Uno tiembla más que la tierra.

Es el segundo día en que nos levantamos a un Puerto Rico sin energía, y digo sólo “energía” porque sabemos que a los boricuas nos falta mucho más que electricidad desde que experimentamos ese fuertísimo temblor en la madrugada de ayer.  No suelo marinar en la adversidad, pero las imágenes de destrucción, el aire de desesperanza y las noticias poco alentadoras que abundan en nuestra Isla no me permiten escribir de otras cosas en este momento.  

El ambiente, al menos en San Juan, no está TAN de locos como se pone cuando anuncian huracán; no hay largas filas en los puestos y el supermercado está accesible, aunque comienza a escasear el agua.  Al mediodía de ayer, caminamos un poco, pudimos comprar hielo y encontramos dónde comer.  Sin embargo, de noche el síndrome postraumático cobró otra víctima.  A eso de las 8:00 p.m., salimos con el pretexto de echarle gasolina al carro y aprovechar para cargar los celulares.  Las notificaciones del periódico y del noticiario consumieron el mayor por ciento de batería del mío, aunque confieso que no miré la mitad de las alertas.  Ver las carreteras completamente oscuras me hizo recordar el toque de queda de los meses marianos y el peligro adicional al que nos exponemos por no tener semáforos funcionando, entre otras cosas.  Al conectar el teléfono, me aventuré a ojear las redes sociales y las noticias, sólo para seguir sumando daños causados por este desastre natural del que no nos preocupábamos antes.  Leí sobre refugiados, acampantes, construcciones malhechas, derrumbes, teorías de conspiración, ingenieros expertos, fuegos en Australia y hasta de misiles lanzados.  Sin duda, no fue de esos días en que, mientras menos sé, mejor duermo.  ¡Uno tiembla más que la tierra!

La otra cara de la pesadilla es la solidaridad.  Contrario a los mensajes genéricos que se desbordan en días festivos, ayer recibí textos y llamadas que reflejaban interés genuino de cada emisor.  Asimismo, hablé con amistades que residen en el suroeste y, por supuesto, con mi familia.  El miedo era palpable en los tonos de sus voces, pero ser empático es ponerse en el lugar del otro, aunque sea sólo escuchando.  A los amigos de la diáspora, cuya inquietud excede lo que puedan publicar en sus perfiles, también, se les reactivó el PTSD y la sensación de impotencia.  TODOS estamos reviviendo una época que hemos tratado de olvidar.  Mas, no debemos olvidar que, si podemos leer esto, fuimos capaces de sobrevivirla.  Así que, mientras desempolvamos la estufita de gas, la linterna y el radio de baterías, saquemos los juegos de mesa, la unión familiar y la generosidad con los vecinos. Preparémonos como mejor podamos y dejemos abastos para el próximo en la fila.  Hagamos más ruido conversando que con el generador. En lugar de molestarnos con el planeta, cuidemos de él.  Cerremos los ojos, aunque no podamos dormir. Fomentemos la fe, no el pánico.  

 

“Estoy aquí” … con guille de antropóloga

En estos meses he aprendido que el respaldo tiene muchas maneras de manifestarse.  La cantidad de sucesos que requieren solidaridad y empatía de nuestros allegados es ilimitada.  Puedes estar pasando las de Caín en el trabajo o en tu hogar; padeciendo una enfermedad propia o de un familiar; sufriendo algún tipo de pérdida; o atravesando una crisis existencial; pero, nada, nada de eso se supera sin un sistema de apoyo.  Las #500PalabrasOMenos de hoy son en reconocimiento a cada muestra de respaldo, empatía y solidaridad que he recibido y sigo recibiendo, especialmente, este año.

No sé si es que al ponerme los bifocales (sí, llegaron) me ha dado guille de antropóloga, pero voy a tomarme al atrevimiento de agrupar mi sistema de apoyo en cuatro categorías.  Te advierto que no he estudiado absolutamente nada que sustente la división y que, según mi criterio, todos los grupos tienen un valor especial:

  1. El que llama o escribe – Es el grupo más grande.  Aquí caen todas las plataformas de comunicación e incluso las llamadas que no contesto porque no puedo hablar (literal o simbólicamente).  Sin categorizar el contenido, ambas cosas abren la puerta de la comunicación y son una buena manera de decir “estoy aquí”.       
  2. El que llega – Es un grupo pequeño.  Hay quienes llegan porque saben que necesitas ese abrazo real y quienes llegan porque no se permitirían el no estar ahí para brindártelo.  Este grupo se invierte de más de una manera, exponiéndose a palpar la adversidad de cerca.
  3. El que no suelta – Este grupo es casi exclusivo.  Incluye miembros de los grupos anteriores, pero con determinada frecuencia.  Aquí están los del monitoreo constante, los que intentan hacerte sentir mejor, pero dejan sitio para gritos y lágrimas.  Ellos son el punto de contacto para los del próximo, pues tienen la información más actualizada de cómo estás. 
  4. El que da espacio – Es el segundo grupo más grande y tiene tres subcategorías: los que no saben qué decir o hacer para aliviarte, los que tienen tanto rollo personal que no pueden asumir una carga más y los que realmente saben que necesitas espacio para correr tu proceso.  Cada razón que provoca el espacio es igualmente válida, pero el espacio suele ser un estado temporero.  Eventualmente, los que tienen las intenciones correctas aparecen en alguno de los otros grupos. 

Si me conoces y te encontraste en alguno de estos grupos, ¡GRACIAS SINCERAS!  Mientras sé que la empatía es uno de los valores más altos que distingue al ser humano, también sé que nadie está obligado a demostrarla cada vez que las circunstancias lo ameriten.  Si no me conoces y sacaste tiempo para leer esto, te deseo la fortuna de contar con un sistema de apoyo tan maravilloso como el mío.  Por más segura y fuerte que sea una persona, ante un problema, sentir a otros cerca puede ser parte de la solución.  ¡Ah!  Y, por si acaso, estoy aquí.