Mi mayo distinto; no menos especial

En días recientes, celebré mi cumpleaños #41. Como flor de mayo, acostumbro a recibir este mes con ilusión. En mi perfil personal, siempre saludo al primero de estos 31 días en que no faltan pretextos para prolongar mi celebración. ¡Así como lo oyes! Y, si le añado el Día de las Madres, sumo más motivos para adelantar o extender las festividades a lo largo de esas cuatro semanas. Soy fanática de las changuerías. Cualquier detalle es bien recibido, especialmente, si es de esas cosas que conectan conmigo de manera única. Me matan los “vi esto y me acordé de ti”, las sorpresas, las interminables excusas para reencontrarme con amigos que no veo hace tiempo. Mas, en el vigésimo aniversario de mi mayoría de edad no había mucho espacio para eso.

La anticipación a ese wikén fue medio rara. Caía sábado y tenía la esperanza de bajar a mi pueblo para pasar el día junto a mami, pero no estaba convencida de salir del confinamiento y exponernos a todos por la nostalgia propia de la fecha. Entonces, tocaba hacerme de la idea de que pasaría -por primera vez- mi natalicio sin ella. Lo que sonaba peor era visualizar ese segundo domingo de mayo sin abrazarla. Para eso, me preparé con tiempo y un detalle poco común. Nosotras solemos ser muy prácticas al regalarnos. Sin embargo, esta ocasión necesitaba compensar el distanciamiento físico con algo que la hiciera sentir mimada y una postal no me parecía suficiente. Con ayuda de una microempresaria local, le envié por correo un paquetito que ni siquiera tenía mi nombre en el remitente. Ella tardó un par de días en ir a buscarlo y lo abrió sin pensar que pudiera ser mío. La llamada que le siguió a su asombro fue hermosa. Ver su carita, aunque fuera a través de una pantalla, me devolvió la alegría que no tenerla cerca había estado restándome.

Curiosamente, la víspera de mi cumpleaños me contactó la misma emprendedora a la que le encargué el regalito anunciando una entrega para mí. 24 horas antes, otra amiga embelequera me había pedido ideas para agasajar a su progenitora e ingenuamente le recomendé sin imaginar que ella estaba actuando como duende de la mía. Esa inesperada cajita repleta de amor y nuestra divertida interacción en Messenger hicieron el corte de cinta a la fiesta, seguido de un Venmo-gift por $41 😂, vinito y un ladies’ night in. El sábado amanecí entre felicidad y añoranza, y dejé escapar lágrimas que sequé tras el primer timbre del teléfono que, agraciadamente, no paró en todo el día. Leí mensajes, recibí y decoré un bizcochito cortesía de una pareja querida, brindé con mi familia cantándome por vídeo llamada, mi sobrina me dibujó una tarjeta en vivo, cené a mi antojo con los hombres de la casa gracias a Uber Eats, y cerré la noche en un Zoom nonenblanc con gente divina, Tommy Torres por YouTube de fondo, y sintiéndome consentida y amada.

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