Me tocó ir al supermercado.

Antes de que continúes leyendo, te advierto que lo que sigue es un desahogo. Como los pasados viernes de esta cuarentena, ayer había que ir a hacer compra. Durante el confinamiento, el hombre de la casa había asumido esta responsabilidad, pero ayer mi persona amaneció con un pie hinchado que le impide caminar sin dolor. Cuando lo vi cojear, supe que necesitábamos un Plan B. Intenté hacer la compra online sólo para estancarme al ver que no había opción de entrega ni recogido hasta después del 19 de abril. Mentalicé cuántas proteínas quedaban en la nevera y si había alguna alternativa de desayuno para hoy, pero la suma de nuestros abastos no daría para más de dos días y, con el asunto de la tablilla y el domingo de encierro total, las opciones se limitaron a una: me tocaba a mí.

Postergué la salida excusada por mi responsabilidad laboral y hasta contemplé la posibilidad de ir al amanecer.  Sin embargo, cuando llamé para validar a qué hora abrían, la recepcionista me señaló que ya a las 5:00 a.m. había fila para entrar.  Agobiada por la anticipación, culminé mi jornada y me dispuse a pisar la calle por primera vez desde el 14 de marzo.  Dos amigos aconsejaron ponerme, aunque fuera, un pañuelo en ausencia de la famosa mascarilla.  En mi esfuerzo de protegerme lo más posible, me cubrí tanto que parecía que iba a robar un banco y, claro está, nuestro clima tropical ejerció efecto sobre la bandana que me tapaba boca y nariz y los guantes de plástico en ambas manos.  ¡Nunca me imaginé así!  Cuando por fin llegué, la fila comenzaba en la avenida.  Sorprendida con la obediencia a los seis pies de distanciamiento social, llamé a una amiga para que me ayudara a silenciar las voces en mi cabeza.  Pasé unos 45 minutos esperando mi turno ansiosamente y ella hizo lo que pudo para tratar de calmarme.  Para entrar, agarré el carrito temblorosamente y puse música para aislar con los audífonos cualquier ruido que entorpeciera mi misión.  ¡Qué estrés!

Aunque las góndolas no estaban concurridas, quise recorrerlas con prisa.  Tiré cosas, en lugar de organizarlas, evité contacto con la gente, me sorprendí con algunos precios elevados y terminé gastando el doble de lo usual.  Quiero pensar que compré suficiente para prolongarán la próxima ida y reconozco que aquí, afortunadamente, ninguno se come las meriendas el primer día.  Al pagar, me quité los audífonos y el pañuelo con el que peleé tres veces porque se me caía mientras compraba.  Sentí a los empleados más amables que nunca y aproveché para agradecerles que nos sirvieran con tanta empatía.  Salí con un fuerte y repentino dolor de cabeza que puede haber sido que me subió la presión.  Boté los benditos guantes y desinfecté mis manos.  Regresé a casa, limpié y acomodé la compra y me metí a la ducha para ver si el jabón me lavaba la tensión de esta cotidiana, pero ahora difícil, experiencia.

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