Dos completados… vamos pa’l tercero

Hoy comienza el tercer trimestre de mis estudios de maestría y tengo que confesar que, después de un par de wikenes de no tener que hacer tareas, me pesa un poco la idea de volver a la carga. El 2 de 4 fue intenso. Entre mis compañeros he comentado que fue como ir de Kínder, donde duermes la siesta, a noveno grado, donde la maestra te pide hallar el valor de X. #Yisus En la primera ronda de asignaciones, invertí sobre 17 horas de mi semana en una sola clase. En la otra, casi creamos un grupo de apoyo para descifrar códigos, tecnicismos y todo un nuevo estilo de cátedra. Si en el primer trimestre dije que no era fácil volver a estudiar después de 18 años, es posible que haya hablado muy temprano. Sin embargo, la madurez me permite enfrentar los retos de una manera distinta, aunque no siempre es la más efectiva.

De la incertidumbre, se formaron nuevos lazos y algunos no tan nuevos se estrecharon aún más. Hasta las nenas que cayeron en la otra sección se reportaron esporádicamente y la rubia del “Uno completado, tres pendientes” fue mis ojos y oídos en más ocasiones de las que haya podido contar.  Mi paciencia fue puesta a prueba, mi empuje también. Un trabajo grupal afloró lo mejor de los que saben dar lo mejor de sí y lo correspondiente de los que no. Mas, como me dijo una profesora, de esos hay en todas partes y es importante ser justa y reconocer que no todos tenemos las mismas habilidades… ni actitudes. Pero, en esos momentos de grandes pruebas, la lista de los que quiero en mis fotos de graduación se solidificó y hasta creció. Cada trimestre me he conducido bajo la premisa de No man left behind y, en esta ocasión, creo que recogí los frutos de esa siembra. Yo no sé si ellos son amigos por una razón, por una temporada o para toda una vida, pero estoy sumamente agradecida de contar con los mejores compañeros y futuros colegas existentes. La verdad es que nadie logra grandes cosas completamente solo y yo los quiero y los necesito para el desfile al son de la Marcha Aida en el verano del 2021.

En el trayecto, todos cogimos el ritmo y los resultados del esfuerzo sobrepasan cualquier expectativa. Así que, para el 3 de 4, de mi parte, no tengo muchas. Preveo conectarme en un ratito con la misma sonrisa de siempre y llevar el peso un día a la vez. Ya sé qué ajustes hacer en mi rutina para cumplir con todas mis responsabilidades y, aunque seguimos sumando estresores a la covidianidad que nos obliga a vivir todas nuestras facetas bajo el mismo techo, no pienso perder la meta de vista. A los que emprenden esta segunda mitad de la jornada conmigo, ¡vamo’ a hacerlo! A ti, que no te decides a alcanzar lo que anhelas, escucha tu corazón y sigue hacia adelante.

El apagón me reactivó la musa.

Dos meses sin escribir y me encuentro aquí, en el mismo balcón en que durante los meses posmarianos veía pasar los días y luego las semanas. En medio del apagón, escucho el viento y unas gotas esporádicas me recuerdan este absurdo aviso de tormenta en pleno verano. ¡Qué añito estamos teniendo! El mío, como sabes, empezó en las filas del desempleo y con otro norte: mis estudios de maestría. Esa idea de recorrer nuevos caminos o, mejor dicho, caminos conocidos con nuevos rumbos, me hizo calmar el estrés de los temblores y hasta del supuesto meteoro. Dos meses más tarde, una excitante oportunidad profesional me devolvió la ilusión y a un territorio que también me resultaba conocido. Caminé aquellos pasillos y calenté mi oficina por un total de cinco días hasta que aquello que parecía lejano se hizo real, la Gobe nos puso en el lockdown y una pandemia nos hizo reaprender a vivir.

En mayo, inició mi segundo trimestre de la maestría con una carga académica y retos imposibles de anticipar. En junio, los ruidos a mi alrededor se me mudaron a la cabeza y, en medio de un abrumador episodio de ansiedad, caí. ¿Has escuchado de la gota que desborda la copa? Pues, yo sentí la mía derramarse hasta inundarme. Luego, vino mi primer día de los padres sin el mío, seguido de los anuncios que ofrecían libertinaje a la covidianidad. Ni la playa ni el cine ni los restaurantes abiertos a 50% me tentaron, pero la idea de reunirme con mi madre me hizo relocalizar el confinamiento al otro lado de la Isla.  Me regocijé por dos semanas en el hogar que me vio crecer y reafirmé que pocas cosas se comparan a tanta felicidad. Regresé al son de curvas de contagio elevadas y perdí la cuenta de los disparates que he leído dentro y fuera de las noticias. Sin embargo, mi enfoque era terminar el extenuante trimestre con fuerzas.  

Pero una noche, al termómetro le dio con marcar de manera consistente de esas temperaturas alarmantes. Entonces, un quebranto de salud me llevó días más tarde al equivalente de una sala de emergencias que, en estos tiempos, me aterra más que mi salida al supermercado del mes de abril. Los negativos no me hacen bajar la guardia. Del susto, he usado mascarilla hasta en las vídeollamadas, estoy durmiendo sola temporeramente y no recuerdo cuándo fue la última vez que abracé a mi hijo. Aun así, saqué voz de donde no la tenía para lucirme en las presentaciones de fin de curso y, justo cuando celebraba el reconocimiento de aquella profesora que me dio más trabajo que otras, recibí las notificaciones de suspensión de labores a cuenta de otra cosa más que nos pone en pausa este bendito año. Mas, ni ahorrar la carga del celular me hace olvidar que hoy es el noveno de mis -desde octubre- tristes días 29.

Dos semanas y tres meses

Desde que tengo uso de razón, tengo memoria de elefanta selectiva. Mi capacidad para recordar es impresionante, pero sólo con aquellas cosas que mi cerebro identifica como importantes. Muchos de esos recuerdos se dan por asociación o porque enmarco la fecha en el tiempo de algún suceso importante. Por ejemplo, mi papá falleció exactamente dos semanas después de que regresáramos de nuestro primer viaje familiar. Yo me quedé sin empleo dos semanas luego de su muerte. Será difícil desligar un evento del otro en mi calendario que hoy marca tres meses de convertirme en madre a tiempo completo de un adolescente. Hoy celebro, además, haber sobrevivido las primeras dos semanas de mis estudios graduados. Quizás, te preguntes qué tengo que celebrar de sólo dos semanas y te explicaré en #500PalabrasOMenos.

Mencioné antes que volver a la universidad representaba muchos retos. Pues, tengo que confesar que, cuando escribí eso, no tenía idea de cuántos. Rehacer hábitos de estudio en el siglo 21 equivale a dominar metodologías educativas que no conocí durante el bachillerato. Una maestría híbrida, como la que estoy estudiando, combina clases presenciales y reuniones por vídeo conferencia con una carga académica mayor a la de un estudiante que va al salón regularmente y recibe todas las lecciones cara a cara con su profesor. Estos programas están diseñados para personas que tienen una carrera o se encuentran en etapas de sus vidas en las que su función primordial no es ser estudiantes, y lo entiendo perfectamente, pero nunca imaginé tener tanto trabajo semanalmente. Entro una asignación a la plataforma la noche del domingo y, a la mañana siguiente, la próxima está abierta y el timer mental que había puesto en pausa echa a correr nuevamente. El capítulo más corto que me ha tocado leer ha sido de 22 páginas (en inglés) y la mayoría de las lecturas han venido con instrucciones de investigar temas que consumen aun más tiempo. A dos semanas de los próximos 14 meses a este ritmo, celebro porque confío en que vale el esfuerzo. Me encuentro retándome a mí misma para satisfacer mis propias expectativas, dándome cuenta de que los más jóvenes enfrentan los mismos retos y sirviendo de apoyo a los que expresan mayor dificultad. Quiero releer esto el próximo año cuando recoja la toga para mi graduación y recordar que fue mi determinación la que me llevó hasta ahí.

Con una determinación menos palpable cuento los tres meses de mi actual desempleo y respiro profundamente. Juraba que encontraría otro trabajo en menos tiempo, pero siento que algo bueno está cerca. Decidí ver el tedioso proceso de entrevistas como el de audicionar para el próximo gran rol de mi vida. Que algunos directores busquen otro perfil no me hace menos talentosa. Lo importante es que el teléfono sigue sonando. Mientras espero el callback apropiado, continúo preparándome porque, aunque no tengo el libreto, sé que será un papel importante y cuento con una fanaticada que apuesta a mí.