Querido 29 de octubre:

Tú ganas, ya estoy despierta. No sólo cambiaste mi vida para siempre, sino que hoy regresas y abres mis ojos de manera irreparable dos horas antes de que suene mi primera alarma. No, no sé si estoy lista, pero tampoco voy a esconderme bajo las sábanas. Ya vi el recuerdo en Facebook, ya comencé a revivir la escena que tan a menudo viene a mi mente. Así que, dale. ¡Hagámoslo!

Te advierto que no se trata de ti, sino de él. Tú sólo duras 24 horas. Por décadas fuiste y viniste sin dejar mayores huellas, hasta el día en que me dejaste sin aliento. Marcaste el “después” de mi vida sin él y me obligaste a observarte en el calendario, tanto que anticipar tu llegada me ha inundado de lágrimas todo el mes. No lloraba porque te acercabas. Lloraba porque sabía que te pronunciarías en mi memoria con la misma nube gris que posaste sobre mi cabeza hace un año. Lo que no sabes es que esa nube es pasajera porque mi corazón está lleno de él y él siempre fue sol. Entonces, te invito a compartir un café mientras te cuento más.

La verdad es que no ha sido fácil extrañarlo ni pasar 52 domingos sin su llamada, pero él no me ha dejado sola. Yo sé que se ocupa de mí, que todavía me cuida y aconseja. Abogó para que yo saliera de donde no me atrevía a irme. Me dio espacio para manejar eso y todo lo que tú me hiciste sentir. Incluso cuando yo cuestionaba tantas cosas, él sabía que lo que necesitaba era tiempo. El día que pisé mi alma mater, lo recordé buscándome y llevándome cargada de motetes cada principio y cierre de semestre en que la residencia nos hacía mudarnos. No dudo que él me haya acompañado hasta aquella oficina en que las puertas comenzaron a abrirse. También, estuvo conmigo el día que me dio el ataque de pánico en medio de la covidianidad y le di gracias al Cielo de que él se libró del encierro, de las malas noticias y de la incertidumbre que este año ha traído. Aunque duele, 29, doy fe de la misericordia divina que lo alejó de la tierra antes de que empezara a temblar. Su casa sigue intacta, como si hubiera salido momentáneamente a hacer un mandado. Celebrar cosas sin él no es lo mismo, pero lo sentí cerca cuando mi hijo cumplió los 16. Ayer mismo le contaba a su maestra que abuelo vino desde Cabo Rojo a saber de nosotros después de María.

Las personas viven para siempre en el corazón de quienes saben amarlas y llevarlas. Aun cuando hace unos días mi hermano quiso enterrar sus cenizas, nada le resta a su presencia, nada me distancia de su alma. Sólo tengo que pensar en él para sentirlo conmigo y, agraciadamente, sobran recuerdos para escoger.

Puedes quedarte hasta las 11:59 p.m. Él se quedará eternamente.

Sinceramente,

La nena de papá

Dos completados… vamos pa’l tercero

Hoy comienza el tercer trimestre de mis estudios de maestría y tengo que confesar que, después de un par de wikenes de no tener que hacer tareas, me pesa un poco la idea de volver a la carga. El 2 de 4 fue intenso. Entre mis compañeros he comentado que fue como ir de Kínder, donde duermes la siesta, a noveno grado, donde la maestra te pide hallar el valor de X. #Yisus En la primera ronda de asignaciones, invertí sobre 17 horas de mi semana en una sola clase. En la otra, casi creamos un grupo de apoyo para descifrar códigos, tecnicismos y todo un nuevo estilo de cátedra. Si en el primer trimestre dije que no era fácil volver a estudiar después de 18 años, es posible que haya hablado muy temprano. Sin embargo, la madurez me permite enfrentar los retos de una manera distinta, aunque no siempre es la más efectiva.

De la incertidumbre, se formaron nuevos lazos y algunos no tan nuevos se estrecharon aún más. Hasta las nenas que cayeron en la otra sección se reportaron esporádicamente y la rubia del “Uno completado, tres pendientes” fue mis ojos y oídos en más ocasiones de las que haya podido contar.  Mi paciencia fue puesta a prueba, mi empuje también. Un trabajo grupal afloró lo mejor de los que saben dar lo mejor de sí y lo correspondiente de los que no. Mas, como me dijo una profesora, de esos hay en todas partes y es importante ser justa y reconocer que no todos tenemos las mismas habilidades… ni actitudes. Pero, en esos momentos de grandes pruebas, la lista de los que quiero en mis fotos de graduación se solidificó y hasta creció. Cada trimestre me he conducido bajo la premisa de No man left behind y, en esta ocasión, creo que recogí los frutos de esa siembra. Yo no sé si ellos son amigos por una razón, por una temporada o para toda una vida, pero estoy sumamente agradecida de contar con los mejores compañeros y futuros colegas existentes. La verdad es que nadie logra grandes cosas completamente solo y yo los quiero y los necesito para el desfile al son de la Marcha Aida en el verano del 2021.

En el trayecto, todos cogimos el ritmo y los resultados del esfuerzo sobrepasan cualquier expectativa. Así que, para el 3 de 4, de mi parte, no tengo muchas. Preveo conectarme en un ratito con la misma sonrisa de siempre y llevar el peso un día a la vez. Ya sé qué ajustes hacer en mi rutina para cumplir con todas mis responsabilidades y, aunque seguimos sumando estresores a la covidianidad que nos obliga a vivir todas nuestras facetas bajo el mismo techo, no pienso perder la meta de vista. A los que emprenden esta segunda mitad de la jornada conmigo, ¡vamo’ a hacerlo! A ti, que no te decides a alcanzar lo que anhelas, escucha tu corazón y sigue hacia adelante.

Problemas de conexión… y otros lazos

Siempre me he rodeado de amigos varones. Hay quienes dicen que ellos son más sinceros que las féminas, mucho menos competitivos, y hasta tienen una manera especial de cuidar. Lo cierto es que en cada etapa de mi vida he tenido los mejores y ellos saben cuánto los amo.  Pero hoy quiero contarte de tres con los que he resuelto problemas de conexión y estrechado lazos recientemente.

Para darte un poco de trasfondo del primero, “Papo” y yo hemos sido amigos por más de una década. Hemos superado grandes dificultades juntos. Si a mí me pasa algo, sé que puedo contar con él. En mi mente, “Papo” guarda una capa de superhéroe en la gaveta para ponérsela cuando yo lo necesito. Sin embargo, en mi afán de sobrepensar las cosas, me he cuestionado si nuestra amistad se nutre de necesidad más que del disfrute del otro. Desde mi pausa, sus llamadas me suenan a puro monitoreo. El exceso de preguntas me abruma, la conversación no fluye y cuelgo sintiéndome completamente irritada. Si yo fuera él, me hubiera mandado a buen sitio hace rato. Ayer (después de mucho) atendí su llamada, le bajé dos y, cuando llegamos al tema, me dijo algo así como que no iba a rendirse; que le dolía mi rechazo, pero esperaba alguna oportunidad de poder conectar. Tras tantos años de amistad, es seguro asumir que nos hemos dicho de todo, pero eso era algo que mi corazón necesitaba escuchar. Tendremos nuestras diferencias, pero sé que no perderemos lo que hemos ganado.

El asunto de la confianza es delicado, pero el segundo “pana” en este cuento sabe hacer uso correcto de ella. A apenas un mes de conocerme, “Pepo” tuvo el valor de decirme algo que para otra persona pudiera sonar atrevido o prematuro. Con su honestidad, logró calmarme y darme otra perspectiva en una situación en la que mi pasión por un tema me cegó. Me hizo ver que me había equivocado y abrió mis ojos a la importancia de disculparme con alguien que merecía mi respeto. Lo mejor fue que hizo todo eso sin juzgarme. En sus palabras había una preocupación genuina por las posibles repercusiones de mi argumentación intensa. Supe en ese momento que “Pepo” ya estaba dentro de mi círculo. Mi buen juicio había fallado, pero él no y eso me hace sentir muy afortunada. Terceramente, mi amistad con “Pipo” (el de la historia que pudo haber terminado) tuvo un refresh medio chulo en estos días. Entre nosotros no hay problemas ni malestares. “Pipo” y yo compartimos una magia única y somos de los de checkin diario. Es sólo que, esporádicamente, nos damos cierto espacio creyendo que el otro lo necesita por las razones que sean y lo que hacemos es extrañarnos más de lo que vivir en países distintos implica. Cuatro palabras cerraron nuestra última brecha: “yo necesito que regresemos”. Y con ellas sentí como si se reiniciara mi sonrisa.

¡Es grandioso tener buenos amigos!

Nostalgia en una caja de juguetes

En días recientes, nos dimos a la tarea de recoger la caja de juguetes de mi hijo. Por si no lo conoces, estoy hablando de un adolescente de casi 16 años. Por lo que puedes imaginar que la caja en cuestión fue sustituida por videojuegos y el celular hace mucho. El espacio que ocupaba el total de sus juguetes excedía por mucho las proporciones de fábrica de la caja y dominaba el hábitat del unigénito en suelo y aire. Si fuiste capaz de crear una imagen mental, no me preguntes cuántas horas nos tomó la faena de dividir en tres categorías el cúmulo de 15 cumpleaños, regalos de Navidad y Reyes, caprichos, changuerías, misas sueltas y sorpresitas de todos los menús de niños posibles. Más que agotador, el ejercicio fue un viaje de nostalgia.

En varias bolsas, echamos todo aquello que estaba roto o inservible y los cientos de cachivaches de las famosas loncheritas. En una caja, depositamos todo aquello que puede ser donado. Sin saber a quién ni cuándo, sacamos una cantidad generosa de juguetes preescolares, figuras de acción y otras cosas que en su momento brindaron largas horas de entretenimiento. Desprenderse no es fácil, pero en su mirada había la intención de que otros niños puedan disfrutar de sus antiguos tesoros. Para cada cosa hacía la misma pregunta: “¿quién me lo regaló?”. ¡Y así comenzaron las historias! Papá y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo por llenar los blancos y revivimos risas y travesuras, como la vez que estando en una juguetería pataleteó por un Spiderman diciendo el nombre repetidas veces en un crescendo que fue de la voz chillona de los terribles dos hasta un vozarrón que parecía sacado de una película de terror. Recordamos, también, la época en que un restaurante de comida rápida regalaba Hot Wheels en la oferta de niños y, al preguntarle a mi hijo qué quería comer, él contestaba “hamburger y carrito”.

Creo que él mismo no sabía cuántos juguetes tenía y preguntó si era un niño engreído. Hijo único al fin, le confesamos que muchas cosas las compramos porque nos gustaban para él. Ocasionalmente, las que sí pedía, maniobramos para sorprenderlo. Uno de los dos buscaba, pagaba y llevaba los juguetes al carro, mientras el otro lo entretenía en una parte distinta de la tienda. Finalmente, agrupamos los juguetes de los que no estamos preparados para despedirnos y ahí cayeron sus preferidos y los de alto valor emocional. Entre ellos, están los incontables personajes de Cars y la envidiable colección de Toy Story, la primera película que vio y con la que quedó fascinado porque el nombre en la bota de Woody era su apodo. Ingenió futuro hasta para el canasto de baloncesto de abuelita. Hicimos un lugar especial para todo lo que le había regalado mi papá y para el palo de lluvia que su primera nana le obsequió en su primer añito, entre otros detalles preciados que hicieron de su infancia una memorablemente hermosa.

El apagón me reactivó la musa.

Dos meses sin escribir y me encuentro aquí, en el mismo balcón en que durante los meses posmarianos veía pasar los días y luego las semanas. En medio del apagón, escucho el viento y unas gotas esporádicas me recuerdan este absurdo aviso de tormenta en pleno verano. ¡Qué añito estamos teniendo! El mío, como sabes, empezó en las filas del desempleo y con otro norte: mis estudios de maestría. Esa idea de recorrer nuevos caminos o, mejor dicho, caminos conocidos con nuevos rumbos, me hizo calmar el estrés de los temblores y hasta del supuesto meteoro. Dos meses más tarde, una excitante oportunidad profesional me devolvió la ilusión y a un territorio que también me resultaba conocido. Caminé aquellos pasillos y calenté mi oficina por un total de cinco días hasta que aquello que parecía lejano se hizo real, la Gobe nos puso en el lockdown y una pandemia nos hizo reaprender a vivir.

En mayo, inició mi segundo trimestre de la maestría con una carga académica y retos imposibles de anticipar. En junio, los ruidos a mi alrededor se me mudaron a la cabeza y, en medio de un abrumador episodio de ansiedad, caí. ¿Has escuchado de la gota que desborda la copa? Pues, yo sentí la mía derramarse hasta inundarme. Luego, vino mi primer día de los padres sin el mío, seguido de los anuncios que ofrecían libertinaje a la covidianidad. Ni la playa ni el cine ni los restaurantes abiertos a 50% me tentaron, pero la idea de reunirme con mi madre me hizo relocalizar el confinamiento al otro lado de la Isla.  Me regocijé por dos semanas en el hogar que me vio crecer y reafirmé que pocas cosas se comparan a tanta felicidad. Regresé al son de curvas de contagio elevadas y perdí la cuenta de los disparates que he leído dentro y fuera de las noticias. Sin embargo, mi enfoque era terminar el extenuante trimestre con fuerzas.  

Pero una noche, al termómetro le dio con marcar de manera consistente de esas temperaturas alarmantes. Entonces, un quebranto de salud me llevó días más tarde al equivalente de una sala de emergencias que, en estos tiempos, me aterra más que mi salida al supermercado del mes de abril. Los negativos no me hacen bajar la guardia. Del susto, he usado mascarilla hasta en las vídeollamadas, estoy durmiendo sola temporeramente y no recuerdo cuándo fue la última vez que abracé a mi hijo. Aun así, saqué voz de donde no la tenía para lucirme en las presentaciones de fin de curso y, justo cuando celebraba el reconocimiento de aquella profesora que me dio más trabajo que otras, recibí las notificaciones de suspensión de labores a cuenta de otra cosa más que nos pone en pausa este bendito año. Mas, ni ahorrar la carga del celular me hace olvidar que hoy es el noveno de mis -desde octubre- tristes días 29.

Livin’ la vida en Zoom

Entre todos los cambios que ha traído la nueva norma, uno de los más notorios es la vídeo llamada.  Si tienes suerte, tu teléfono ahora suena -con mayor frecuencia- con la cámara encendida.  Algunos tratamos de acomodarnos las greñas antes de aceptar la ansiada interacción con alguien que no está bajo el mismo techo, mientras que otros parecen vivir camera ready.  Lo cierto es que, cuando esas interacciones forman parte de tu covidianidad, hay espacio para desarrollar una relación amor/odio con cualquier plataforma que las facilite.

Zoom, por ejemplo, es actualmente la herramienta más popular para celebrar reuniones profesionales, sociales, académicas y de desarrollo.  El confinamiento no permite reuniones presenciales y aparenta ser que las llamadas en conferencia ya no son suficiente.  En mi caso, el día comienza mirando la agenda para validar si tengo o no reuniones [por Zoom] calendarizadas y, si las tengo, saber con quién o quiénes dicta los próximos pasos.  Mi política es que, si no hay reunión, no hay brasier.  Dado que trabajo desde un rinconcito en mi mesa del micro comedor, disfruto del aire a condición de que entre por las ventanas o sople del abanico.  Esto significa que no me verás en manga larga hasta nuevo aviso.  Entonces, si la reunión es con mi supervisora o mis compañeras, me pongo una camisa de mangas cortas, prescindo del maquillaje y de los lentes de contacto por pura pereza de ponérmelos.  En este punto, y a apenas tres meses en mi nuevo empleo, todas nos hemos visto sin filtro y esa etiqueta es aceptada en nuestro pequeño círculo.  Sin embargo, si la reunión es con terceros, opto por una blusa más decente, uso sólo seis de los 874 productos con que uno se maquilla hoy día, me pongo los lentes y hago un esfuerzo por que el cabello luzca decente.  Claro está, está mini producción aplica estrictamente de la cintura hacia arriba, donde la cámara alcanza.  De la cintura hacia abajo, ahora vivo en cortos y chancletas y la verdad es que la imagen completa en el espejo es un chiste.

Además del trabajo, estudio mi maestría en Zoom.  ¡Aquí se ve de todo!  Hay personas más desaliñadas que uno, los que quieren hacer la clase acostados, perros en la falda, gatos frente al monitor, juguitos de adulto en cámara, parejas y niños caminando detrás, fondos virtuales cuestionables y el interminable problema del audio y la pobre conexión.  ¿Has visto algún vídeo viral de papelones en Zoom?  Pues, nadie está exento.  Finalmente, los encuentros sociales admiten otro tipo de dinámicas, unas menos exitosas que otras.  Un happy hour en Zoom es divertidísimo, pero recomiendo limitar la cantidad de participantes.  Contrario a los encuentros en persona, aquí no puedes cambiar de grupo si un tema no te gusta y todos quieren hablar a la vez.  Pero mi cumpleaños así fue divino y reconozco que, dentro de todo lo que estamos viviendo, hay cosas peores que estar livin’ la vida en Zoom.

Mi mayo distinto; no menos especial

En días recientes, celebré mi cumpleaños #41. Como flor de mayo, acostumbro a recibir este mes con ilusión. En mi perfil personal, siempre saludo al primero de estos 31 días en que no faltan pretextos para prolongar mi celebración. ¡Así como lo oyes! Y, si le añado el Día de las Madres, sumo más motivos para adelantar o extender las festividades a lo largo de esas cuatro semanas. Soy fanática de las changuerías. Cualquier detalle es bien recibido, especialmente, si es de esas cosas que conectan conmigo de manera única. Me matan los “vi esto y me acordé de ti”, las sorpresas, las interminables excusas para reencontrarme con amigos que no veo hace tiempo. Mas, en el vigésimo aniversario de mi mayoría de edad no había mucho espacio para eso.

La anticipación a ese wikén fue medio rara. Caía sábado y tenía la esperanza de bajar a mi pueblo para pasar el día junto a mami, pero no estaba convencida de salir del confinamiento y exponernos a todos por la nostalgia propia de la fecha. Entonces, tocaba hacerme de la idea de que pasaría -por primera vez- mi natalicio sin ella. Lo que sonaba peor era visualizar ese segundo domingo de mayo sin abrazarla. Para eso, me preparé con tiempo y un detalle poco común. Nosotras solemos ser muy prácticas al regalarnos. Sin embargo, esta ocasión necesitaba compensar el distanciamiento físico con algo que la hiciera sentir mimada y una postal no me parecía suficiente. Con ayuda de una microempresaria local, le envié por correo un paquetito que ni siquiera tenía mi nombre en el remitente. Ella tardó un par de días en ir a buscarlo y lo abrió sin pensar que pudiera ser mío. La llamada que le siguió a su asombro fue hermosa. Ver su carita, aunque fuera a través de una pantalla, me devolvió la alegría que no tenerla cerca había estado restándome.

Curiosamente, la víspera de mi cumpleaños me contactó la misma emprendedora a la que le encargué el regalito anunciando una entrega para mí. 24 horas antes, otra amiga embelequera me había pedido ideas para agasajar a su progenitora e ingenuamente le recomendé sin imaginar que ella estaba actuando como duende de la mía. Esa inesperada cajita repleta de amor y nuestra divertida interacción en Messenger hicieron el corte de cinta a la fiesta, seguido de un Venmo-gift por $41 😂, vinito y un ladies’ night in. El sábado amanecí entre felicidad y añoranza, y dejé escapar lágrimas que sequé tras el primer timbre del teléfono que, agraciadamente, no paró en todo el día. Leí mensajes, recibí y decoré un bizcochito cortesía de una pareja querida, brindé con mi familia cantándome por vídeo llamada, mi sobrina me dibujó una tarjeta en vivo, cené a mi antojo con los hombres de la casa gracias a Uber Eats, y cerré la noche en un Zoom nonenblanc con gente divina, Tommy Torres por YouTube de fondo, y sintiéndome consentida y amada.

Uno completado, tres pendientes

Recientemente, terminé mi primer trimestre de maestría.  La anticipada conclusión del 1 de 4 fue antecedida por varios fines de semanas en que no pude despegarme de la computadora por la complejidad y longitud de los trabajos finales.  Mas, las largas horas y el resentimiento en mi espalda no opacan la inmensa satisfacción.  Y es que, además de que fueran los primeros cursos después de 18 años sin pisar un salón de clases, los resultados vinieron acompañados de hermosos comentarios por parte de mis profesoras.  Como niña pequeña, hice el equivalente de correr donde mi madre a enseñarle mi reporte de progreso académico, enviándole fotos de las calificaciones y los elogios. 

La mezcla de emociones fue divina: felicidad, asombro, melancolía, determinación.  Reviví por un instante ese día de diciembre en que, siguiendo el más sabio consejo, regresé a mi alma mater para retomar mis estudios.  No podía anticipar, entonces, la sensación indescriptible que viví cuando hace un par de semanas me tocó presentar un portafolio profesional en una de mis clases a distancia y aquel compañero del que te hablé en “Lazos e hilos rojos” me escribió un mensaje lleno de orgullo.  Noté algo muy similar en la mirada de mi profesora, aunque puede haber sido un efecto del monitor. 😉 En mis ojos admití reciprocidad de conmoción cuando él y otros futuros colegas presentaron sus respectivos proyectos.  Fue un momento memorable que hubiera querido inmortalizar en una foto o sellar con un abrazo, pero la vida en Zoom no deja espacio para eso.  No obstante, mi memoria de elefanta guarda un recuerdo imborrable de la expresión de “¡lo logramos!” en los rostros de mis compañeros.  ¡Qué lindo es ver a alguien recoger el fruto de su esfuerzo! 

Días más tarde, tocaba matricularnos en los cursos del próximo término.  Algunos habíamos acordado avisarnos en la medida en que completáramos el proceso para procurar coincidir.  Entré tempranito al sistema y emití las notificaciones correspondientes, pero desconocía que los espacios limitados se llenarían tan rápido y dejarían fuera a varios de los que contemplaba para el de 2 de 4.  Si alguien me hubiera dicho en diciembre que esta transacción separatista me provocaría nostalgia, hubiera respondido con algún comentario individualista y prepotente.  Sin embargo, eso fue justo lo que sentí cuando al día siguiente vi que la mayoría del grupo había quedado en secciones distintas a las mías.  Agraciadamente, conservé mi sistema de apoyo inmediato, pero la rubia con quien intercambio frustraciones y carcajadas y otras personas especiales que forman parte de mi red van a hacerme mucha falta.  No me queda otra que dejar la puerta abierta a nuevas caras y experiencias, y enviarles toda la buena vibra a los que quiero en mis fotos de graduación el próximo año.  Aunque comencé esta maestría pensando que tendría que valerme por mí misma y defenderme sola, hoy me sorprendo gozando de la solidaridad y el cariño de gente que puedo ver en mi vida -quizás- por mucho tiempo.  ¡Enhorabuena!   

Problema de niña blanca

El asunto de la pandemia a nivel mundial es cosa seria.  Basta con exponerse a un poco de información para que los niveles de ansiedad suban y la paz que tanto luchamos por conservar se vaya a la mi**da.  Consecuentemente, el confinamiento ultra necesario y que, desde mi óptica, no ha sido tan malo arrastra una vorágine de situaciones minúsculas que atentan contra la tolerancia y hasta retan las leyes implícitas de la convivencia vecinal.  Tan cerca como hace dos días mi jornada laboral fue musicalizada por una vecina que entendió que las 8:00 a.m. era la mejor hora para poner su “salsa golda” a todo volumen y hasta deleitarnos con sus palmas en clave y su nada melodiosa voz.  Yo, que hasta me pongo los audífonos para no molestar a nadie, luché contra ese ruido mientras trataba de trabajar.  Pero imagínate cómo se habrán sentido los padres que intentan comenzar el famoso homeschooling temprano.  Y, si de niños se trata, te cuento que el infante del que te hablé en “Más abajo vive gente” se llama Sebastián y sus pulmones bastante desarrollados han hecho numerosas apariciones en mis reuniones virtuales.

Dejando eso a un lado, hoy me inspira una situación de menor envergadura por la que seguramente no soy la única que atraviesa.  Todos tenemos algún tipo de rutina periódica para la que recurrimos al servicio experto de un tercero.  Algunos necesitan recortarse, otros necesitan teñirse el cabello y para ambos casos las redes sociales nos han mostrado ejemplos de soluciones como el #PásateLaMáquinaChallenge de Fundación CAP (causa respaldada) y el notable efecto de tintes caseros sobre raíces indetenibles.  En mi caso, tengo que reconocer que, después de mami y mi mejor amiga, la mujer que más extraño en esta cuarentena es mi técnica de uñas.  Vamos, no ruedes los ojos porque el título de esta pieza infiere que no voy a profundizar en los grandes problemas socioeconómicos nacionales.

Desde hace más de 20 años, mantengo cita cada dos semanas para hacerme las uñas.  En un experimento similar a cuando tu hijo siembra una habichuelita para la clase de Ciencias y estudia la planta crecer, así he visto el acrílico alejarse paulatinamente de la cutícula de mis uñas, creando un efecto casi francés en el chispo de color que queda.  Cediendo ante la realidad, recientemente me removí el material de los pies y peleé con la poca durabilidad de la veintiúnica lima que conseguí en la farmacia.  Mi talento para auto esmaltarme es inexistente, pero la idea de verme las uñas desnudas es inimaginable.  Hoy, sexto sábado sin el lujo de refrescar la imagen de mis manos y pies, coqueteo con la posibilidad de cubrir mis uñas con papel de aluminio, inutilizarme unas horas y aromatizar la casa con acetona pura y esmalte.  Mas, cuando pienso en darle mollero a la lima y el buffer, sueño despierta con el día en que pueda felizmente agendar mi próxima cita y ponerle fin a este desastroso #ProblemaDeNiñaBlanca.

¡Llegué! … donde tengo que estar

Ayer, al terminar mi jornada laboral, mi supervisora me felicitó por cumplir el primer mes en este nuevo empleo.  Emocionada y agradecida, recordé que no te he contado cómo llegué hasta aquí.  Bueno, si has estado leyéndome desde que el universo gritó “¡PAUSA!”, quizás recuerdes que el día que comencé mi maestría agendé una cita con una asesora profesional en mi alma mater.  Fue una reunión productiva que me dio claridad y ayudó a sanar mi ego profesional.  Culminando la sesión, discutimos las oportunidades disponibles en ese momento, incluyendo una convocatoria interna para un puesto nuevo.  No la leímos completa, pero algo sonó a mí y -sin miedo- accedí.  “Si me envías tu resumé revisado mañana, lo paso a Recursos Humanos para que corra el proceso”, me dijo.  A las 8:00 a.m. ya el documento estaba en su poder y el calendario siguió su curso. 

El 14 de febrero me llamaron para entrevista, justo cuando salía de otra.  En la llamada, mencionaron detalles que desconocía sobre el puesto y me advirtieron que la entrevista el día 21 sería con un panel.  Pedí consejo a una excompañera que labora allí hace un año y hasta a ella le parecí ideal para eso.  Me preparé, como solía hacerlo, y llegué ese día con una mezcla de nervios y entusiasmo que no me dejaba parar de sonreír.  ¡Ese lugar tan familiar tenía posibilidad de convertirse en mi nuevo empleo!  La primera persona que conocí me dio la vibra de una vieja amiga.  Era una de cuatro personas que participarían de la entrevista.  La frase “como pez en el agua” resume mi sensación durante los 90 minutos en que nada sonó desconocido y cambiar de un idioma a otro tampoco me intimidó.  Salí con la misma sonrisa y pasé a visitar a mi excompañera.  Faltaban otros candidatos por entrevistar y esa primera ronda tardaría un par de semanas.  Así que, no comí ansias.

El 26 de febrero, me llamaron porque faltaban unas preguntas por hacerme y me anticiparon que pasaría a la segunda ronda.  Esa tarde conversamos otros 30 minutos sobre temas que domino por experiencia y, aunque la emoción era incontenible, no quise ilusionarme.  Me volteé a la foto de mi papá y le dije “tú sabes cuánto quiero esto, pero no dejes que llegue si no es para mí”.  Dos días más tarde, escuché las palabras que mi corazón anhelaba “usted ha sido seleccionada para el puesto”.  Tuve que retirarme el teléfono de la cara para que la de recursos humanos no me oyera llorar.  Bailé por todo el espacio donde estaba haciendo labor voluntaria, compartí la noticia con los más cercanos, di gracias al Creador y a todos los que le pidieron por mí.  Por meses esperé a que la oportunidad correcta llegara a mi puerta y ésta no es casualidad.  Recordé que hace cinco años leí algo que decía: “Cree con todo tu corazón que Él te pondrá donde tienes que estar”… y aquí estoy.