Lazos e hilos rojos

Es normal recordar con afecto el primer amiguito que hiciste en Kínder o a la primera persona que se sentó a tu lado en el almuerzo cuando cambiaste a otra escuela o empezaste la universidad, pero ¿cuándo fue la última vez que -en tu vida de adulto- alguien te preguntó si hiciste algún amigo nuevo hoy?  Los adultos vivimos ajetreadamente, tratando de cumplir con nuestras responsabilidades personales y profesionales.  Muchos somos apegados a nuestras familias y atesoramos aquellos amigos que han crecido con nosotros física o circunstancialmente.  Sin embargo, a menudo nos cerramos a la posibilidad de permitir que una persona nueva entre a nuestro círculo.  Pareciera que olvidamos que, a lo largo de cada etapa, necesitamos diversificar nuestra red personal.  ¿Menos perros, menos pulgas?, como dice el popular refrán.  ¿O acaso estamos enfrentando la independencia implícita de la adultez contra la naturaleza humana de rodearnos de gente?

Te hablo en primera persona plural porque mi cuestionamiento no me excluye de esta mentalidad. Reconozco que, especialmente en los últimos años, he sido más cautelosa al momento de etiquetar conocidos como amigos. Mas, escribo esto para honrar a viva voz a los que se han ganado el sello de buena fe. Cuando comencé a estudiar la maestría recientemente, me visualicé sola. Me creé la falsa impresión de que el ambiente sería sumamente competitivo y, teniendo frescos los recuerdos de experiencias tóxicas pasadas, entré al salón guardando distancia. No pasó un mes antes de que algunos compañeros comenzáramos a gravitar hacia otros, a identificar fortalezas y semejanzas y, sobre todo, a mostrar respaldo. La noche antes de mi más importante entrevista de trabajo, recibí un mensaje de texto con sólo dos palabras: Bless you!. Mi reacción se confundió entre la ansiedad que precedía todas mis entrevistas y la emoción que me causó recibir la bendición inesperada de alguien que acababa de conocerme. Supe en ese momento que había mucho valor en los lazos que formamos como adultos, que un nuevo amigo se sumaba a mi lista y que este futuro colega sería alguien de quien aprender y apoyarme tras este retorno a la vida universitaria.

Pensé, también, en las primeras personas a quienes suelo compartirles mis noticias, buenas o malas (después de mi familia); en los excompañeros que me sujetaron cuando recibí la llamada sobre el fallecimiento de mi padre; en todos los que llamaron o escribieron cuando me supieron en las gradas recuperando el aliento. ¡Todos llegaron a mi vida siendo adulta! Entonces, el valor de esos lazos es incalculable. Aquel amigo de la historia que pudo haber terminado llegó hace dos años y mi mejor amiga, con la que comparto un hilo rojo en la muñeca izquierda, se me mudó permanentemente al corazón hace tres. La importancia de las personas en nuestro círculo no es relativa al tiempo, sino al espacio que queramos darles. Para mí, si sumas y eres genuino, estás bienvenido. Nunca es tarde… ni temprano.

Y tú, ¿hiciste amigos nuevos hoy?    

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