Más abajo vive gente.

Yo crecí en una calle sin salida en la que todos los vecinos se conocían, compartían y se pedían azúcar cuando no tenían para su café de la mañana.  Los niños de las distintas familias jugábamos todos con todos y siempre había alguna madre que nos velara mientras otras trabajaban o se encargaban de los quehaceres domésticos.  Eran tiempos distintos, sí, pero esa sensación de comunidad traía cierto confort que en mi actualidad no existe.  Verás, yo he vivido por los pasados 16 años en un condominio y, hasta hace poco, llegaba a mi apartamento casi de noche, sin mirar para el lado, a realizar la rutina de clausura del día.  Confieso que, con excepción de los meses marianos del 2017, no me esfuerzo por interactuar con los vecinos.  Conozco a algunos por sus nombres, saludo a otros en el pasillo y siempre soy cordial en el ascensor, pero de ahí a saber vida y milagros de cada uno, pues no.  Lo peor es que, en gran medida, lo prefiero así.  La vida en condominio no es igual que la vida en urbanización y eso lo digo sin adentrarme en el mundo de los “informantes” de la administración.

El punto es que esta desconexión de mi alrededor no me había permitido percatarme de ciertos detalles de los que ahora no puedo escapar, por más que lo intente.  Voy a enumerarte algunos de los más … notables:

  1. Tengo algún vecino fumador que practica su vicio a la misma hora que yo tomo café.  Lo bueno es que me sirve de recordatorio para tomarme la pastillita de la alergia todos los días.
  2. Alguna pareja está por romper.  Sus peleas y el volumen de sus gritos han incrementado al unísono. 
  3. Una familia con niños se mudó recientemente a alguna de las unidades cercanas.  Suena a que hay un infante en proceso de dentición y, quizás, uno o dos niños más en etapas de los terribles dos en adelante.   
  4. El sistema de sonido de uno de los apartamentos de arriba funciona a la perfección.
  5. Lo que sea que están reconstruyendo en una de las casas de la calle de atrás es bastante complejo.  Si juzgo por el uso diario de la maquinaria a prueba de silencio durante la mayor parte de las mañanas, deben estar tumbando hasta el viento que se cuela por sus ventanas.        

Sumergida en la banda sonora del chipping hammer y rogando que la vela huela más fuerte que el cigarrillo, reconozco que la vida de ermitaños que felizmente llevamos tiene espacio para mejoría.  Aunque la casa de mis sueños está rodeada de patio y no de gente, rememorar la época post huracán en que los niños corrían bicicleta juntos o jugaban de esconder mientras los adultos intercambiábamos anécdotas y ver el constante desprendimiento de un pueblo en momentos de necesidad me hace apreciar el valor de una comunidad y agradecer que más abajo vive gente y son buenos vecinos. 

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