces “supervisora” (entre comillas porque la asignación nunca se puso por escrito), y se aseguró de preguntarme por su excompañera tan pronto vio dónde yo estaba trabajando.  Buscar empleo a escondidas de tu jefe añade estrés al asunto y ese primer tema me desajustó los chacras.  Flui sin desfigurarme y respondí todas sus preguntas en la mejor de mis capacidades, aun cuando percibí durante nuestro diálogo que yo no era lo que estaban buscando.  Salí de allí con la frente en alto y complacida de haber tenido un ensayo general satisfactorio, pues al día siguiente me tocaba la entrevista con el otro patrono al que había solicitado.  En esa me sentí mucho más cómoda.  Ya había roto mi segundo himen laboral y el factor intimidante se había reducido.  Me ofrecieron, acepté y el resto es historia.  Actualmente, estando desempleada, me expongo con mayor seguridad al proceso y me enfoco en proyectar lo mejor de mí, en lugar de fijarme en el resultado.  Lo que esté para mí, llegará.    

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