Pongámonos al día.

Tengo mucho que contarte, lector.  Estas últimas semanas han estado llenas de sucesos importantes, unos mejores o más felices que otros, razón por la que había tardado tanto en volver a escribir.  Me disculpo si estuviste esperando y agradezco que regreses a leerme.  Hay cosas que quiero narrarte a mayor escala, pero -por ahora- voy a resumirte un poco de lo acontecido desde la última vez que me senté al teclado. 

Marzo trajo aires de cambio para mí.  Realicé labor voluntaria para una organización sin fines de lucro en la que creo inmensamente.  Viví días hermosos junto a otros voluntarios en los que sentí total agradecimiento de la vida por lo mucho que me ha dado.  Ponerme al servicio de una hermosa causa me ayudó a renovar la esperanza.  Estando allí, recibí el callback que tanto había esperado.  Una prometedora oportunidad (sobre la que abundaré más adelante), puso fin a mi pausa, llenándome de entusiasmo y validando mi capacidad profesional para emprender cualquier reto.  Mi alegría pasó a un segundo plano cuando recibí una de esas llamadas familiares que hacen poner todo en perspectiva.  Mientras reconozco que la muerte es parte natural de la vida, hay maneras de partir que me hacen cuestionar a qué se reduce nuestra existencia.  ¿Cuántas personas recordarán cómo éramos antes de que nuestros cuerpos y mentes comenzasen a fallar?  ¿Quiénes estarán a nuestro lado cuando demos el último respiro?  Ambas preguntas, en este caso, me llevan a la misma respuesta y, sin miras de divulgar asuntos demasiado íntimos de mi familia, quiero dedicar unas líneas a solidarizarme con mi mamá.  Sólo el Padre sabe lo que su corazón y su mente guardan y, sintiéndome tan impotente en la distancia, rezo por su fortaleza y calma tras esta nueva tormenta.        

Con una mezcla emocional muy particular, inicié mi actual aventura en una industria que no me es desconocida.  Este rol me permite nutrirme de mi experiencia para desempeñar tareas que mi intelecto y curiosidad ansían explorar.  El ambiente es fresco y liviano o, al menos, así lo sentí hasta que se desató la crisis por la pandemia que amenaza al mundo entero.  Laboralmente, he visto mucha proactividad en la toma de decisiones y un enfoque humanitario y lleno de consciencia que me hace sentir orgullosa de trabajar ahí.  Personalmente, ayer salí a hacer las diligencias propias de mis sábados y percibí un pánico muy distinto al que los puertorriqueños exhibimos por los huracanes y sismos.  Las mascarillas, los guantes y la escasez de desinfectantes de todo tipo me dieron la sensación de paredes cerrándose rápidamente a mi alrededor.  Intentando conservar gran parte de mi usual calma ante otras emergencias, hice lo que pude sin exponer a mi hijo, elevé una oración y me dispuse a encuevarme.  Luchando por manejar mejor mi tiempo, espero distraer mi mente entre tareas académicas y domésticas y darle poco espacio a la expectativa y ansiedad que hoy nos ocupan a todos.  Respiro y me repito: esto, también, pasará.   

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