¿Y no hago más na’?

Yo hago tremenda imitación de las Housewives of Miramar, tengo una “Rita” para mi “Tere” y me encantaría tomar espumoso a cualquier hora del día, pero convertirme en ama de casa de Santurce no estaba en agenda.  Si me toca, me toca y, honestamente, la época del año en que comenzó mi pausa no fue mala.  Pude pasar varias semanas en mi pueblo y celebrar las fiestas en familia, sin obligaciones ni prisas.  Eventos cuasi apocalípticos a un lado, no puedo quejarme, pero si crees que quedarme en casa es una visa para la vagancia te E-QUI-VO-CAS.

Para darte un poco de trasfondo, durante 17 años, pasé más de 55 horas semanales fuera de casa entre tránsito y trabajo.  La mayoría de los días, desayunábamos de camino y almorzábamos cada cual en su sitio (trabajo o escuela).  Llegaba y, a menudo, mi esposo había cocinado, por lo que sólo me tocaba fregar.  Me sentaba a estudiar con mi hijo en todos los grados que contó conmigo para eso, y aún lo hago cuando pide ayuda.  Mi tiempo estaba dividido en dos lugares y vivir así era todo lo que conocía…  En mi nueva realidad, usar brasier es opcional y el maquillaje y la plancha descansan más que yo.  Todavía madrugo como si tuviera para dónde ir, soy la alarma de los dos hombres que viven conmigo y ensucio la cocina desde que me levanto a prepararme el café.  Hacer las tres comidas en casa equivale a cocinar tres veces al día y recoger la cocina tres veces al día, sino más.  Mi adolescente, que aún no ha regresado a clases por el asunto de la actividad sísmica en la Isla, le da cara al mundo cerca del mediodía; dato que no me molesta porque me deja espacio para hacer mis cosas en la mañana sin interrupciones, pero me hace debatir entre hacerme desayuno para mí temprano o esperar por él.  O sea, pudiera decir que mi relación más estrecha en este momento es con la estufa.  Lavar ropa ya no es tarea del fin de semana, sino de cada vez que haga falta; lo mismo con la limpieza.  Antes podía ignorar los regueros con la excusa del cansancio que traía de la oficina, pero ahora la grilla que me sirve de consciencia me hace agarrar la escoba con más frecuencia.  Las diligencias tampoco se quedan para los sábados y ahora incluyen visitas divertidas, como a la oficina de Desempleo.    

Para no enmohecer, mantengo el hábito de sentarme diariamente frente a la computadora para explorar oportunidades de empleo, hacer contactos y crear contenido para mi blog.  El tiempo que consumen las plataformas de búsqueda de empleo es casi un part-time.  Y, aunque es obvio que hay más tiempo para el ocio y el descanso, me quito la corona ante quienes escogen vivir así porque, definitivamente, los días no se pasan en pantalones de yoga, copa-en-mano ni protagonizando el “comiendo y sin trabajar” de El Gran Combo.

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