Me bebí las lágrimas.

¿Te ha pasado alguna vez que el cansancio, las frustraciones y la melancolía se combinan para sumergirte en un llanto incontenible? Pues, así fue mi noche de ayer. Y, antes de continuar, quiero que sepas que sólo estoy contando esto como una manera de seguir soltando porque, sí, eso hice con la inmensa ola de sentimientos que me arropó en mi rato de soledad: soltar. Por primera vez en largo tiempo, mis pensamientos y yo no veíamos un solo humano a nuestro alrededor y abrimos la represa. Tampoco ayudaron la fecha y la convergencia con ese punto del mes en que lo más mínimo puede fliparme.

Me explico, mi papá hubiera cumplido 75 años ayer. Anticipaba la ocasión, pero me juraba un poco más fuerte para recibirla. Después de todo, no era su primer cumpleaños en el cielo y me había estado sintiendo mejor desde el pasado 29 de octubre. Preveía algunas lágrimas y una nostalgia lógica. Sin embargo, he leído muchas veces algo que dice que, cuando uno llora, no necesariamente lo hace por la razón del momento, sino por el cúmulo de aquello que ha estado suprimiendo. Quizás, quieras preguntarme qué he estado suprimiendo y, posiblemente, la respuesta más corta sea: qué no. Yo suelo ser un libro abierto; apenas tengo filtro y muchas personas opinan que “what you see is what you get”, aunque no todas lo dicen con el mismo tono. Entonces, ¿qué me está pasando? Probablemente, no me pasa nada que no haya vivido antes. He operado en automático por muchos meses y, en el afán de escoger mis batallas, he comenzado a embotellar mis emociones. Me escudo detrás del padecimiento en mis manos para no escribir. Evito ser una carga para mis seres queridos y, francamente, estoy harta de mis propias cantaletas.

Al amanecer, publiqué alguito sobre papi en mi perfil personal y sentí una tristeza enorme mientras agrupaba mis pensamientos. Al rato, me calmé y comencé a prepararme para irme a la oficina. Hace unas semanas, retomé el trabajo presencial y el proceso de adaptación ha estado lleno de altibajos. Así que, puedes sumar eso a la lista. Mas, no me senté a escribirte para enumerar las cosas en mi plato. Mi mantra es que uno se muere un día, no dos. Por lo tanto, anoche me dejé morir. Intercambié mensajes con ciertas amistades en el transcurso del día, algunas de las que lograron sacarme carcajadas. Al caer la noche, mi copa de vino, mi música y yo, sabiendo que nadie nos observaba, nos permitimos ser… o no ser. La velada solitaria le dio a mi corazón un espacio para estirarse, para desentumecer. Cuando se acabó el vino, me metí en la ducha y, dejando caer el agua sobre mí, me bebí las lágrimas. No sé si el jabón me lavó el alma. Sólo sé que, al salir, mis ojos estaban secos y mi mente estaba en paz. Honré mi humanidad y, al despertar, no tuve que repetirme: “respira”.

Antes de pasar la borla al otro lado del birrete

Este domingo es mi tan anhelada graduación de maestría. El cliché de tener sentimientos encontrados se mudó a mi cerebro hace dos meses, cuando completé exitosamente mi trimestre final. El 4 de 4 fue como el clímax de una montaña rusa que me volteó de cabeza en más de un giro. Como te he dicho antes, el “qué” es secundario al “con quién”. Así que, antes de pasar la borla al otro lado del birrete, déjame hablarte de los que me acompañaron en esa cuarta vuelta.

Por meses, había anticipado que en uno de los dos cursos finales trabajaríamos en grupo todo el tiempo y las referencias indicaban que tendríamos la oportunidad de escogerlo. Depender de las mismas personas a lo largo de 12 semanas ameritaba una selección cuidadosa. Los lazos que formé en trimestres anteriores me permitieron identificar aquellos compañeros talentosos con los que tenía mayor sinergia. Uno fue señalando a otro hasta que, al fin, éramos cuatro o, mejor dicho, Dosydós. Durante el proceso, tuvimos que rechazar algunos acercamientos conscientes de que no se trataba de amistad sino de parearnos con quienes mejor complementaran nuestro estilo y ritmo laboral. Finalmente, comprobé que mi elección fue acertada porque ¡el resultado fue glorioso! Semana tras semana ejecutamos cada tarea, excediendo expectativas y sacando lo mejor uno del otro. Tanto así, que nos apoyamos en nosotros cuatro incluso para la clase que no requería colaboración grupal. Alejados de todo drama, nos adherimos al No man left behind y a la maravillosa vibra de quien nos tocó como clienta. Vencimos retos y realizamos un trabajo hermoso, bien pensado, realista y alcanzable. Cuidamos cada detalle y dimos una presentación sinigual. Los elogios emotivos de la clienta y la validación del profesor elevaron nuestra satisfacción a lo más alto. Te aseguro que cerré aquel Zoom inflada de orgullo e incrédula de que ya todo había acabado.

Aguanté las lágrimas mientras buscaba el espumoso que había puesto a enfriar para nuestra celebración virtual. Me conecté a ese otro enlace… y comencé a extrañarlos. El compromiso y la camaradería de este equipo evocaba el de uno que por años llamé “los óptimos” (con el organizaba -para otra institución- lo que se celebra este domingo). Lo especial de este caso es que nosotros nunca habíamos compartido simultáneamente un mismo espacio físico. La química y el cariño se lograron a través de un monitor y esa noche, poco a poco, cada uno reconoció a los demás por todo lo que aportaron al proyecto y, por qué no decirlo, a nuestras vidas personales. Un mes más tarde, nos juntamos en persona y, tras removernos las mascarillas, intercambiamos risas y anécdotas con la esperanza de transformar el extraordinario compañerismo en amistad. Mas, tengo que confesarte que, aun si todo quedara ahí, contar con ellos fue el honor más grande de esta aventura académica.

Hoy, de mi corazón a los suyos, sólo resta darles las ¡gracias por sentarse a mi lado! ✌️

De mis manos y mi bota

Me ha costado retomar la escritura para mi blog. Si bien disfruto de compartir mis pensamientos e historias, me doy cuenta de que últimamente he dejado que muchas líneas escapen de mi cabeza. Terminé la maestría el 21 de abril y, justo cuando me disponía a celebrarlo contigo, los noticiarios se vistieron de un color que nos llenó a muchos de dolor, impotencia y terror. Yo, que ya andaba melancólica por varias razones, estuve días con la cabeza llena de preguntas y el alma pesada. Entonces pensé “no, así no puedo escribir”. Me refugié en el cansancio físico y mental que el año académico provocó y en las nuevas dolamas de mis ‘tidós para apartarme del teclado fuera de horario laborable y, sin avisarte, me tomé otra pausa. Hoy, quizás por el aire que traen mis días 29, desperté con ganas de empezar a ponerte al día, pero dejaré el 4 de 4 para otra ocasión porque eso merece sus propias #500PalabrasOMenos.

Comienzo por contarte que tengo artritis. Sí, la que muchos dicen que aún parece de veintipico o treintipico, anda con las manos dando candela desde agosto. Al principio, se pensaba que pudiera ser el famoso túnel carpiano, pues la postura del trabajo remoto en mi rinconcito improvisado no conoce de ergonomía. Pero ni los cinco meses de pruebas ni la inversión sustanciosa ni la búsqueda de segundas y terceras opiniones pudieron escapar la genética. Cada nuevo dolor trae recuerdos de mi abuela, que tantas veces ayudé en lo más básico porque sus manos no le permitían ciertos movimientos, y -sin alusión de culpa alguna- me asusto pensando hasta cuándo podré contar con las mías. El asunto de lucir más joven de lo que soy suena a pintura y capota cuando mi cuerpo grita mi edad y empieza a pasar factura por el mucho fondillo que le doy a una silla, en lugar de mover el esqueleto por mi propio bien. Así que, de regalo de cumpleaños, invertí en mi salud.

Me comprometí a tratamiento quiropráctico para contrarrestar la degeneración fase dos en mi cuello y espalda baja. Aunque la mensualidad es casi automovilística, el progreso ha comenzado a sentirse. También, fui al podiatra a atenderme un malestarcito que resultó siendo el resultado del año y medio en chancletas luego de 17 trepada en tacos. Cuento largo corto, ahora duermo con una bota en el pie izquierdo que se siente como una alarma en mi cerebro con cada vuelta que doy en la cama. El punto es que tengo que cuidarme y que una de las cosas más importantes por atender es mi salud mental. No puedo controlar lo que pasa a mi alrededor, pero sí necesito aprender a escoger cómo manejarlo. Si a ti te pasa algo similar, recuerda que los estresores que nos afectan son innumerables. Protege tu paz mental y priorízate por encima de los problemas y las responsabilidades. Si de algo te sirve, yo estaré acompañándote en esa lucha.

Cuando un Menudo se va

Te aseguro que no anticipaba regresar a escribir con este tema, pero algo en mí ha movido mis dedos hasta el teclado. Ayer, sábado, mientras tomaba mi café con la casa aún dormida, Facebook me anunció que el ex Menudo Ray Reyes había fallecido. Llevaba días huyéndole a las noticias, evitando sumergirme en las tragedias que han salido a la luz recientemente en la Isla y que, sin duda, hacen eco de injusticias más allá de mi comprensión. Sin embargo, este titular me inundó de una melancolía particular.

Verás, soy de las que con orgullo utiliza la frase “de Menudo para acá” al describir a qué generación pertenezco. Si eres tan joven que esta referencia no te alcanza, “gugulea”. El primer concierto al que fui, con apenas cinco años y hasta febril, fue a uno de Menudo en el Palacio de Recreación y Deportes de Mayagüez. Recuerdo que fuimos en el Malibu azul de mami. Ella me puso un vestido amarillo, me aguantó por la cintura mientras yo bailaba sobre la silla y me compró un Snickers después del espectáculo. Ella grababa en el VCR los programas en los que salía Menudo y luego me miraba gozármelos y hasta memorizarlos al verlos una y otra vez. Crecí con lo que se llamaba “la menuditis”, con las paredes llenas de afiches y siempre enamorada de algún integrante de cada cepa. Ray no fue uno de los que cautivó mi corazón, pero las ‘esgalilladas que me daba cantando “Si tú no estás” e intentando subir a su tono eran épicas.

Esa canción cobró un valor distinto al escucharla en su voz adulta como parte de El Reencuentro en 1998. Ray figuraba entre los seis ex Menudos que revivieron la época dorada de la agrupación. Mi roommate y yo fuimos a dos de las funciones en el Roberto Clemente y nos montamos en el hermoso viaje de nostalgia en el que los entonces adultos nos llevaron. En alguna entrevista, Ray dijo -y lo recuerdo como si fuera ahora- “antes yo cantaba las canciones de Menudo, hoy las estoy interpretando”. Esa frase quedó grabada en mí como un reflejo de lo que la experiencia representaba. Lo mismo me pasaba al escuchar canciones de Proyecto M (de nuevo, Google), especialmente aquellas baladas cortavenas en las que Ray no tenía comparación y que sonaban en mi radio en repeat cuando me encontraba romántica o desamada. En septiembre 2019, construí nuevos recuerdos junto a mi mejor amiga en el Súbete a mi moto Tour y Ray -aunque distinto- fue parte importante de ello.

Su partida trajo a mi mente luces del escenario apagándose y su silueta desapareciendo detrás de su micrófono en la esquina izquierda de la tarima. Hoy, miles de fans alrededor del mundo lloramos al perder la voz que nos acompañó durante casi cuatro décadas pues, aunque haya vinilos, cassettes, CDs o plataformas donde escucharla, su silencio iguala el vacío del memorable “Si tú no estás”.

¡Hasta siempre, Ray, y gracias!

Confinada con un adolescente

Sé que no soy la única, pero desde el 15 de marzo he estado 24/7 con un adolescente. Antes de esa fecha, había pasado algunos meses desempleada y aprendí a disfrutar actividades tan sencillas como recibirlo de la escuela con la comida ya lista, cosa que no había hecho en toda su vida porque mi agenda laboral lo impedía. También, antes de esa fecha, ambos podíamos salir. Él cumplía su jornada escolar fuera de la casa y yo disfrutaba unas horas con misma en algo de libertinaje. Teníamos la opción de practicar el ocio juntos o con nuestras respectivas amistades. Pero el 15 de marzo todo cambió. No voy a entrar en detalles sobre lo que la mayoría tuvimos que ajustar para aprender a hacer toda nuestra vida en un solo lugar. Sólo temo que las relaciones maternofiliales han sido puestas a pruebas y confieso que entre las mías hay tantos logros como fracasos.

Por un lado, reconozco que soy muy afortunada. Mi hijo no interfiere en mis quehaceres y me cuida bastante. Es comprensivo, paciente y poco exigente. Aceptó la nueva normalidad con alguna resignación y libre de reclamos. Aprendió a guardar distancia física, se enganchó la mascarilla, se acostumbró al incesante lavado de manos e hizo las paces con el hand sanitizer, cuya textura siempre le desagradó. Aunque luchó contra la idea de recibir las asignaciones por email, terminó su décimo grado desde la casa sin mayores peleas que las mías por querer que deje la procrastinación. Asimismo, comenzó un nuevo año escolar con reuniones sincrónicas y se disfrutó el primer reencuentro virtual con sus pares, haciendo evidente la falta que hace la experiencia social en su joven vida. ¡Y no lo culpo! Creo que todos resentimos la privación de esos espacios en que podemos ser y estar con personas ajenas a nuestro núcleo familiar; necesitamos más de lo que el confinamiento nos permite tener.

Por el otro, admito que he fallado a la promesa que hice cuando mi unigénito era un infante: intentar ver el mundo a través de sus ojos. A diario, me esfuerzo por cumplir con mis responsabilidades profesionales, académicas y domésticas. Considero estar dándole un ejemplo de resiliencia y, consecuentemente, la paciencia me abandona cuando lo veo consumir sus días pegado al celular. Me revienta verlo tomar clases con la cámara apagada, dejar todo para último minuto y pensar que sus años no están siendo bien aprovechados. Pero más me revienta escucharme repetir las mismas cantaletas desmesuradamente porque no tengo las herramientas para modificarlo. Tengo que recordarme una y otra vez que él y yo somos distintos, que mi edad y mis experiencias me han formado y que a los dos nos falta mucho camino por recorrer. No puedo evitar preocuparme por su futuro y por el saldo que esta pandemia dejará en él. Sin embargo, creo que debo emular su capacidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, ser más empática, hallar terreno común, respirar… y seguir amándolo.

Aciertos de un año atípico

Se acerca la despedida de año y comienzo a ver publicaciones, memes y hasta reportajes noticiosos de los acontecimientos de este inolvidable 2020, que muchos parecen querer botar como pañal sucio. Yo me levanté pensando en el aprendizaje, en lo que me llevo de los pasados 365 días y a sabiendas que aún falta el #366. Leí hace unos meses algo que decía que eso de que todos “estamos en el mismo barco” no es cierto. Sí, todos atravesamos la misma marea turbia, tormentosa y a oscuras, pero creo que quien lo dijo tenía razón en que las “condiciones en que navegamos” son muy distintas entre unos y otros. Mientras extiendo mi solidaridad a aquellos que han enfrentado dificultades serias en los pasados 12 meses, reconozco que en los míos ha habido muchos aciertos y quiero enumerarlos a modo de agradecimiento.

  • Enero – Comencé la maestría que había querido estudiar por años. El primer día de clases recibí una orientación de una asesora en carreras de la universidad que me ayudó a sanar las cicatrices de mi recién pérdida de empleo. Fui referida al puesto que ocupo desde marzo.
  • Febrero – Recibí la visita de una de mis personas favoritas y pasé un fin de semana espectacular en su compañía. La magia crece cuando las personas importantes en tu vida se conocen y se juntan. También, realicé labor voluntaria para una causa muy especial.
  • Marzo – Celebré un reconocimiento que le hicieron a mi hermano en compañía de mi familia. Regresé a mi alma mater en calidad de empleada y conocí dos personas que han sido claves en este año.
  • Abril – Reconecté e intercambié muchas risas con amigos de la infancia/adolescencia. Los que pasaron la prueba del colador han sumado mucho a mi vida.
  • Mayo – Cumplí los 41 rodeada de amor. La pionera de las sorpresas ese wikén, que también era el de las Madres, fue mami y creo que ese mes institucionalizamos nuestros cafés virtuales.
  • Junio – Hice el cuarto de varios nuevos amigos. Éste se validó protegiéndome de mí misma. (Tan reciente como ayer me llamó y nos reímos un buen rato.)
  • Julio – Volví a abrazar a mi madre luego de cuatro meses. Completé el segundo trimestre académico con un elogio especial en una de las clases que más me ha retado.
  • Agosto – Vi felicidad en el rostro de mi hijo al reencontrarse virtualmente con sus pares al inicio del nuevo año escolar.
  • Septiembre – Sorprendí al unigénito el wikén de su cumpleaños con la ayuda de un amigo incomparable.
  • Octubre – Alcancé una nueva y necesaria etapa en mi proceso de duelo.
  • Noviembre – Me tomé una mimosa con la óptima y di gracias por más cosas de las que puedo enumerar aquí.
  • Diciembre – Le canté cumpleaños a mi persona. Tuve a mi familia completa alrededor del árbol.

Sucesos simples pueden hacer una gran diferencia. (Omití algunos por honrar las #500PalabrasOMenos.) Te invito a balancear lo bueno y lo malo, a crear tu lista… a soltar el aire.

A un año de la pausa

Hace exactamente un año inicié este blog con una entrada titulada ‘Si no escribo, exploto’. En ella, compartí públicamente una noticia que no estaba preparada para dar en voz alta. Yo atravesaba un periodo de pérdida doble, pues había sido cesanteada de mi nuevo empleo a sólo dos semanas del fallecimiento repentino de mi papá. En la mañana del mismo día en que había sido citada por Recursos Humanos para las 5:00 p.m., escuché el discurso de una mujer que hablaba del valor de honrar la pausa, de que no es necesario tener todas las respuestas. Ella cerró su ponencia diciendo “no podrás encontrarte hasta que te hayas perdido un poco”. Así que, en aquel instante abismal en que sentí que el universo había gritado “¡PAUSA!”, pausé.

Viví momentos difíciles. Por un lado, me tocaba aprender a vivir sin mi héroe. Por el otro, mi ego profesional había recibido un golpe fuerte. La pregunta inmediata era obvia: ¿y ahora, qué?. La contestación me tomó más tiempo, pero estaba clara de que no tenía que hallarla para nadie que no fuera yo misma. Me acostumbré a decir “no sé”, filtré llamadas que podían robarme la paz y empecé a bregar conmigo. Me quité la prisa por estar bien y me dediqué por unas semanas a simplemente estar. Fue ahí cuando decidí beneficiarme de una de las destrezas más utilizadas durante mi trayectoria profesional, mi escritura. En cada publicación soltaba las emociones presentes sin poder anticipar la acogida de lectores conocidos y desconocidos. Todavía me resulta inverosímil que alguien que nunca ha visto mi rostro o escuchado mi voz pueda encontrarse entre mis palabras. La distracción me dio un propósito. Mi pausa fue el espacio perfecto para llevar mi proceso de duelo a mi ritmo y con el hermoso respaldo de los que pasaron la prueba del colador, los de verdad.

366 días más tarde, te aseguro que el mayor reto que enfrento hoy es el provocado por la pandemia y sus derivados. Como una flecha que se hala hacia atrás antes de ser disparada, encontré dirección. Tengo la oportunidad de ser madre a tiempo completo y, aunque estar confinada con un adolescente es otro cuento, trato de darle a mi amado hijo un ejemplo de perseverancia. Estoy a punto de comenzar mi último trimestre de maestría con excelencia académica y constantes adiciones a mi cajita de herramientas. Cumplí ocho meses realizando una labor que me llena. Soy parte de un equipo de trabajo maravilloso que busca hacer la diferencia en el mundo y que ha estrechado lazos reales aun desde la virtualidad. Por primera vez en mi vida, tengo ahorros en el banco y hasta se me olvida cuándo son los días de cobro. Incluso cuando he sufrido episodios de oscuridad, y ante la incertidumbre actual, nunca me ha faltado luz y eso está bastante bien para un año que nos ha puesto a temblar.

¡Gracias por acompañarme a honrar y salir de mi pausa!

Tres completados, cojámonos un break

Hoy es el primer domingo en que, luego de 12 intensas semanas, no tengo asignaciones pendientes de alguna de mis clases de maestría… ¡porque terminé el trimestre hace cuatro días! El 3 de 4 combinaba dos temas densos, instruidos por dos profesores con estilos de cátedra muy distintos. Para la primera reunión de la Clase 1, el profesor agrupó las dos secciones simultáneamente. Me agradó ver caras que no veía desde el 1 de 4, pero más me gustó que el profesor contestara ¨no¨ cuando le pregunté si en el curso tendríamos trabajos grupales. No corrí la misma suerte en la Clase 2, aunque la profesora de esta clase era repetida y bien recibida.
La aventura comenzó al ver la división de grupos. En esta ocasión no podíamos escoger y tampoco tocaba un mismo grupo durante todo el término. Así que, la distribución generada por el sistema era, literalmente, una lotería. Mientras que personas con las que ansiaba colaborar no estaban en mi mezcla, algunos botones cuyas primeras muestras me bastaban, sí. La idea de ¨mejor malo conocido que bueno por conocer¨ fue desafiada continuamente y, aunque hubo hermosas sorpresas, también hubo retos impredecibles. Claramente, no todo el mundo va al mismo ritmo, pero creo que las expectativas de responsabilidad y compromiso a nivel posgraduado deben estar relativamente altas. La variada gama de anécdotas, tanto mías como de mis aliados más cercanos, ayudaron a pintar un cuadro de futuros colegas con los que valdría el esfuerzo trabajar y otro de quienes querría huir si así fuera. A pesar de esto y de retos nuevos, como la sensación de camisa de fuerza y el auto cuestionamiento provocado por las estrictas y precisas instrucciones de las tareas de la Clase 1, completar el tercer trimestre viene con grandes satisfacciones.
Además del conocimiento de nuevas destrezas y el fortalecimiento de las no tan nuevas, la mayor satisfacción es quizás la maravillosa camaradería que viví con algunas personas que no han hecho más que sumar a la experiencia desde que cruzamos caminos. Si bien la separación de los grupos tuvo sus contras, también trajo unos pros extraordinarios. La lista de los selfies que necesito el día de la graduación va en aumento y viene con una admiración genuina a los portadores de los nombres en ella. También, hay una reincidencia de lo más chula en los nombres que menciono mucho desde otros trimestres. A algunos los contemplo desde cierta distancia y disfruto verlos crecer y ampliar sus redes. A otros no los suelto ni en las cuestas; tanto que, cuando una compañera habló de que ¨no nos conocemos¨ por el factor de la virtualidad, yo felizmente diferí. Y es que hay complicidades tan sinceras que la falta de presencialidad no les resta. Ellos, los que son, siempre están. Nuestros desahogos, consultas, chistes internos y solidaridad son aportaciones que agradezco profundamente y que tengo en reserva para el 4 de 4 que juntos emprenderemos en enero. Ahora, cojámonos un break.

Resaca de una noche añorada

Ayer era viernes y mi cerebro lo sabía. Me tocó ir a la oficina como parte de una rotación que estamos realizando para cubrir los servicios y, culminada la jornada, sentí una necesidad bien grande de mis amigos. No hablo de conversaciones largas en busca de un consejo, sino de los viernes después de las 5:00 p.m. junto a los panas que llegaban a donde fuera para desahogar la semana, para celebrar el bautismo de muñecas del momento o, simplemente, para compartir. Por años, he gozado de compañeros que se han convertido en amigos y de amigos que se han convertido en familia y, aunque la convocatoria de los viernes solía extenderse incluso fuera de ese círculo, en mi mente hay rostros específicos de los que con genuina frecuencia la contestaban. Pude, pues, dentro de mi añoranza recrear una escena en la que ese puñado de seres recibía un mensaje a media tarde y se congregaba en el lugar designado horas después.

Imaginé la llegada de cada uno, los abrazos apretados y sin prisa que nos daríamos, la camaradería a lo largo de la velada y hasta sus voces por encima de la música y el ruido ambiental. Entre carcajadas y espíritus destilados, nos habríamos puesto al día sobre qué estamos haciendo y cómo la estamos pasando. Alguien intentaría bailar salsa, alguien le viraría parte del trago a otro encima y alguien se pararía cada 20 minutos para ir al baño. También, inmortalizaríamos el rato con un par de fotos y tengo una imagen clara de cuál brazo serviría mejor de selfie stick. Alrededor de las 8:00 p.m., porque nuestros súper juntes no duran más de tres horas, comenzaríamos a despedirnos con abrazos muy similares a los del inicio, diciendo “déjame saber que llegaste bien” y habiendo sumado nuevos recuerdos a la lista. Así, sin drama y sin mucha exposición, era como mis amigos y yo cerrábamos la semana en la era precovidiana. Si bien he establecido prioridades en estos ocho meses en que nada es como era antes, anoche validé que esos encuentros son esenciales para mi corazón y escribí un mensajito para publicarlo en Facebook que luego opté por enviar sólo a los que realmente son.

Confieso que, cuando veo personas jangueando en los establecimientos actualmente abiertos, sé que no estoy preparada para eso, pero la falta que me hacen mis amigos me hizo anhelar un espacio mágico y protegido en el que pronto volvamos a estar. No me malinterpretes, yo disfruto los vinos virtuales y hasta valoro la oportunidad que los encuentros a través de la pantalla han brindado para reconectar con gente que no hablaba hace mucho. Sin embargo, con el pasar de los meses, lo que al principio era casi un culto ahora es completamente esporádico. Mi agenda tampoco deja mucho espacio para agarrar otro dispositivo electrónico entre horas laborables y académicas. Pero hoy amanecí con las mismas ganas de rodearme y disfrutar de mis amigos y decir al unísono “¡salud!”.

Querido 29 de octubre:

Tú ganas, ya estoy despierta. No sólo cambiaste mi vida para siempre, sino que hoy regresas y abres mis ojos de manera irreparable dos horas antes de que suene mi primera alarma. No, no sé si estoy lista, pero tampoco voy a esconderme bajo las sábanas. Ya vi el recuerdo en Facebook, ya comencé a revivir la escena que tan a menudo viene a mi mente. Así que, dale. ¡Hagámoslo!

Te advierto que no se trata de ti, sino de él. Tú sólo duras 24 horas. Por décadas fuiste y viniste sin dejar mayores huellas, hasta el día en que me dejaste sin aliento. Marcaste el “después” de mi vida sin él y me obligaste a observarte en el calendario, tanto que anticipar tu llegada me ha inundado de lágrimas todo el mes. No lloraba porque te acercabas. Lloraba porque sabía que te pronunciarías en mi memoria con la misma nube gris que posaste sobre mi cabeza hace un año. Lo que no sabes es que esa nube es pasajera porque mi corazón está lleno de él y él siempre fue sol. Entonces, te invito a compartir un café mientras te cuento más.

La verdad es que no ha sido fácil extrañarlo ni pasar 52 domingos sin su llamada, pero él no me ha dejado sola. Yo sé que se ocupa de mí, que todavía me cuida y aconseja. Abogó para que yo saliera de donde no me atrevía a irme. Me dio espacio para manejar eso y todo lo que tú me hiciste sentir. Incluso cuando yo cuestionaba tantas cosas, él sabía que lo que necesitaba era tiempo. El día que pisé mi alma mater, lo recordé buscándome y llevándome cargada de motetes cada principio y cierre de semestre en que la residencia nos hacía mudarnos. No dudo que él me haya acompañado hasta aquella oficina en que las puertas comenzaron a abrirse. También, estuvo conmigo el día que me dio el ataque de pánico en medio de la covidianidad y le di gracias al Cielo de que él se libró del encierro, de las malas noticias y de la incertidumbre que este año ha traído. Aunque duele, 29, doy fe de la misericordia divina que lo alejó de la tierra antes de que empezara a temblar. Su casa sigue intacta, como si hubiera salido momentáneamente a hacer un mandado. Celebrar cosas sin él no es lo mismo, pero lo sentí cerca cuando mi hijo cumplió los 16. Ayer mismo le contaba a su maestra que abuelo vino desde Cabo Rojo a saber de nosotros después de María.

Las personas viven para siempre en el corazón de quienes saben amarlas y llevarlas. Aun cuando hace unos días mi hermano quiso enterrar sus cenizas, nada le resta a su presencia, nada me distancia de su alma. Sólo tengo que pensar en él para sentirlo conmigo y, agraciadamente, sobran recuerdos para escoger.

Puedes quedarte hasta las 11:59 p.m. Él se quedará eternamente.

Sinceramente,

La nena de papá