Problema de niña blanca

El asunto de la pandemia a nivel mundial es cosa seria.  Basta con exponerse a un poco de información para que los niveles de ansiedad suban y la paz que tanto luchamos por conservar se vaya a la mi**da.  Consecuentemente, el confinamiento ultra necesario y que, desde mi óptica, no ha sido tan malo arrastra una vorágine de situaciones minúsculas que atentan contra la tolerancia y hasta retan las leyes implícitas de la convivencia vecinal.  Tan cerca como hace dos días mi jornada laboral fue musicalizada por una vecina que entendió que las 8:00 a.m. era la mejor hora para poner su “salsa golda” a todo volumen y hasta deleitarnos con sus palmas en clave y su nada melodiosa voz.  Yo, que hasta me pongo los audífonos para no molestar a nadie, luché contra ese ruido mientras trataba de trabajar.  Pero imagínate cómo se habrán sentido los padres que intentan comenzar el famoso homeschooling temprano.  Y, si de niños se trata, te cuento que el infante del que te hablé en “Más abajo vive gente” se llama Sebastián y sus pulmones bastante desarrollados han hecho numerosas apariciones en mis reuniones virtuales.

Dejando eso a un lado, hoy me inspira una situación de menor envergadura por la que seguramente no soy la única que atraviesa.  Todos tenemos algún tipo de rutina periódica para la que recurrimos al servicio experto de un tercero.  Algunos necesitan recortarse, otros necesitan teñirse el cabello y para ambos casos las redes sociales nos han mostrado ejemplos de soluciones como el #PásateLaMáquinaChallenge de Fundación CAP (causa respaldada) y el notable efecto de tintes caseros sobre raíces indetenibles.  En mi caso, tengo que reconocer que, después de mami y mi mejor amiga, la mujer que más extraño en esta cuarentena es mi técnica de uñas.  Vamos, no ruedes los ojos porque el título de esta pieza infiere que no voy a profundizar en los grandes problemas socioeconómicos nacionales.

Desde hace más de 20 años, mantengo cita cada dos semanas para hacerme las uñas.  En un experimento similar a cuando tu hijo siembra una habichuelita para la clase de Ciencias y estudia la planta crecer, así he visto el acrílico alejarse paulatinamente de la cutícula de mis uñas, creando un efecto casi francés en el chispo de color que queda.  Cediendo ante la realidad, recientemente me removí el material de los pies y peleé con la poca durabilidad de la veintiúnica lima que conseguí en la farmacia.  Mi talento para auto esmaltarme es inexistente, pero la idea de verme las uñas desnudas es inimaginable.  Hoy, sexto sábado sin el lujo de refrescar la imagen de mis manos y pies, coqueteo con la posibilidad de cubrir mis uñas con papel de aluminio, inutilizarme unas horas y aromatizar la casa con acetona pura y esmalte.  Mas, cuando pienso en darle mollero a la lima y el buffer, sueño despierta con el día en que pueda felizmente agendar mi próxima cita y ponerle fin a este desastroso #ProblemaDeNiñaBlanca.

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