Otro domingo que no me llamas

Hoy es otro domingo que no me llamas y no es que esté aburrida ni me sobre el tiempo.  Es que sigo esperando que suene el teléfono y seas tú.  Miro la pantalla de mi celular y, cuando me doy cuenta de que son las 2:00 p.m., comienzo a sentirme ansiosa.  Veo tu contacto entre mis favoritos, pienso en llamarte y tengo que obligar a mi cerebro a enviarle una señal a mi dedo para que no marque tu nombre.  ¡Tengo tanto que contarte!  No es algo que no sepas.  Me consta que has estado pendiente de mí y atento a todo lo que sucede y, de verdad, lo aprecio profundamente.  Incluso, veo tu mano en ciertos sucesos que van desarrollándose.  Siento tu presencia en mi vida, pero necesito escuchar tu voz.

Por favor, no lo llames costumbre.  Sigues siendo una parte importante de mí y eso no va a cambiar con el tiempo.  Cuatro meses sin verte y 18 domingos sin tu llamada no me han quitado las ganas de correr a abrazarte.  Hasta he comenzado a hablarle a tu vieja foto, pero bueno… la foto no me contesta.  Un “Hi, baby!” me haría el día.  Un “Hey, don’t worry about it” me daría confianza.  Te fuiste sin avisar y, aunque me costó mucho asimilarlo, entiendo por qué.  En lugar de pensar en qué pude haber hecho distinto o en las cosas que me faltaron por decirte, pienso en todo el tiempo que disfruté a tu lado, en el inmenso amor que me diste y en que, gracias a eso, estoy de pie.  Sé que me lees a tu manera, pero sí.  Lo que pasa es que no quiero escribirte con tristeza.  Prefiero dirigirme a ti con agradecimiento.  ¡Gracias por escucharme!  No importa de dónde ni cuándo te hable, tarde o temprano me envías una respuesta.  ¡Gracias por permitirme tener más días claros que grises!  Tu luz continúa iluminándome el camino.  ¡Gracias por ayudarme a escoger mis batallas y darme fuerzas para pelear las que verdaderamente importan!  ¡Gracias por darme la oportunidad de estar allí hoy!  (El que sabe, sabe.)  Te sentí con nosotros, con el mismo orgullo de siempre.  Por si no te lo ha dicho recientemente, él también te extraña.  Sobre todo, ¡gracias por seguir creyendo en mí!  Si bien la falta que me haces es indescriptible, saberte aún de mi lado es el mejor consuelo. 

Si adviertes que mis lágrimas no cesan, no pienses en lo mucho que me duele.  Mejor, piensa en lo mucho que te amo.  Piensa en lo endeudada que vivo con el Cielo por haberme dado un padre maravilloso.  Es muy probable que esto de no verte nunca me resulte fácil, pa’.  Pero es más probable que mi corazón sonría por siempre cada vez que te recuerde.  Así que, no borraré tu número de mi teléfono.  No dejaré de hablarle a tu foto y no pararé jamás de susurrarte hacia el cielo: “I love you, daddy-oh”.     

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