Nostalgia en una caja de juguetes

En días recientes, nos dimos a la tarea de recoger la caja de juguetes de mi hijo. Por si no lo conoces, estoy hablando de un adolescente de casi 16 años. Por lo que puedes imaginar que la caja en cuestión fue sustituida por videojuegos y el celular hace mucho. El espacio que ocupaba el total de sus juguetes excedía por mucho las proporciones de fábrica de la caja y dominaba el hábitat del unigénito en suelo y aire. Si fuiste capaz de crear una imagen mental, no me preguntes cuántas horas nos tomó la faena de dividir en tres categorías el cúmulo de 15 cumpleaños, regalos de Navidad y Reyes, caprichos, changuerías, misas sueltas y sorpresitas de todos los menús de niños posibles. Más que agotador, el ejercicio fue un viaje de nostalgia.

En varias bolsas, echamos todo aquello que estaba roto o inservible y los cientos de cachivaches de las famosas loncheritas. En una caja, depositamos todo aquello que puede ser donado. Sin saber a quién ni cuándo, sacamos una cantidad generosa de juguetes preescolares, figuras de acción y otras cosas que en su momento brindaron largas horas de entretenimiento. Desprenderse no es fácil, pero en su mirada había la intención de que otros niños puedan disfrutar de sus antiguos tesoros. Para cada cosa hacía la misma pregunta: “¿quién me lo regaló?”. ¡Y así comenzaron las historias! Papá y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo por llenar los blancos y revivimos risas y travesuras, como la vez que estando en una juguetería pataleteó por un Spiderman diciendo el nombre repetidas veces en un crescendo que fue de la voz chillona de los terribles dos hasta un vozarrón que parecía sacado de una película de terror. Recordamos, también, la época en que un restaurante de comida rápida regalaba Hot Wheels en la oferta de niños y, al preguntarle a mi hijo qué quería comer, él contestaba “hamburger y carrito”.

Creo que él mismo no sabía cuántos juguetes tenía y preguntó si era un niño engreído. Hijo único al fin, le confesamos que muchas cosas las compramos porque nos gustaban para él. Ocasionalmente, las que sí pedía, maniobramos para sorprenderlo. Uno de los dos buscaba, pagaba y llevaba los juguetes al carro, mientras el otro lo entretenía en una parte distinta de la tienda. Finalmente, agrupamos los juguetes de los que no estamos preparados para despedirnos y ahí cayeron sus preferidos y los de alto valor emocional. Entre ellos, están los incontables personajes de Cars y la envidiable colección de Toy Story, la primera película que vio y con la que quedó fascinado porque el nombre en la bota de Woody era su apodo. Ingenió futuro hasta para el canasto de baloncesto de abuelita. Hicimos un lugar especial para todo lo que le había regalado mi papá y para el palo de lluvia que su primera nana le obsequió en su primer añito, entre otros detalles preciados que hicieron de su infancia una memorablemente hermosa.

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