Mi paciencia, ¿pa’ cuándo?

Hablemos claro.  La paciencia no está entre mis fortalezas.  Puedo esperar en filas y por la llegada de cosas grandes: un niño, una oportunidad de empleo, un evento importante; pero no me pidas paciencia en procesos que, por repetición, deberían fluir eficientemente.  En una proporción similar a la del “que no le gusta el caldo”, recientemente mi rostro se ha desfigurado de impaciencia e intolerancia con varias “tazas”.    

  1. Recibí una llamada del banco en la que una grabadora notificaba que mi tarjeta posiblemente sería cancelada en respuesta a protocolos de seguridad.  Fue la segunda vez que me sucedió en menos de un año y en ninguna de esas veces había actividad irregular.  Al momento de recibir la llamada, ya mi ATH estaba inservible y yo, por supuesto, sin dinero en efectivo.  (Puedes insertar el regaño aquí.)  Me refirieron a la sucursal para buscar una tarjeta nueva “libre de costo”.  Hello!?!?  ¿Libre de costo para quién?  Salir de la casa, meterse en un tapón y perder tiempo no es mi idea de libre de costo.  Sinceramente, pienso que el protocolo debe incluir una alternativa que le provea al cliente un periodo razonable de 24 horas, con verificaciones y alertas, para resolver antes de que inactiven la tarjeta.  ¿Qué hubiera pasado estando fuera de Puerto Rico sin ese banco cerca?    
  2. Visité una oficina gubernamental para aclarar un asunto.  Me habían citado para algo, pero la carta con la cita llegó el día después de la fecha indicada.  Responsabilizándome totalmente de no adivinar que podía ir en cualquier otro momento, la gerente me refirió a otra oficina en el centro de Río Piedras.  Decidí usar el Tren Urbano y saqué el pase de un solo viaje con el último efectivo que tenía en la cartera.  (Hay una lección oculta sobre andar sin dinero.)  Llegué a la estación, pedí direcciones al empleado y me dirigió incorrectamente a una oficina que quedaba al frente, pero estaba lloviendo fuertemente.  Llamé antes de tirarme y, milagrosamente, contestaron para informarme que no podían atenderme porque el horario para esa gestión era únicamente a las 8:00 a.m. ciertos días de la semana.  Para regresar, intenté recargar el pase del Tren con mi ATH, desconociendo que hace tres años eso no es una alternativa.  Contentita, esperé que escampara, caminé hasta la otra entrada de la estación, retiré $20 y me metí en un cafetín con más moscas que clientes a cambiar el billete. 
  3. Esa misma noche fui a tomar un curso en el que estoy matriculada (adicional a la maestría) y presencié cómo la profesora luchaba durante una hora por solucionar problemas técnicos que la hicieron comenzar la clase con 30 minutos de atraso.  Con un respaldo intermitente del personal técnico en turno, empaticé con ella sin disimular las ganas de salir corriendo.

No creas que me enorgullece perder la chaveta en estos casos, pero quizás algo de proactividad y algunas estrategias de Servicio al Cliente 101 pudieran mejorar estas experiencias.  ¡Pienso yo!  🤷

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