Mi niña interior quiere salir.

Unos días pasan más lentos que otros en esto del aislamiento social.  Veo gente contando los días; algunos van por 12, otros por nueve y a mí no me ha dado con marcar en el calendario cuándo comencé a quedarme en casa por orden ejecutiva y sentido común.  Tengo un punto a mi favor en el asunto o, al menos, eso me hago creer cada mañana cuando comparo este acuartelamiento impuesto con los meses que duró mi pausa.  Si sigues mi blog, es probable que hayas leído sobre los sucesos que me hicieron sentar en el banco a contemplar la vida desde otro ángulo.  Grandes cosas han pasado desde entonces, pero pienso que encontrarme con todo ese tiempo libre me dio la gran oportunidad de aprender a vivir conmigo y es ahí donde estriba mi ventaja.  Verme a los ojos, explorarme, cuestionarme y aceptarme me ayudan a encontrarme más cómoda ahora que me toca distanciarme de todo, pero no de todos.

Sé estar entre cuatro paredes, sé sentarme por horas frente a la computadora, cocinar múltiples veces al día, disfrutar de largos ratos de ocio y dormir hasta que sea hora de levantarme para hacerlo todo de nuevo.  En cambio, esta vez no estoy con Misma, mi persona y mi hijo están aquí 24/7 y aún nadie se ha tirado por el balcón.  No pretendo venderte la idea de que estamos como las pascuas, pero creo que sería mil veces peor si yo estuviera arrastrando mi carga emocional de los pasados meses.  Afortunadamente, estoy trabajando remoto, cosa que ocupa mi mente y gran parte de mi tiempo mientras me permite ser yo quien aporte a nuestra economía familiar.  Ellos pasan los días cada uno en su mundo, reagrupándose con la frecuencia que nos sentamos a comer y a ver televisión juntos.  Hoy se sentaron a jugar Xbox y, en medio de la tira’era de su juego competitivo, me regalaron las carcajadas más chulas de estas semanas.  Hasta el encierro tiene sus momentos divertidos si estás dispuesto a mantener los ojos abiertos para verlos.

Indudablemente, tengo los mismos sentimientos de temor e incertidumbre ante esta pandemia.  Lejos de la histeria y de los protocolos excesivos, me he asegurado de hacer lo que está a mi alcance, de reducir a una las salidas de la semana, de no exponer a mi familia y de mantener algo de cordura.  Pero me he sorprendido mirando distinto aquellas escenas en que una persona toca la mano de otra en una serie.  Escucho una voz en mi cabeza preguntando por qué no están a seis pies de distancia y hasta envidiando el escenario en que un abrazo no representa un peligro.  Aun con tanta consciencia, quiero ir a ver a mi madre, llevar a mi hijo al cine, compartir unas copas con mis amigos o siquiera dar una chancleteadita en Marshalls.  Y estoy esperando la alerta que notifique la extensión indefinida de esta necesaria cuarentena, pero mi niña interior quiere salir.

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