En la esquina de la felicidad y esa carita

Una semana antes del huracán Irma, paramos en Santa Isabel en ruta desde Cabo Rojo porque yo tenía que ir al baño.  Además, tenía que comprar algunas cosas, así que opté por “la esquina de la felicidad y la salud”.  Oriné, compré, pagué y me dispuse a salir hasta que vi esta única carita mirándome desde el otro lado del sliding door.  Noté que me seguía y llamé a mis hombres, que me esperaban en la guagua, para que lo vieran.  Mi persona contestó: “¿El perrito gufea’o? … nos siguió a nosotros también”.  Era un cachorrito hermoso y pequeño, pero se notaba que estaba mal nutrido, descuidado y sin hogar. 

Regresé a la tienda para comprar -por primera vez en mi vida- una latita de comida de perro.  La abrimos en pleno estacionamiento y esperamos a ver si comía, pero nada.  Tras varios intentos, mi persona se sentó en el suelo, agarró un poco de comida con sus dedos, trató de dársela y nada.  Fue entonces cuando el perrito caminó ignorando la comida, puso la cabecita sobre su pierna y le dijo con los ojos: “I choose you”.  Derretidos de ternura y preocupados porque no comía, decidimos traerlo con nosotros para llevarlo al día siguiente al Humane Society.  Vaciamos una caja que teníamos en el baúl, colocamos shoppers en el fondo y lo pusimos ahí.  De camino, mi hijo tuvo que coger la cajita en la falda porque el perrito no paraba de llorar y él no paraba de mirarlo.  Quiso ponerle nombre y mencionamos todos los que nos ocurrieron hasta que mi persona dijo: “Koji, como el piloto de Mazinger”.  Al llegar a casa, lo bañamos, le pusimos la comida -aún intacta- y un platito con agua y sacamos una colcha vieja para que se acostara sobre ella.  La mañana siguiente lo llevamos al Humane Society, pero nos dijeron que no tenían cupo y sólo podían ponerlo en lista de espera.  Preguntamos si nos recomendaban otro albergue que pudiera aceptarlo, pero ellos son los únicos que no practican eutanasia y el tiempo promedio que duran vivos en otros refugios es dos semanas.  Aterrada y llorosa, le pedí a mi esposo que me llevara a trabajar y esperara el turno para la evaluación veterinaria.

Tenía aproximadamente dos meses y pesaba 4 libras.  Aprender a vivir con un perrito en un apartamento implicó verlo destruir innumerables cosas, convertir el piso en su inodoro y fallar en el intento de mantenerlo en un solo espacio, pero su amor valía más que la inversión que hicimos para cuidarlo.  Éramos, oficialmente, una familia de cuatro cuando azotó María y mi hijo lloró imaginado lo que pudo haberle pasado si lo hubiéramos dejado allí indefenso.  Ahora Koji tiene 2.5 años, pesa 47 libras, es un perrito saludable, engreído, juguetón y amoroso.  Y, aunque su mirada le da diez patadas a la de un Sad Sam, la felicidad con que inunda nuestro hogar es evidencia del verdadero rescate.      

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