Me bebí las lágrimas.

¿Te ha pasado alguna vez que el cansancio, las frustraciones y la melancolía se combinan para sumergirte en un llanto incontenible? Pues, así fue mi noche de ayer. Y, antes de continuar, quiero que sepas que sólo estoy contando esto como una manera de seguir soltando porque, sí, eso hice con la inmensa ola de sentimientos que me arropó en mi rato de soledad: soltar. Por primera vez en largo tiempo, mis pensamientos y yo no veíamos un solo humano a nuestro alrededor y abrimos la represa. Tampoco ayudaron la fecha y la convergencia con ese punto del mes en que lo más mínimo puede fliparme.

Me explico, mi papá hubiera cumplido 75 años ayer. Anticipaba la ocasión, pero me juraba un poco más fuerte para recibirla. Después de todo, no era su primer cumpleaños en el cielo y me había estado sintiendo mejor desde el pasado 29 de octubre. Preveía algunas lágrimas y una nostalgia lógica. Sin embargo, he leído muchas veces algo que dice que, cuando uno llora, no necesariamente lo hace por la razón del momento, sino por el cúmulo de aquello que ha estado suprimiendo. Quizás, quieras preguntarme qué he estado suprimiendo y, posiblemente, la respuesta más corta sea: qué no. Yo suelo ser un libro abierto; apenas tengo filtro y muchas personas opinan que “what you see is what you get”, aunque no todas lo dicen con el mismo tono. Entonces, ¿qué me está pasando? Probablemente, no me pasa nada que no haya vivido antes. He operado en automático por muchos meses y, en el afán de escoger mis batallas, he comenzado a embotellar mis emociones. Me escudo detrás del padecimiento en mis manos para no escribir. Evito ser una carga para mis seres queridos y, francamente, estoy harta de mis propias cantaletas.

Al amanecer, publiqué alguito sobre papi en mi perfil personal y sentí una tristeza enorme mientras agrupaba mis pensamientos. Al rato, me calmé y comencé a prepararme para irme a la oficina. Hace unas semanas, retomé el trabajo presencial y el proceso de adaptación ha estado lleno de altibajos. Así que, puedes sumar eso a la lista. Mas, no me senté a escribirte para enumerar las cosas en mi plato. Mi mantra es que uno se muere un día, no dos. Por lo tanto, anoche me dejé morir. Intercambié mensajes con ciertas amistades en el transcurso del día, algunas de las que lograron sacarme carcajadas. Al caer la noche, mi copa de vino, mi música y yo, sabiendo que nadie nos observaba, nos permitimos ser… o no ser. La velada solitaria le dio a mi corazón un espacio para estirarse, para desentumecer. Cuando se acabó el vino, me metí en la ducha y, dejando caer el agua sobre mí, me bebí las lágrimas. No sé si el jabón me lavó el alma. Sólo sé que, al salir, mis ojos estaban secos y mi mente estaba en paz. Honré mi humanidad y, al despertar, no tuve que repetirme: “respira”.

De mis manos y mi bota

Me ha costado retomar la escritura para mi blog. Si bien disfruto de compartir mis pensamientos e historias, me doy cuenta de que últimamente he dejado que muchas líneas escapen de mi cabeza. Terminé la maestría el 21 de abril y, justo cuando me disponía a celebrarlo contigo, los noticiarios se vistieron de un color que nos llenó a muchos de dolor, impotencia y terror. Yo, que ya andaba melancólica por varias razones, estuve días con la cabeza llena de preguntas y el alma pesada. Entonces pensé “no, así no puedo escribir”. Me refugié en el cansancio físico y mental que el año académico provocó y en las nuevas dolamas de mis ‘tidós para apartarme del teclado fuera de horario laborable y, sin avisarte, me tomé otra pausa. Hoy, quizás por el aire que traen mis días 29, desperté con ganas de empezar a ponerte al día, pero dejaré el 4 de 4 para otra ocasión porque eso merece sus propias #500PalabrasOMenos.

Comienzo por contarte que tengo artritis. Sí, la que muchos dicen que aún parece de veintipico o treintipico, anda con las manos dando candela desde agosto. Al principio, se pensaba que pudiera ser el famoso túnel carpiano, pues la postura del trabajo remoto en mi rinconcito improvisado no conoce de ergonomía. Pero ni los cinco meses de pruebas ni la inversión sustanciosa ni la búsqueda de segundas y terceras opiniones pudieron escapar la genética. Cada nuevo dolor trae recuerdos de mi abuela, que tantas veces ayudé en lo más básico porque sus manos no le permitían ciertos movimientos, y -sin alusión de culpa alguna- me asusto pensando hasta cuándo podré contar con las mías. El asunto de lucir más joven de lo que soy suena a pintura y capota cuando mi cuerpo grita mi edad y empieza a pasar factura por el mucho fondillo que le doy a una silla, en lugar de mover el esqueleto por mi propio bien. Así que, de regalo de cumpleaños, invertí en mi salud.

Me comprometí a tratamiento quiropráctico para contrarrestar la degeneración fase dos en mi cuello y espalda baja. Aunque la mensualidad es casi automovilística, el progreso ha comenzado a sentirse. También, fui al podiatra a atenderme un malestarcito que resultó siendo el resultado del año y medio en chancletas luego de 17 trepada en tacos. Cuento largo corto, ahora duermo con una bota en el pie izquierdo que se siente como una alarma en mi cerebro con cada vuelta que doy en la cama. El punto es que tengo que cuidarme y que una de las cosas más importantes por atender es mi salud mental. No puedo controlar lo que pasa a mi alrededor, pero sí necesito aprender a escoger cómo manejarlo. Si a ti te pasa algo similar, recuerda que los estresores que nos afectan son innumerables. Protege tu paz mental y priorízate por encima de los problemas y las responsabilidades. Si de algo te sirve, yo estaré acompañándote en esa lucha.

Cuando un Menudo se va

Te aseguro que no anticipaba regresar a escribir con este tema, pero algo en mí ha movido mis dedos hasta el teclado. Ayer, sábado, mientras tomaba mi café con la casa aún dormida, Facebook me anunció que el ex Menudo Ray Reyes había fallecido. Llevaba días huyéndole a las noticias, evitando sumergirme en las tragedias que han salido a la luz recientemente en la Isla y que, sin duda, hacen eco de injusticias más allá de mi comprensión. Sin embargo, este titular me inundó de una melancolía particular.

Verás, soy de las que con orgullo utiliza la frase “de Menudo para acá” al describir a qué generación pertenezco. Si eres tan joven que esta referencia no te alcanza, “gugulea”. El primer concierto al que fui, con apenas cinco años y hasta febril, fue a uno de Menudo en el Palacio de Recreación y Deportes de Mayagüez. Recuerdo que fuimos en el Malibu azul de mami. Ella me puso un vestido amarillo, me aguantó por la cintura mientras yo bailaba sobre la silla y me compró un Snickers después del espectáculo. Ella grababa en el VCR los programas en los que salía Menudo y luego me miraba gozármelos y hasta memorizarlos al verlos una y otra vez. Crecí con lo que se llamaba “la menuditis”, con las paredes llenas de afiches y siempre enamorada de algún integrante de cada cepa. Ray no fue uno de los que cautivó mi corazón, pero las ‘esgalilladas que me daba cantando “Si tú no estás” e intentando subir a su tono eran épicas.

Esa canción cobró un valor distinto al escucharla en su voz adulta como parte de El Reencuentro en 1998. Ray figuraba entre los seis ex Menudos que revivieron la época dorada de la agrupación. Mi roommate y yo fuimos a dos de las funciones en el Roberto Clemente y nos montamos en el hermoso viaje de nostalgia en el que los entonces adultos nos llevaron. En alguna entrevista, Ray dijo -y lo recuerdo como si fuera ahora- “antes yo cantaba las canciones de Menudo, hoy las estoy interpretando”. Esa frase quedó grabada en mí como un reflejo de lo que la experiencia representaba. Lo mismo me pasaba al escuchar canciones de Proyecto M (de nuevo, Google), especialmente aquellas baladas cortavenas en las que Ray no tenía comparación y que sonaban en mi radio en repeat cuando me encontraba romántica o desamada. En septiembre 2019, construí nuevos recuerdos junto a mi mejor amiga en el Súbete a mi moto Tour y Ray -aunque distinto- fue parte importante de ello.

Su partida trajo a mi mente luces del escenario apagándose y su silueta desapareciendo detrás de su micrófono en la esquina izquierda de la tarima. Hoy, miles de fans alrededor del mundo lloramos al perder la voz que nos acompañó durante casi cuatro décadas pues, aunque haya vinilos, cassettes, CDs o plataformas donde escucharla, su silencio iguala el vacío del memorable “Si tú no estás”.

¡Hasta siempre, Ray, y gracias!

Confinada con un adolescente

Sé que no soy la única, pero desde el 15 de marzo he estado 24/7 con un adolescente. Antes de esa fecha, había pasado algunos meses desempleada y aprendí a disfrutar actividades tan sencillas como recibirlo de la escuela con la comida ya lista, cosa que no había hecho en toda su vida porque mi agenda laboral lo impedía. También, antes de esa fecha, ambos podíamos salir. Él cumplía su jornada escolar fuera de la casa y yo disfrutaba unas horas con misma en algo de libertinaje. Teníamos la opción de practicar el ocio juntos o con nuestras respectivas amistades. Pero el 15 de marzo todo cambió. No voy a entrar en detalles sobre lo que la mayoría tuvimos que ajustar para aprender a hacer toda nuestra vida en un solo lugar. Sólo temo que las relaciones maternofiliales han sido puestas a pruebas y confieso que entre las mías hay tantos logros como fracasos.

Por un lado, reconozco que soy muy afortunada. Mi hijo no interfiere en mis quehaceres y me cuida bastante. Es comprensivo, paciente y poco exigente. Aceptó la nueva normalidad con alguna resignación y libre de reclamos. Aprendió a guardar distancia física, se enganchó la mascarilla, se acostumbró al incesante lavado de manos e hizo las paces con el hand sanitizer, cuya textura siempre le desagradó. Aunque luchó contra la idea de recibir las asignaciones por email, terminó su décimo grado desde la casa sin mayores peleas que las mías por querer que deje la procrastinación. Asimismo, comenzó un nuevo año escolar con reuniones sincrónicas y se disfrutó el primer reencuentro virtual con sus pares, haciendo evidente la falta que hace la experiencia social en su joven vida. ¡Y no lo culpo! Creo que todos resentimos la privación de esos espacios en que podemos ser y estar con personas ajenas a nuestro núcleo familiar; necesitamos más de lo que el confinamiento nos permite tener.

Por el otro, admito que he fallado a la promesa que hice cuando mi unigénito era un infante: intentar ver el mundo a través de sus ojos. A diario, me esfuerzo por cumplir con mis responsabilidades profesionales, académicas y domésticas. Considero estar dándole un ejemplo de resiliencia y, consecuentemente, la paciencia me abandona cuando lo veo consumir sus días pegado al celular. Me revienta verlo tomar clases con la cámara apagada, dejar todo para último minuto y pensar que sus años no están siendo bien aprovechados. Pero más me revienta escucharme repetir las mismas cantaletas desmesuradamente porque no tengo las herramientas para modificarlo. Tengo que recordarme una y otra vez que él y yo somos distintos, que mi edad y mis experiencias me han formado y que a los dos nos falta mucho camino por recorrer. No puedo evitar preocuparme por su futuro y por el saldo que esta pandemia dejará en él. Sin embargo, creo que debo emular su capacidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, ser más empática, hallar terreno común, respirar… y seguir amándolo.

Aciertos de un año atípico

Se acerca la despedida de año y comienzo a ver publicaciones, memes y hasta reportajes noticiosos de los acontecimientos de este inolvidable 2020, que muchos parecen querer botar como pañal sucio. Yo me levanté pensando en el aprendizaje, en lo que me llevo de los pasados 365 días y a sabiendas que aún falta el #366. Leí hace unos meses algo que decía que eso de que todos “estamos en el mismo barco” no es cierto. Sí, todos atravesamos la misma marea turbia, tormentosa y a oscuras, pero creo que quien lo dijo tenía razón en que las “condiciones en que navegamos” son muy distintas entre unos y otros. Mientras extiendo mi solidaridad a aquellos que han enfrentado dificultades serias en los pasados 12 meses, reconozco que en los míos ha habido muchos aciertos y quiero enumerarlos a modo de agradecimiento.

  • Enero – Comencé la maestría que había querido estudiar por años. El primer día de clases recibí una orientación de una asesora en carreras de la universidad que me ayudó a sanar las cicatrices de mi recién pérdida de empleo. Fui referida al puesto que ocupo desde marzo.
  • Febrero – Recibí la visita de una de mis personas favoritas y pasé un fin de semana espectacular en su compañía. La magia crece cuando las personas importantes en tu vida se conocen y se juntan. También, realicé labor voluntaria para una causa muy especial.
  • Marzo – Celebré un reconocimiento que le hicieron a mi hermano en compañía de mi familia. Regresé a mi alma mater en calidad de empleada y conocí dos personas que han sido claves en este año.
  • Abril – Reconecté e intercambié muchas risas con amigos de la infancia/adolescencia. Los que pasaron la prueba del colador han sumado mucho a mi vida.
  • Mayo – Cumplí los 41 rodeada de amor. La pionera de las sorpresas ese wikén, que también era el de las Madres, fue mami y creo que ese mes institucionalizamos nuestros cafés virtuales.
  • Junio – Hice el cuarto de varios nuevos amigos. Éste se validó protegiéndome de mí misma. (Tan reciente como ayer me llamó y nos reímos un buen rato.)
  • Julio – Volví a abrazar a mi madre luego de cuatro meses. Completé el segundo trimestre académico con un elogio especial en una de las clases que más me ha retado.
  • Agosto – Vi felicidad en el rostro de mi hijo al reencontrarse virtualmente con sus pares al inicio del nuevo año escolar.
  • Septiembre – Sorprendí al unigénito el wikén de su cumpleaños con la ayuda de un amigo incomparable.
  • Octubre – Alcancé una nueva y necesaria etapa en mi proceso de duelo.
  • Noviembre – Me tomé una mimosa con la óptima y di gracias por más cosas de las que puedo enumerar aquí.
  • Diciembre – Le canté cumpleaños a mi persona. Tuve a mi familia completa alrededor del árbol.

Sucesos simples pueden hacer una gran diferencia. (Omití algunos por honrar las #500PalabrasOMenos.) Te invito a balancear lo bueno y lo malo, a crear tu lista… a soltar el aire.

A un año de la pausa

Hace exactamente un año inicié este blog con una entrada titulada ‘Si no escribo, exploto’. En ella, compartí públicamente una noticia que no estaba preparada para dar en voz alta. Yo atravesaba un periodo de pérdida doble, pues había sido cesanteada de mi nuevo empleo a sólo dos semanas del fallecimiento repentino de mi papá. En la mañana del mismo día en que había sido citada por Recursos Humanos para las 5:00 p.m., escuché el discurso de una mujer que hablaba del valor de honrar la pausa, de que no es necesario tener todas las respuestas. Ella cerró su ponencia diciendo “no podrás encontrarte hasta que te hayas perdido un poco”. Así que, en aquel instante abismal en que sentí que el universo había gritado “¡PAUSA!”, pausé.

Viví momentos difíciles. Por un lado, me tocaba aprender a vivir sin mi héroe. Por el otro, mi ego profesional había recibido un golpe fuerte. La pregunta inmediata era obvia: ¿y ahora, qué?. La contestación me tomó más tiempo, pero estaba clara de que no tenía que hallarla para nadie que no fuera yo misma. Me acostumbré a decir “no sé”, filtré llamadas que podían robarme la paz y empecé a bregar conmigo. Me quité la prisa por estar bien y me dediqué por unas semanas a simplemente estar. Fue ahí cuando decidí beneficiarme de una de las destrezas más utilizadas durante mi trayectoria profesional, mi escritura. En cada publicación soltaba las emociones presentes sin poder anticipar la acogida de lectores conocidos y desconocidos. Todavía me resulta inverosímil que alguien que nunca ha visto mi rostro o escuchado mi voz pueda encontrarse entre mis palabras. La distracción me dio un propósito. Mi pausa fue el espacio perfecto para llevar mi proceso de duelo a mi ritmo y con el hermoso respaldo de los que pasaron la prueba del colador, los de verdad.

366 días más tarde, te aseguro que el mayor reto que enfrento hoy es el provocado por la pandemia y sus derivados. Como una flecha que se hala hacia atrás antes de ser disparada, encontré dirección. Tengo la oportunidad de ser madre a tiempo completo y, aunque estar confinada con un adolescente es otro cuento, trato de darle a mi amado hijo un ejemplo de perseverancia. Estoy a punto de comenzar mi último trimestre de maestría con excelencia académica y constantes adiciones a mi cajita de herramientas. Cumplí ocho meses realizando una labor que me llena. Soy parte de un equipo de trabajo maravilloso que busca hacer la diferencia en el mundo y que ha estrechado lazos reales aun desde la virtualidad. Por primera vez en mi vida, tengo ahorros en el banco y hasta se me olvida cuándo son los días de cobro. Incluso cuando he sufrido episodios de oscuridad, y ante la incertidumbre actual, nunca me ha faltado luz y eso está bastante bien para un año que nos ha puesto a temblar.

¡Gracias por acompañarme a honrar y salir de mi pausa!

Tres completados, cojámonos un break

Hoy es el primer domingo en que, luego de 12 intensas semanas, no tengo asignaciones pendientes de alguna de mis clases de maestría… ¡porque terminé el trimestre hace cuatro días! El 3 de 4 combinaba dos temas densos, instruidos por dos profesores con estilos de cátedra muy distintos. Para la primera reunión de la Clase 1, el profesor agrupó las dos secciones simultáneamente. Me agradó ver caras que no veía desde el 1 de 4, pero más me gustó que el profesor contestara ¨no¨ cuando le pregunté si en el curso tendríamos trabajos grupales. No corrí la misma suerte en la Clase 2, aunque la profesora de esta clase era repetida y bien recibida.
La aventura comenzó al ver la división de grupos. En esta ocasión no podíamos escoger y tampoco tocaba un mismo grupo durante todo el término. Así que, la distribución generada por el sistema era, literalmente, una lotería. Mientras que personas con las que ansiaba colaborar no estaban en mi mezcla, algunos botones cuyas primeras muestras me bastaban, sí. La idea de ¨mejor malo conocido que bueno por conocer¨ fue desafiada continuamente y, aunque hubo hermosas sorpresas, también hubo retos impredecibles. Claramente, no todo el mundo va al mismo ritmo, pero creo que las expectativas de responsabilidad y compromiso a nivel posgraduado deben estar relativamente altas. La variada gama de anécdotas, tanto mías como de mis aliados más cercanos, ayudaron a pintar un cuadro de futuros colegas con los que valdría el esfuerzo trabajar y otro de quienes querría huir si así fuera. A pesar de esto y de retos nuevos, como la sensación de camisa de fuerza y el auto cuestionamiento provocado por las estrictas y precisas instrucciones de las tareas de la Clase 1, completar el tercer trimestre viene con grandes satisfacciones.
Además del conocimiento de nuevas destrezas y el fortalecimiento de las no tan nuevas, la mayor satisfacción es quizás la maravillosa camaradería que viví con algunas personas que no han hecho más que sumar a la experiencia desde que cruzamos caminos. Si bien la separación de los grupos tuvo sus contras, también trajo unos pros extraordinarios. La lista de los selfies que necesito el día de la graduación va en aumento y viene con una admiración genuina a los portadores de los nombres en ella. También, hay una reincidencia de lo más chula en los nombres que menciono mucho desde otros trimestres. A algunos los contemplo desde cierta distancia y disfruto verlos crecer y ampliar sus redes. A otros no los suelto ni en las cuestas; tanto que, cuando una compañera habló de que ¨no nos conocemos¨ por el factor de la virtualidad, yo felizmente diferí. Y es que hay complicidades tan sinceras que la falta de presencialidad no les resta. Ellos, los que son, siempre están. Nuestros desahogos, consultas, chistes internos y solidaridad son aportaciones que agradezco profundamente y que tengo en reserva para el 4 de 4 que juntos emprenderemos en enero. Ahora, cojámonos un break.

Resaca de una noche añorada

Ayer era viernes y mi cerebro lo sabía. Me tocó ir a la oficina como parte de una rotación que estamos realizando para cubrir los servicios y, culminada la jornada, sentí una necesidad bien grande de mis amigos. No hablo de conversaciones largas en busca de un consejo, sino de los viernes después de las 5:00 p.m. junto a los panas que llegaban a donde fuera para desahogar la semana, para celebrar el bautismo de muñecas del momento o, simplemente, para compartir. Por años, he gozado de compañeros que se han convertido en amigos y de amigos que se han convertido en familia y, aunque la convocatoria de los viernes solía extenderse incluso fuera de ese círculo, en mi mente hay rostros específicos de los que con genuina frecuencia la contestaban. Pude, pues, dentro de mi añoranza recrear una escena en la que ese puñado de seres recibía un mensaje a media tarde y se congregaba en el lugar designado horas después.

Imaginé la llegada de cada uno, los abrazos apretados y sin prisa que nos daríamos, la camaradería a lo largo de la velada y hasta sus voces por encima de la música y el ruido ambiental. Entre carcajadas y espíritus destilados, nos habríamos puesto al día sobre qué estamos haciendo y cómo la estamos pasando. Alguien intentaría bailar salsa, alguien le viraría parte del trago a otro encima y alguien se pararía cada 20 minutos para ir al baño. También, inmortalizaríamos el rato con un par de fotos y tengo una imagen clara de cuál brazo serviría mejor de selfie stick. Alrededor de las 8:00 p.m., porque nuestros súper juntes no duran más de tres horas, comenzaríamos a despedirnos con abrazos muy similares a los del inicio, diciendo “déjame saber que llegaste bien” y habiendo sumado nuevos recuerdos a la lista. Así, sin drama y sin mucha exposición, era como mis amigos y yo cerrábamos la semana en la era precovidiana. Si bien he establecido prioridades en estos ocho meses en que nada es como era antes, anoche validé que esos encuentros son esenciales para mi corazón y escribí un mensajito para publicarlo en Facebook que luego opté por enviar sólo a los que realmente son.

Confieso que, cuando veo personas jangueando en los establecimientos actualmente abiertos, sé que no estoy preparada para eso, pero la falta que me hacen mis amigos me hizo anhelar un espacio mágico y protegido en el que pronto volvamos a estar. No me malinterpretes, yo disfruto los vinos virtuales y hasta valoro la oportunidad que los encuentros a través de la pantalla han brindado para reconectar con gente que no hablaba hace mucho. Sin embargo, con el pasar de los meses, lo que al principio era casi un culto ahora es completamente esporádico. Mi agenda tampoco deja mucho espacio para agarrar otro dispositivo electrónico entre horas laborables y académicas. Pero hoy amanecí con las mismas ganas de rodearme y disfrutar de mis amigos y decir al unísono “¡salud!”.

Querido 29 de octubre:

Tú ganas, ya estoy despierta. No sólo cambiaste mi vida para siempre, sino que hoy regresas y abres mis ojos de manera irreparable dos horas antes de que suene mi primera alarma. No, no sé si estoy lista, pero tampoco voy a esconderme bajo las sábanas. Ya vi el recuerdo en Facebook, ya comencé a revivir la escena que tan a menudo viene a mi mente. Así que, dale. ¡Hagámoslo!

Te advierto que no se trata de ti, sino de él. Tú sólo duras 24 horas. Por décadas fuiste y viniste sin dejar mayores huellas, hasta el día en que me dejaste sin aliento. Marcaste el “después” de mi vida sin él y me obligaste a observarte en el calendario, tanto que anticipar tu llegada me ha inundado de lágrimas todo el mes. No lloraba porque te acercabas. Lloraba porque sabía que te pronunciarías en mi memoria con la misma nube gris que posaste sobre mi cabeza hace un año. Lo que no sabes es que esa nube es pasajera porque mi corazón está lleno de él y él siempre fue sol. Entonces, te invito a compartir un café mientras te cuento más.

La verdad es que no ha sido fácil extrañarlo ni pasar 52 domingos sin su llamada, pero él no me ha dejado sola. Yo sé que se ocupa de mí, que todavía me cuida y aconseja. Abogó para que yo saliera de donde no me atrevía a irme. Me dio espacio para manejar eso y todo lo que tú me hiciste sentir. Incluso cuando yo cuestionaba tantas cosas, él sabía que lo que necesitaba era tiempo. El día que pisé mi alma mater, lo recordé buscándome y llevándome cargada de motetes cada principio y cierre de semestre en que la residencia nos hacía mudarnos. No dudo que él me haya acompañado hasta aquella oficina en que las puertas comenzaron a abrirse. También, estuvo conmigo el día que me dio el ataque de pánico en medio de la covidianidad y le di gracias al Cielo de que él se libró del encierro, de las malas noticias y de la incertidumbre que este año ha traído. Aunque duele, 29, doy fe de la misericordia divina que lo alejó de la tierra antes de que empezara a temblar. Su casa sigue intacta, como si hubiera salido momentáneamente a hacer un mandado. Celebrar cosas sin él no es lo mismo, pero lo sentí cerca cuando mi hijo cumplió los 16. Ayer mismo le contaba a su maestra que abuelo vino desde Cabo Rojo a saber de nosotros después de María.

Las personas viven para siempre en el corazón de quienes saben amarlas y llevarlas. Aun cuando hace unos días mi hermano quiso enterrar sus cenizas, nada le resta a su presencia, nada me distancia de su alma. Sólo tengo que pensar en él para sentirlo conmigo y, agraciadamente, sobran recuerdos para escoger.

Puedes quedarte hasta las 11:59 p.m. Él se quedará eternamente.

Sinceramente,

La nena de papá

Dos completados… vamos pa’l tercero

Hoy comienza el tercer trimestre de mis estudios de maestría y tengo que confesar que, después de un par de wikenes de no tener que hacer tareas, me pesa un poco la idea de volver a la carga. El 2 de 4 fue intenso. Entre mis compañeros he comentado que fue como ir de Kínder, donde duermes la siesta, a noveno grado, donde la maestra te pide hallar el valor de X. #Yisus En la primera ronda de asignaciones, invertí sobre 17 horas de mi semana en una sola clase. En la otra, casi creamos un grupo de apoyo para descifrar códigos, tecnicismos y todo un nuevo estilo de cátedra. Si en el primer trimestre dije que no era fácil volver a estudiar después de 18 años, es posible que haya hablado muy temprano. Sin embargo, la madurez me permite enfrentar los retos de una manera distinta, aunque no siempre es la más efectiva.

De la incertidumbre, se formaron nuevos lazos y algunos no tan nuevos se estrecharon aún más. Hasta las nenas que cayeron en la otra sección se reportaron esporádicamente y la rubia del “Uno completado, tres pendientes” fue mis ojos y oídos en más ocasiones de las que haya podido contar.  Mi paciencia fue puesta a prueba, mi empuje también. Un trabajo grupal afloró lo mejor de los que saben dar lo mejor de sí y lo correspondiente de los que no. Mas, como me dijo una profesora, de esos hay en todas partes y es importante ser justa y reconocer que no todos tenemos las mismas habilidades… ni actitudes. Pero, en esos momentos de grandes pruebas, la lista de los que quiero en mis fotos de graduación se solidificó y hasta creció. Cada trimestre me he conducido bajo la premisa de No man left behind y, en esta ocasión, creo que recogí los frutos de esa siembra. Yo no sé si ellos son amigos por una razón, por una temporada o para toda una vida, pero estoy sumamente agradecida de contar con los mejores compañeros y futuros colegas existentes. La verdad es que nadie logra grandes cosas completamente solo y yo los quiero y los necesito para el desfile al son de la Marcha Aida en el verano del 2021.

En el trayecto, todos cogimos el ritmo y los resultados del esfuerzo sobrepasan cualquier expectativa. Así que, para el 3 de 4, de mi parte, no tengo muchas. Preveo conectarme en un ratito con la misma sonrisa de siempre y llevar el peso un día a la vez. Ya sé qué ajustes hacer en mi rutina para cumplir con todas mis responsabilidades y, aunque seguimos sumando estresores a la covidianidad que nos obliga a vivir todas nuestras facetas bajo el mismo techo, no pienso perder la meta de vista. A los que emprenden esta segunda mitad de la jornada conmigo, ¡vamo’ a hacerlo! A ti, que no te decides a alcanzar lo que anhelas, escucha tu corazón y sigue hacia adelante.

Problemas de conexión… y otros lazos

Siempre me he rodeado de amigos varones. Hay quienes dicen que ellos son más sinceros que las féminas, mucho menos competitivos, y hasta tienen una manera especial de cuidar. Lo cierto es que en cada etapa de mi vida he tenido los mejores y ellos saben cuánto los amo.  Pero hoy quiero contarte de tres con los que he resuelto problemas de conexión y estrechado lazos recientemente.

Para darte un poco de trasfondo del primero, “Papo” y yo hemos sido amigos por más de una década. Hemos superado grandes dificultades juntos. Si a mí me pasa algo, sé que puedo contar con él. En mi mente, “Papo” guarda una capa de superhéroe en la gaveta para ponérsela cuando yo lo necesito. Sin embargo, en mi afán de sobrepensar las cosas, me he cuestionado si nuestra amistad se nutre de necesidad más que del disfrute del otro. Desde mi pausa, sus llamadas me suenan a puro monitoreo. El exceso de preguntas me abruma, la conversación no fluye y cuelgo sintiéndome completamente irritada. Si yo fuera él, me hubiera mandado a buen sitio hace rato. Ayer (después de mucho) atendí su llamada, le bajé dos y, cuando llegamos al tema, me dijo algo así como que no iba a rendirse; que le dolía mi rechazo, pero esperaba alguna oportunidad de poder conectar. Tras tantos años de amistad, es seguro asumir que nos hemos dicho de todo, pero eso era algo que mi corazón necesitaba escuchar. Tendremos nuestras diferencias, pero sé que no perderemos lo que hemos ganado.

El asunto de la confianza es delicado, pero el segundo “pana” en este cuento sabe hacer uso correcto de ella. A apenas un mes de conocerme, “Pepo” tuvo el valor de decirme algo que para otra persona pudiera sonar atrevido o prematuro. Con su honestidad, logró calmarme y darme otra perspectiva en una situación en la que mi pasión por un tema me cegó. Me hizo ver que me había equivocado y abrió mis ojos a la importancia de disculparme con alguien que merecía mi respeto. Lo mejor fue que hizo todo eso sin juzgarme. En sus palabras había una preocupación genuina por las posibles repercusiones de mi argumentación intensa. Supe en ese momento que “Pepo” ya estaba dentro de mi círculo. Mi buen juicio había fallado, pero él no y eso me hace sentir muy afortunada. Terceramente, mi amistad con “Pipo” (el de la historia que pudo haber terminado) tuvo un refresh medio chulo en estos días. Entre nosotros no hay problemas ni malestares. “Pipo” y yo compartimos una magia única y somos de los de checkin diario. Es sólo que, esporádicamente, nos damos cierto espacio creyendo que el otro lo necesita por las razones que sean y lo que hacemos es extrañarnos más de lo que vivir en países distintos implica. Cuatro palabras cerraron nuestra última brecha: “yo necesito que regresemos”. Y con ellas sentí como si se reiniciara mi sonrisa.

¡Es grandioso tener buenos amigos!

Nostalgia en una caja de juguetes

En días recientes, nos dimos a la tarea de recoger la caja de juguetes de mi hijo. Por si no lo conoces, estoy hablando de un adolescente de casi 16 años. Por lo que puedes imaginar que la caja en cuestión fue sustituida por videojuegos y el celular hace mucho. El espacio que ocupaba el total de sus juguetes excedía por mucho las proporciones de fábrica de la caja y dominaba el hábitat del unigénito en suelo y aire. Si fuiste capaz de crear una imagen mental, no me preguntes cuántas horas nos tomó la faena de dividir en tres categorías el cúmulo de 15 cumpleaños, regalos de Navidad y Reyes, caprichos, changuerías, misas sueltas y sorpresitas de todos los menús de niños posibles. Más que agotador, el ejercicio fue un viaje de nostalgia.

En varias bolsas, echamos todo aquello que estaba roto o inservible y los cientos de cachivaches de las famosas loncheritas. En una caja, depositamos todo aquello que puede ser donado. Sin saber a quién ni cuándo, sacamos una cantidad generosa de juguetes preescolares, figuras de acción y otras cosas que en su momento brindaron largas horas de entretenimiento. Desprenderse no es fácil, pero en su mirada había la intención de que otros niños puedan disfrutar de sus antiguos tesoros. Para cada cosa hacía la misma pregunta: “¿quién me lo regaló?”. ¡Y así comenzaron las historias! Papá y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo por llenar los blancos y revivimos risas y travesuras, como la vez que estando en una juguetería pataleteó por un Spiderman diciendo el nombre repetidas veces en un crescendo que fue de la voz chillona de los terribles dos hasta un vozarrón que parecía sacado de una película de terror. Recordamos, también, la época en que un restaurante de comida rápida regalaba Hot Wheels en la oferta de niños y, al preguntarle a mi hijo qué quería comer, él contestaba “hamburger y carrito”.

Creo que él mismo no sabía cuántos juguetes tenía y preguntó si era un niño engreído. Hijo único al fin, le confesamos que muchas cosas las compramos porque nos gustaban para él. Ocasionalmente, las que sí pedía, maniobramos para sorprenderlo. Uno de los dos buscaba, pagaba y llevaba los juguetes al carro, mientras el otro lo entretenía en una parte distinta de la tienda. Finalmente, agrupamos los juguetes de los que no estamos preparados para despedirnos y ahí cayeron sus preferidos y los de alto valor emocional. Entre ellos, están los incontables personajes de Cars y la envidiable colección de Toy Story, la primera película que vio y con la que quedó fascinado porque el nombre en la bota de Woody era su apodo. Ingenió futuro hasta para el canasto de baloncesto de abuelita. Hicimos un lugar especial para todo lo que le había regalado mi papá y para el palo de lluvia que su primera nana le obsequió en su primer añito, entre otros detalles preciados que hicieron de su infancia una memorablemente hermosa.

El apagón me reactivó la musa.

Dos meses sin escribir y me encuentro aquí, en el mismo balcón en que durante los meses posmarianos veía pasar los días y luego las semanas. En medio del apagón, escucho el viento y unas gotas esporádicas me recuerdan este absurdo aviso de tormenta en pleno verano. ¡Qué añito estamos teniendo! El mío, como sabes, empezó en las filas del desempleo y con otro norte: mis estudios de maestría. Esa idea de recorrer nuevos caminos o, mejor dicho, caminos conocidos con nuevos rumbos, me hizo calmar el estrés de los temblores y hasta del supuesto meteoro. Dos meses más tarde, una excitante oportunidad profesional me devolvió la ilusión y a un territorio que también me resultaba conocido. Caminé aquellos pasillos y calenté mi oficina por un total de cinco días hasta que aquello que parecía lejano se hizo real, la Gobe nos puso en el lockdown y una pandemia nos hizo reaprender a vivir.

En mayo, inició mi segundo trimestre de la maestría con una carga académica y retos imposibles de anticipar. En junio, los ruidos a mi alrededor se me mudaron a la cabeza y, en medio de un abrumador episodio de ansiedad, caí. ¿Has escuchado de la gota que desborda la copa? Pues, yo sentí la mía derramarse hasta inundarme. Luego, vino mi primer día de los padres sin el mío, seguido de los anuncios que ofrecían libertinaje a la covidianidad. Ni la playa ni el cine ni los restaurantes abiertos a 50% me tentaron, pero la idea de reunirme con mi madre me hizo relocalizar el confinamiento al otro lado de la Isla.  Me regocijé por dos semanas en el hogar que me vio crecer y reafirmé que pocas cosas se comparan a tanta felicidad. Regresé al son de curvas de contagio elevadas y perdí la cuenta de los disparates que he leído dentro y fuera de las noticias. Sin embargo, mi enfoque era terminar el extenuante trimestre con fuerzas.  

Pero una noche, al termómetro le dio con marcar de manera consistente de esas temperaturas alarmantes. Entonces, un quebranto de salud me llevó días más tarde al equivalente de una sala de emergencias que, en estos tiempos, me aterra más que mi salida al supermercado del mes de abril. Los negativos no me hacen bajar la guardia. Del susto, he usado mascarilla hasta en las vídeollamadas, estoy durmiendo sola temporeramente y no recuerdo cuándo fue la última vez que abracé a mi hijo. Aun así, saqué voz de donde no la tenía para lucirme en las presentaciones de fin de curso y, justo cuando celebraba el reconocimiento de aquella profesora que me dio más trabajo que otras, recibí las notificaciones de suspensión de labores a cuenta de otra cosa más que nos pone en pausa este bendito año. Mas, ni ahorrar la carga del celular me hace olvidar que hoy es el noveno de mis -desde octubre- tristes días 29.

Livin’ la vida en Zoom

Entre todos los cambios que ha traído la nueva norma, uno de los más notorios es la vídeo llamada.  Si tienes suerte, tu teléfono ahora suena -con mayor frecuencia- con la cámara encendida.  Algunos tratamos de acomodarnos las greñas antes de aceptar la ansiada interacción con alguien que no está bajo el mismo techo, mientras que otros parecen vivir camera ready.  Lo cierto es que, cuando esas interacciones forman parte de tu covidianidad, hay espacio para desarrollar una relación amor/odio con cualquier plataforma que las facilite.

Zoom, por ejemplo, es actualmente la herramienta más popular para celebrar reuniones profesionales, sociales, académicas y de desarrollo.  El confinamiento no permite reuniones presenciales y aparenta ser que las llamadas en conferencia ya no son suficiente.  En mi caso, el día comienza mirando la agenda para validar si tengo o no reuniones [por Zoom] calendarizadas y, si las tengo, saber con quién o quiénes dicta los próximos pasos.  Mi política es que, si no hay reunión, no hay brasier.  Dado que trabajo desde un rinconcito en mi mesa del micro comedor, disfruto del aire a condición de que entre por las ventanas o sople del abanico.  Esto significa que no me verás en manga larga hasta nuevo aviso.  Entonces, si la reunión es con mi supervisora o mis compañeras, me pongo una camisa de mangas cortas, prescindo del maquillaje y de los lentes de contacto por pura pereza de ponérmelos.  En este punto, y a apenas tres meses en mi nuevo empleo, todas nos hemos visto sin filtro y esa etiqueta es aceptada en nuestro pequeño círculo.  Sin embargo, si la reunión es con terceros, opto por una blusa más decente, uso sólo seis de los 874 productos con que uno se maquilla hoy día, me pongo los lentes y hago un esfuerzo por que el cabello luzca decente.  Claro está, está mini producción aplica estrictamente de la cintura hacia arriba, donde la cámara alcanza.  De la cintura hacia abajo, ahora vivo en cortos y chancletas y la verdad es que la imagen completa en el espejo es un chiste.

Además del trabajo, estudio mi maestría en Zoom.  ¡Aquí se ve de todo!  Hay personas más desaliñadas que uno, los que quieren hacer la clase acostados, perros en la falda, gatos frente al monitor, juguitos de adulto en cámara, parejas y niños caminando detrás, fondos virtuales cuestionables y el interminable problema del audio y la pobre conexión.  ¿Has visto algún vídeo viral de papelones en Zoom?  Pues, nadie está exento.  Finalmente, los encuentros sociales admiten otro tipo de dinámicas, unas menos exitosas que otras.  Un happy hour en Zoom es divertidísimo, pero recomiendo limitar la cantidad de participantes.  Contrario a los encuentros en persona, aquí no puedes cambiar de grupo si un tema no te gusta y todos quieren hablar a la vez.  Pero mi cumpleaños así fue divino y reconozco que, dentro de todo lo que estamos viviendo, hay cosas peores que estar livin’ la vida en Zoom.

Mi mayo distinto; no menos especial

En días recientes, celebré mi cumpleaños #41. Como flor de mayo, acostumbro a recibir este mes con ilusión. En mi perfil personal, siempre saludo al primero de estos 31 días en que no faltan pretextos para prolongar mi celebración. ¡Así como lo oyes! Y, si le añado el Día de las Madres, sumo más motivos para adelantar o extender las festividades a lo largo de esas cuatro semanas. Soy fanática de las changuerías. Cualquier detalle es bien recibido, especialmente, si es de esas cosas que conectan conmigo de manera única. Me matan los “vi esto y me acordé de ti”, las sorpresas, las interminables excusas para reencontrarme con amigos que no veo hace tiempo. Mas, en el vigésimo aniversario de mi mayoría de edad no había mucho espacio para eso.

La anticipación a ese wikén fue medio rara. Caía sábado y tenía la esperanza de bajar a mi pueblo para pasar el día junto a mami, pero no estaba convencida de salir del confinamiento y exponernos a todos por la nostalgia propia de la fecha. Entonces, tocaba hacerme de la idea de que pasaría -por primera vez- mi natalicio sin ella. Lo que sonaba peor era visualizar ese segundo domingo de mayo sin abrazarla. Para eso, me preparé con tiempo y un detalle poco común. Nosotras solemos ser muy prácticas al regalarnos. Sin embargo, esta ocasión necesitaba compensar el distanciamiento físico con algo que la hiciera sentir mimada y una postal no me parecía suficiente. Con ayuda de una microempresaria local, le envié por correo un paquetito que ni siquiera tenía mi nombre en el remitente. Ella tardó un par de días en ir a buscarlo y lo abrió sin pensar que pudiera ser mío. La llamada que le siguió a su asombro fue hermosa. Ver su carita, aunque fuera a través de una pantalla, me devolvió la alegría que no tenerla cerca había estado restándome.

Curiosamente, la víspera de mi cumpleaños me contactó la misma emprendedora a la que le encargué el regalito anunciando una entrega para mí. 24 horas antes, otra amiga embelequera me había pedido ideas para agasajar a su progenitora e ingenuamente le recomendé sin imaginar que ella estaba actuando como duende de la mía. Esa inesperada cajita repleta de amor y nuestra divertida interacción en Messenger hicieron el corte de cinta a la fiesta, seguido de un Venmo-gift por $41 😂, vinito y un ladies’ night in. El sábado amanecí entre felicidad y añoranza, y dejé escapar lágrimas que sequé tras el primer timbre del teléfono que, agraciadamente, no paró en todo el día. Leí mensajes, recibí y decoré un bizcochito cortesía de una pareja querida, brindé con mi familia cantándome por vídeo llamada, mi sobrina me dibujó una tarjeta en vivo, cené a mi antojo con los hombres de la casa gracias a Uber Eats, y cerré la noche en un Zoom nonenblanc con gente divina, Tommy Torres por YouTube de fondo, y sintiéndome consentida y amada.

Uno completado, tres pendientes

Recientemente, terminé mi primer trimestre de maestría.  La anticipada conclusión del 1 de 4 fue antecedida por varios fines de semanas en que no pude despegarme de la computadora por la complejidad y longitud de los trabajos finales.  Mas, las largas horas y el resentimiento en mi espalda no opacan la inmensa satisfacción.  Y es que, además de que fueran los primeros cursos después de 18 años sin pisar un salón de clases, los resultados vinieron acompañados de hermosos comentarios por parte de mis profesoras.  Como niña pequeña, hice el equivalente de correr donde mi madre a enseñarle mi reporte de progreso académico, enviándole fotos de las calificaciones y los elogios. 

La mezcla de emociones fue divina: felicidad, asombro, melancolía, determinación.  Reviví por un instante ese día de diciembre en que, siguiendo el más sabio consejo, regresé a mi alma mater para retomar mis estudios.  No podía anticipar, entonces, la sensación indescriptible que viví cuando hace un par de semanas me tocó presentar un portafolio profesional en una de mis clases a distancia y aquel compañero del que te hablé en “Lazos e hilos rojos” me escribió un mensaje lleno de orgullo.  Noté algo muy similar en la mirada de mi profesora, aunque puede haber sido un efecto del monitor. 😉 En mis ojos admití reciprocidad de conmoción cuando él y otros futuros colegas presentaron sus respectivos proyectos.  Fue un momento memorable que hubiera querido inmortalizar en una foto o sellar con un abrazo, pero la vida en Zoom no deja espacio para eso.  No obstante, mi memoria de elefanta guarda un recuerdo imborrable de la expresión de “¡lo logramos!” en los rostros de mis compañeros.  ¡Qué lindo es ver a alguien recoger el fruto de su esfuerzo! 

Días más tarde, tocaba matricularnos en los cursos del próximo término.  Algunos habíamos acordado avisarnos en la medida en que completáramos el proceso para procurar coincidir.  Entré tempranito al sistema y emití las notificaciones correspondientes, pero desconocía que los espacios limitados se llenarían tan rápido y dejarían fuera a varios de los que contemplaba para el de 2 de 4.  Si alguien me hubiera dicho en diciembre que esta transacción separatista me provocaría nostalgia, hubiera respondido con algún comentario individualista y prepotente.  Sin embargo, eso fue justo lo que sentí cuando al día siguiente vi que la mayoría del grupo había quedado en secciones distintas a las mías.  Agraciadamente, conservé mi sistema de apoyo inmediato, pero la rubia con quien intercambio frustraciones y carcajadas y otras personas especiales que forman parte de mi red van a hacerme mucha falta.  No me queda otra que dejar la puerta abierta a nuevas caras y experiencias, y enviarles toda la buena vibra a los que quiero en mis fotos de graduación el próximo año.  Aunque comencé esta maestría pensando que tendría que valerme por mí misma y defenderme sola, hoy me sorprendo gozando de la solidaridad y el cariño de gente que puedo ver en mi vida -quizás- por mucho tiempo.  ¡Enhorabuena!   

Problema de niña blanca

El asunto de la pandemia a nivel mundial es cosa seria.  Basta con exponerse a un poco de información para que los niveles de ansiedad suban y la paz que tanto luchamos por conservar se vaya a la mi**da.  Consecuentemente, el confinamiento ultra necesario y que, desde mi óptica, no ha sido tan malo arrastra una vorágine de situaciones minúsculas que atentan contra la tolerancia y hasta retan las leyes implícitas de la convivencia vecinal.  Tan cerca como hace dos días mi jornada laboral fue musicalizada por una vecina que entendió que las 8:00 a.m. era la mejor hora para poner su “salsa golda” a todo volumen y hasta deleitarnos con sus palmas en clave y su nada melodiosa voz.  Yo, que hasta me pongo los audífonos para no molestar a nadie, luché contra ese ruido mientras trataba de trabajar.  Pero imagínate cómo se habrán sentido los padres que intentan comenzar el famoso homeschooling temprano.  Y, si de niños se trata, te cuento que el infante del que te hablé en “Más abajo vive gente” se llama Sebastián y sus pulmones bastante desarrollados han hecho numerosas apariciones en mis reuniones virtuales.

Dejando eso a un lado, hoy me inspira una situación de menor envergadura por la que seguramente no soy la única que atraviesa.  Todos tenemos algún tipo de rutina periódica para la que recurrimos al servicio experto de un tercero.  Algunos necesitan recortarse, otros necesitan teñirse el cabello y para ambos casos las redes sociales nos han mostrado ejemplos de soluciones como el #PásateLaMáquinaChallenge de Fundación CAP (causa respaldada) y el notable efecto de tintes caseros sobre raíces indetenibles.  En mi caso, tengo que reconocer que, después de mami y mi mejor amiga, la mujer que más extraño en esta cuarentena es mi técnica de uñas.  Vamos, no ruedes los ojos porque el título de esta pieza infiere que no voy a profundizar en los grandes problemas socioeconómicos nacionales.

Desde hace más de 20 años, mantengo cita cada dos semanas para hacerme las uñas.  En un experimento similar a cuando tu hijo siembra una habichuelita para la clase de Ciencias y estudia la planta crecer, así he visto el acrílico alejarse paulatinamente de la cutícula de mis uñas, creando un efecto casi francés en el chispo de color que queda.  Cediendo ante la realidad, recientemente me removí el material de los pies y peleé con la poca durabilidad de la veintiúnica lima que conseguí en la farmacia.  Mi talento para auto esmaltarme es inexistente, pero la idea de verme las uñas desnudas es inimaginable.  Hoy, sexto sábado sin el lujo de refrescar la imagen de mis manos y pies, coqueteo con la posibilidad de cubrir mis uñas con papel de aluminio, inutilizarme unas horas y aromatizar la casa con acetona pura y esmalte.  Mas, cuando pienso en darle mollero a la lima y el buffer, sueño despierta con el día en que pueda felizmente agendar mi próxima cita y ponerle fin a este desastroso #ProblemaDeNiñaBlanca.

¡Llegué! … donde tengo que estar

Ayer, al terminar mi jornada laboral, mi supervisora me felicitó por cumplir el primer mes en este nuevo empleo.  Emocionada y agradecida, recordé que no te he contado cómo llegué hasta aquí.  Bueno, si has estado leyéndome desde que el universo gritó “¡PAUSA!”, quizás recuerdes que el día que comencé mi maestría agendé una cita con una asesora profesional en mi alma mater.  Fue una reunión productiva que me dio claridad y ayudó a sanar mi ego profesional.  Culminando la sesión, discutimos las oportunidades disponibles en ese momento, incluyendo una convocatoria interna para un puesto nuevo.  No la leímos completa, pero algo sonó a mí y -sin miedo- accedí.  “Si me envías tu resumé revisado mañana, lo paso a Recursos Humanos para que corra el proceso”, me dijo.  A las 8:00 a.m. ya el documento estaba en su poder y el calendario siguió su curso. 

El 14 de febrero me llamaron para entrevista, justo cuando salía de otra.  En la llamada, mencionaron detalles que desconocía sobre el puesto y me advirtieron que la entrevista el día 21 sería con un panel.  Pedí consejo a una excompañera que labora allí hace un año y hasta a ella le parecí ideal para eso.  Me preparé, como solía hacerlo, y llegué ese día con una mezcla de nervios y entusiasmo que no me dejaba parar de sonreír.  ¡Ese lugar tan familiar tenía posibilidad de convertirse en mi nuevo empleo!  La primera persona que conocí me dio la vibra de una vieja amiga.  Era una de cuatro personas que participarían de la entrevista.  La frase “como pez en el agua” resume mi sensación durante los 90 minutos en que nada sonó desconocido y cambiar de un idioma a otro tampoco me intimidó.  Salí con la misma sonrisa y pasé a visitar a mi excompañera.  Faltaban otros candidatos por entrevistar y esa primera ronda tardaría un par de semanas.  Así que, no comí ansias.

El 26 de febrero, me llamaron porque faltaban unas preguntas por hacerme y me anticiparon que pasaría a la segunda ronda.  Esa tarde conversamos otros 30 minutos sobre temas que domino por experiencia y, aunque la emoción era incontenible, no quise ilusionarme.  Me volteé a la foto de mi papá y le dije “tú sabes cuánto quiero esto, pero no dejes que llegue si no es para mí”.  Dos días más tarde, escuché las palabras que mi corazón anhelaba “usted ha sido seleccionada para el puesto”.  Tuve que retirarme el teléfono de la cara para que la de recursos humanos no me oyera llorar.  Bailé por todo el espacio donde estaba haciendo labor voluntaria, compartí la noticia con los más cercanos, di gracias al Creador y a todos los que le pidieron por mí.  Por meses esperé a que la oportunidad correcta llegara a mi puerta y ésta no es casualidad.  Recordé que hace cinco años leí algo que decía: “Cree con todo tu corazón que Él te pondrá donde tienes que estar”… y aquí estoy.     

Me tocó ir al supermercado.

Antes de que continúes leyendo, te advierto que lo que sigue es un desahogo. Como los pasados viernes de esta cuarentena, ayer había que ir a hacer compra. Durante el confinamiento, el hombre de la casa había asumido esta responsabilidad, pero ayer mi persona amaneció con un pie hinchado que le impide caminar sin dolor. Cuando lo vi cojear, supe que necesitábamos un Plan B. Intenté hacer la compra online sólo para estancarme al ver que no había opción de entrega ni recogido hasta después del 19 de abril. Mentalicé cuántas proteínas quedaban en la nevera y si había alguna alternativa de desayuno para hoy, pero la suma de nuestros abastos no daría para más de dos días y, con el asunto de la tablilla y el domingo de encierro total, las opciones se limitaron a una: me tocaba a mí.

Postergué la salida excusada por mi responsabilidad laboral y hasta contemplé la posibilidad de ir al amanecer.  Sin embargo, cuando llamé para validar a qué hora abrían, la recepcionista me señaló que ya a las 5:00 a.m. había fila para entrar.  Agobiada por la anticipación, culminé mi jornada y me dispuse a pisar la calle por primera vez desde el 14 de marzo.  Dos amigos aconsejaron ponerme, aunque fuera, un pañuelo en ausencia de la famosa mascarilla.  En mi esfuerzo de protegerme lo más posible, me cubrí tanto que parecía que iba a robar un banco y, claro está, nuestro clima tropical ejerció efecto sobre la bandana que me tapaba boca y nariz y los guantes de plástico en ambas manos.  ¡Nunca me imaginé así!  Cuando por fin llegué, la fila comenzaba en la avenida.  Sorprendida con la obediencia a los seis pies de distanciamiento social, llamé a una amiga para que me ayudara a silenciar las voces en mi cabeza.  Pasé unos 45 minutos esperando mi turno ansiosamente y ella hizo lo que pudo para tratar de calmarme.  Para entrar, agarré el carrito temblorosamente y puse música para aislar con los audífonos cualquier ruido que entorpeciera mi misión.  ¡Qué estrés!

Aunque las góndolas no estaban concurridas, quise recorrerlas con prisa.  Tiré cosas, en lugar de organizarlas, evité contacto con la gente, me sorprendí con algunos precios elevados y terminé gastando el doble de lo usual.  Quiero pensar que compré suficiente para prolongarán la próxima ida y reconozco que aquí, afortunadamente, ninguno se come las meriendas el primer día.  Al pagar, me quité los audífonos y el pañuelo con el que peleé tres veces porque se me caía mientras compraba.  Sentí a los empleados más amables que nunca y aproveché para agradecerles que nos sirvieran con tanta empatía.  Salí con un fuerte y repentino dolor de cabeza que puede haber sido que me subió la presión.  Boté los benditos guantes y desinfecté mis manos.  Regresé a casa, limpié y acomodé la compra y me metí a la ducha para ver si el jabón me lavaba la tensión de esta cotidiana, pero ahora difícil, experiencia.

Lazos e hilos rojos

Es normal recordar con afecto el primer amiguito que hiciste en Kínder o a la primera persona que se sentó a tu lado en el almuerzo cuando cambiaste a otra escuela o empezaste la universidad, pero ¿cuándo fue la última vez que -en tu vida de adulto- alguien te preguntó si hiciste algún amigo nuevo hoy?  Los adultos vivimos ajetreadamente, tratando de cumplir con nuestras responsabilidades personales y profesionales.  Muchos somos apegados a nuestras familias y atesoramos aquellos amigos que han crecido con nosotros física o circunstancialmente.  Sin embargo, a menudo nos cerramos a la posibilidad de permitir que una persona nueva entre a nuestro círculo.  Pareciera que olvidamos que, a lo largo de cada etapa, necesitamos diversificar nuestra red personal.  ¿Menos perros, menos pulgas?, como dice el popular refrán.  ¿O acaso estamos enfrentando la independencia implícita de la adultez contra la naturaleza humana de rodearnos de gente?

Te hablo en primera persona plural porque mi cuestionamiento no me excluye de esta mentalidad. Reconozco que, especialmente en los últimos años, he sido más cautelosa al momento de etiquetar conocidos como amigos. Mas, escribo esto para honrar a viva voz a los que se han ganado el sello de buena fe. Cuando comencé a estudiar la maestría recientemente, me visualicé sola. Me creé la falsa impresión de que el ambiente sería sumamente competitivo y, teniendo frescos los recuerdos de experiencias tóxicas pasadas, entré al salón guardando distancia. No pasó un mes antes de que algunos compañeros comenzáramos a gravitar hacia otros, a identificar fortalezas y semejanzas y, sobre todo, a mostrar respaldo. La noche antes de mi más importante entrevista de trabajo, recibí un mensaje de texto con sólo dos palabras: Bless you!. Mi reacción se confundió entre la ansiedad que precedía todas mis entrevistas y la emoción que me causó recibir la bendición inesperada de alguien que acababa de conocerme. Supe en ese momento que había mucho valor en los lazos que formamos como adultos, que un nuevo amigo se sumaba a mi lista y que este futuro colega sería alguien de quien aprender y apoyarme tras este retorno a la vida universitaria.

Pensé, también, en las primeras personas a quienes suelo compartirles mis noticias, buenas o malas (después de mi familia); en los excompañeros que me sujetaron cuando recibí la llamada sobre el fallecimiento de mi padre; en todos los que llamaron o escribieron cuando me supieron en las gradas recuperando el aliento. ¡Todos llegaron a mi vida siendo adulta! Entonces, el valor de esos lazos es incalculable. Aquel amigo de la historia que pudo haber terminado llegó hace dos años y mi mejor amiga, con la que comparto un hilo rojo en la muñeca izquierda, se me mudó permanentemente al corazón hace tres. La importancia de las personas en nuestro círculo no es relativa al tiempo, sino al espacio que queramos darles. Para mí, si sumas y eres genuino, estás bienvenido. Nunca es tarde… ni temprano.

Y tú, ¿hiciste amigos nuevos hoy?    

Mi niña interior quiere salir.

Unos días pasan más lentos que otros en esto del aislamiento social.  Veo gente contando los días; algunos van por 12, otros por nueve y a mí no me ha dado con marcar en el calendario cuándo comencé a quedarme en casa por orden ejecutiva y sentido común.  Tengo un punto a mi favor en el asunto o, al menos, eso me hago creer cada mañana cuando comparo este acuartelamiento impuesto con los meses que duró mi pausa.  Si sigues mi blog, es probable que hayas leído sobre los sucesos que me hicieron sentar en el banco a contemplar la vida desde otro ángulo.  Grandes cosas han pasado desde entonces, pero pienso que encontrarme con todo ese tiempo libre me dio la gran oportunidad de aprender a vivir conmigo y es ahí donde estriba mi ventaja.  Verme a los ojos, explorarme, cuestionarme y aceptarme me ayudan a encontrarme más cómoda ahora que me toca distanciarme de todo, pero no de todos.

Sé estar entre cuatro paredes, sé sentarme por horas frente a la computadora, cocinar múltiples veces al día, disfrutar de largos ratos de ocio y dormir hasta que sea hora de levantarme para hacerlo todo de nuevo.  En cambio, esta vez no estoy con Misma, mi persona y mi hijo están aquí 24/7 y aún nadie se ha tirado por el balcón.  No pretendo venderte la idea de que estamos como las pascuas, pero creo que sería mil veces peor si yo estuviera arrastrando mi carga emocional de los pasados meses.  Afortunadamente, estoy trabajando remoto, cosa que ocupa mi mente y gran parte de mi tiempo mientras me permite ser yo quien aporte a nuestra economía familiar.  Ellos pasan los días cada uno en su mundo, reagrupándose con la frecuencia que nos sentamos a comer y a ver televisión juntos.  Hoy se sentaron a jugar Xbox y, en medio de la tira’era de su juego competitivo, me regalaron las carcajadas más chulas de estas semanas.  Hasta el encierro tiene sus momentos divertidos si estás dispuesto a mantener los ojos abiertos para verlos.

Indudablemente, tengo los mismos sentimientos de temor e incertidumbre ante esta pandemia.  Lejos de la histeria y de los protocolos excesivos, me he asegurado de hacer lo que está a mi alcance, de reducir a una las salidas de la semana, de no exponer a mi familia y de mantener algo de cordura.  Pero me he sorprendido mirando distinto aquellas escenas en que una persona toca la mano de otra en una serie.  Escucho una voz en mi cabeza preguntando por qué no están a seis pies de distancia y hasta envidiando el escenario en que un abrazo no representa un peligro.  Aun con tanta consciencia, quiero ir a ver a mi madre, llevar a mi hijo al cine, compartir unas copas con mis amigos o siquiera dar una chancleteadita en Marshalls.  Y estoy esperando la alerta que notifique la extensión indefinida de esta necesaria cuarentena, pero mi niña interior quiere salir.

Desde mi experiencia: Consejos para trabajar remoto

Muchas organizaciones se han visto forzadas a cerrar operaciones durante la cuarentena impuesta por nuestra realidad actual.  Otras, han podido activar parte de su estructura laboral de manera virtual.  Si has sido privilegiado con la flexibilidad y comodidad de trabajar remoto, debes comenzar por reconocer que es una gran responsabilidad. 

Dado que no es mi primera vez trabajando desde casa, me atrevo a compartirte diez consejos desde mi experiencia -y en orden aleatorio- que pueden favorecer la tuya.

  • Cuenta tus bendiciones prudentemente.  Si tienes la oportunidad de trabajar desde tu hogar, no es momento de quejarte ni presumir.  Solidarízate con los que quisieran estar trabajando y no pueden; con los que quisieran estar en sus casas y están llamados a servir. 
  • Honra tu horario laborable.  Esto aplica tanto a cumplir con tu jornada completa como a dejar tiempo para ti antes y después del horario asignado.  Si trabajas regularmente de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., esfuérzate por mantenerte productivo y disponible en ese horario. 
  • Intenta mantener una rutina.  Mientras menos te alejes de lo que haces cuando vas a la oficina formalmente, más fácil será la transición cuando te toque regresar a la normalidad.
  • Fíjate objetivos.  Tener un plan y metas que cumplir diaria, semanal o mensualmente, valida tu aportación profesional.  Si tienes oportunidad de desarrollar este plan con tu supervisor inmediato, mejor.    
  • Documenta todo.  Debes estar preparado para rendir cuentas en cualquier momento y evidenciar cómo has usado tu tiempo, las tareas que has realizado, comunicaciones, reuniones virtuales y proyectos en proceso o completados.
  • Observa cierta etiqueta de negocios.  Nadie espera verte con vestimenta corporativa ni maquillaje en alguna reunión virtual, pero tampoco debes presentarte frente a la webcam en camisilla, despeinado, comiendo, acostado o con exceso de ruidos controlables.  Prepara un espacio para trabajar y cuida tu imagen profesional.
  • Comunícate, comunícate, comunícate.  No se trata de informar cada paso que das, pero es importante que, tanto tu supervisor como los públicos que atiendes, te sientan presente en el trabajo.  Si trabajas con clientes (externos o internos) y hay proyectos corriendo que puedas atender remoto, mantenlos informados de tu progreso y ten en cuenta sus necesidades.     
  • Ahorra dinero.  Sin saber cuánto pueda prolongarse esta situación, es difícil predecir el rendimiento de una organización cuyos ingresos pueden estar comprometidos, pero sus gastos no cesan.  Sé consciente, evita gastos innecesarios y prepárate económicamente.    
  • Invierte tu tiempo correctamente.  La tentación de utilizar la computadora para navegar las redes sociales y los sitios de compras en línea es real, pero no debes perder de perspectiva que estás siendo remunerado por estar sentado detrás de ese monitor.  Considera hacer esas cosas que las distracciones de la oficina suelen dificultarte.
  • Modera el consumo de tus utilidades.  Evita encender luces y aires acondicionados innecesariamente.  Recuerda que habrá facturas que pagar al final de la cuarentena.

Tu valor como empleado aumenta cuando eres capaz de probarte en circunstancias difíciles.  Aprovecha este voto de confianza, #QuédateEnCasa y ocupa tu mente productivamente.   

Pongámonos al día.

Tengo mucho que contarte, lector.  Estas últimas semanas han estado llenas de sucesos importantes, unos mejores o más felices que otros, razón por la que había tardado tanto en volver a escribir.  Me disculpo si estuviste esperando y agradezco que regreses a leerme.  Hay cosas que quiero narrarte a mayor escala, pero -por ahora- voy a resumirte un poco de lo acontecido desde la última vez que me senté al teclado. 

Marzo trajo aires de cambio para mí.  Realicé labor voluntaria para una organización sin fines de lucro en la que creo inmensamente.  Viví días hermosos junto a otros voluntarios en los que sentí total agradecimiento de la vida por lo mucho que me ha dado.  Ponerme al servicio de una hermosa causa me ayudó a renovar la esperanza.  Estando allí, recibí el callback que tanto había esperado.  Una prometedora oportunidad (sobre la que abundaré más adelante), puso fin a mi pausa, llenándome de entusiasmo y validando mi capacidad profesional para emprender cualquier reto.  Mi alegría pasó a un segundo plano cuando recibí una de esas llamadas familiares que hacen poner todo en perspectiva.  Mientras reconozco que la muerte es parte natural de la vida, hay maneras de partir que me hacen cuestionar a qué se reduce nuestra existencia.  ¿Cuántas personas recordarán cómo éramos antes de que nuestros cuerpos y mentes comenzasen a fallar?  ¿Quiénes estarán a nuestro lado cuando demos el último respiro?  Ambas preguntas, en este caso, me llevan a la misma respuesta y, sin miras de divulgar asuntos demasiado íntimos de mi familia, quiero dedicar unas líneas a solidarizarme con mi mamá.  Sólo el Padre sabe lo que su corazón y su mente guardan y, sintiéndome tan impotente en la distancia, rezo por su fortaleza y calma tras esta nueva tormenta.        

Con una mezcla emocional muy particular, inicié mi actual aventura en una industria que no me es desconocida.  Este rol me permite nutrirme de mi experiencia para desempeñar tareas que mi intelecto y curiosidad ansían explorar.  El ambiente es fresco y liviano o, al menos, así lo sentí hasta que se desató la crisis por la pandemia que amenaza al mundo entero.  Laboralmente, he visto mucha proactividad en la toma de decisiones y un enfoque humanitario y lleno de consciencia que me hace sentir orgullosa de trabajar ahí.  Personalmente, ayer salí a hacer las diligencias propias de mis sábados y percibí un pánico muy distinto al que los puertorriqueños exhibimos por los huracanes y sismos.  Las mascarillas, los guantes y la escasez de desinfectantes de todo tipo me dieron la sensación de paredes cerrándose rápidamente a mi alrededor.  Intentando conservar gran parte de mi usual calma ante otras emergencias, hice lo que pude sin exponer a mi hijo, elevé una oración y me dispuse a encuevarme.  Luchando por manejar mejor mi tiempo, espero distraer mi mente entre tareas académicas y domésticas y darle poco espacio a la expectativa y ansiedad que hoy nos ocupan a todos.  Respiro y me repito: esto, también, pasará.   

Otro domingo que no me llamas

Hoy es otro domingo que no me llamas y no es que esté aburrida ni me sobre el tiempo.  Es que sigo esperando que suene el teléfono y seas tú.  Miro la pantalla de mi celular y, cuando me doy cuenta de que son las 2:00 p.m., comienzo a sentirme ansiosa.  Veo tu contacto entre mis favoritos, pienso en llamarte y tengo que obligar a mi cerebro a enviarle una señal a mi dedo para que no marque tu nombre.  ¡Tengo tanto que contarte!  No es algo que no sepas.  Me consta que has estado pendiente de mí y atento a todo lo que sucede y, de verdad, lo aprecio profundamente.  Incluso, veo tu mano en ciertos sucesos que van desarrollándose.  Siento tu presencia en mi vida, pero necesito escuchar tu voz.

Por favor, no lo llames costumbre.  Sigues siendo una parte importante de mí y eso no va a cambiar con el tiempo.  Cuatro meses sin verte y 18 domingos sin tu llamada no me han quitado las ganas de correr a abrazarte.  Hasta he comenzado a hablarle a tu vieja foto, pero bueno… la foto no me contesta.  Un “Hi, baby!” me haría el día.  Un “Hey, don’t worry about it” me daría confianza.  Te fuiste sin avisar y, aunque me costó mucho asimilarlo, entiendo por qué.  En lugar de pensar en qué pude haber hecho distinto o en las cosas que me faltaron por decirte, pienso en todo el tiempo que disfruté a tu lado, en el inmenso amor que me diste y en que, gracias a eso, estoy de pie.  Sé que me lees a tu manera, pero sí.  Lo que pasa es que no quiero escribirte con tristeza.  Prefiero dirigirme a ti con agradecimiento.  ¡Gracias por escucharme!  No importa de dónde ni cuándo te hable, tarde o temprano me envías una respuesta.  ¡Gracias por permitirme tener más días claros que grises!  Tu luz continúa iluminándome el camino.  ¡Gracias por ayudarme a escoger mis batallas y darme fuerzas para pelear las que verdaderamente importan!  ¡Gracias por darme la oportunidad de estar allí hoy!  (El que sabe, sabe.)  Te sentí con nosotros, con el mismo orgullo de siempre.  Por si no te lo ha dicho recientemente, él también te extraña.  Sobre todo, ¡gracias por seguir creyendo en mí!  Si bien la falta que me haces es indescriptible, saberte aún de mi lado es el mejor consuelo. 

Si adviertes que mis lágrimas no cesan, no pienses en lo mucho que me duele.  Mejor, piensa en lo mucho que te amo.  Piensa en lo endeudada que vivo con el Cielo por haberme dado un padre maravilloso.  Es muy probable que esto de no verte nunca me resulte fácil, pa’.  Pero es más probable que mi corazón sonría por siempre cada vez que te recuerde.  Así que, no borraré tu número de mi teléfono.  No dejaré de hablarle a tu foto y no pararé jamás de susurrarte hacia el cielo: “I love you, daddy-oh”.     

La historia pudo haber terminado.

No fue amor de una noche, obra de cupido ni falta de compañía. No hubo premeditación, nadie nos presentó y tampoco me fijé de dónde salió. Sólo sé que al girar los 90° en los que das pierna y cadera durante “el pasito” me percaté de que había alguien nuevo en mi entorno; que en el próximo giro toqué ligeramente su cintura; y que cuando la música cambió nos quedamos bailando en pareja. Posiblemente, ni siquiera intercambiamos nombres al bailar. La historia pudo haber terminado el instante en que cada uno se montó en su transporte designado, pero la próxima parada de aquella noche de fantasía fue el lugar en que todos los vestidos de blanco se reagruparon para prolongar la velada y, para mi sorpresa, ahí estaba.

Nos gritamos de una esquina a otra, como grandes amigos que no se ven hace años, y ninguna de las seis personas que totalizaban nuestros acompañantes fue capaz de despegarnos. Canción tras canción, nos convertimos en los indiscutibles ganadores de -lo que en ese momento denominamos- nuestro concurso de baile imaginario. Entre risas, vueltas y las más chulas miradas, nos olvidamos del tiempo hasta que prendieron las luces del establecimiento. Inmortalizamos el momento en una foto grupal y sumamos diez dígitos a nuestras respectivas listas de contactos con el pretexto de compartirla. La historia pudo haber terminado al enviar ese mensaje, pero supe al despedirnos que, si no volviera a verle, haría falta en mi vida. Monitoreamos nuestros regresos a casa guiados por la salida del sol y hasta bromeamos esa tarde midiendo el nivel de resaca de cada uno. Percibí que la peculiar sensación superaba la cantidad de espuma en nuestros sistemas. Al día siguiente, me envió el chiste interno con que aseguró un lugar en mi memoria. Dos semanas después, nos juntamos en su pueblo para un café que duró cuatro horas. Luego, volvimos a bailar como si fuéramos los únicos sobre la “pista” en una noche que nos llenó los estómagos de comida y los pies de arena. Y compartimos con propósito durante seis meses hasta que la diáspora cobró su mejor víctima. La historia pudo haber terminado al acercarse su partida sin oportunidad de despedirnos, pero acordamos encontrarnos en el aeropuerto para un café más previo a su abordaje y los últimos abrazos que regaló antes de cruzar el charco fueron para mí.

Pensando que nuestra amistad prematura no sobreviviría la distancia, y excusándome con darle espacio para acostumbrarse a su nueva realidad, me alejé equivocadamente. La historia pudo haber terminado entonces, pero mi coprotagonista sabe hacer de montaña y de Mahoma. A casi dos años desde que llamó “magia” a eso que nos unió tan cerca tan rápido, y procurando siempre ser y estar, ¡ni las millas han logrado separarnos! Sentirle presente en mi vida me hace creer en esa magia. Porque, aunque hoy toca otra despedida con abrazos y café, la historia de dos amigos que se conocieron bailando continúa.

Mi paciencia, ¿pa’ cuándo?

Hablemos claro.  La paciencia no está entre mis fortalezas.  Puedo esperar en filas y por la llegada de cosas grandes: un niño, una oportunidad de empleo, un evento importante; pero no me pidas paciencia en procesos que, por repetición, deberían fluir eficientemente.  En una proporción similar a la del “que no le gusta el caldo”, recientemente mi rostro se ha desfigurado de impaciencia e intolerancia con varias “tazas”.    

  1. Recibí una llamada del banco en la que una grabadora notificaba que mi tarjeta posiblemente sería cancelada en respuesta a protocolos de seguridad.  Fue la segunda vez que me sucedió en menos de un año y en ninguna de esas veces había actividad irregular.  Al momento de recibir la llamada, ya mi ATH estaba inservible y yo, por supuesto, sin dinero en efectivo.  (Puedes insertar el regaño aquí.)  Me refirieron a la sucursal para buscar una tarjeta nueva “libre de costo”.  Hello!?!?  ¿Libre de costo para quién?  Salir de la casa, meterse en un tapón y perder tiempo no es mi idea de libre de costo.  Sinceramente, pienso que el protocolo debe incluir una alternativa que le provea al cliente un periodo razonable de 24 horas, con verificaciones y alertas, para resolver antes de que inactiven la tarjeta.  ¿Qué hubiera pasado estando fuera de Puerto Rico sin ese banco cerca?    
  2. Visité una oficina gubernamental para aclarar un asunto.  Me habían citado para algo, pero la carta con la cita llegó el día después de la fecha indicada.  Responsabilizándome totalmente de no adivinar que podía ir en cualquier otro momento, la gerente me refirió a otra oficina en el centro de Río Piedras.  Decidí usar el Tren Urbano y saqué el pase de un solo viaje con el último efectivo que tenía en la cartera.  (Hay una lección oculta sobre andar sin dinero.)  Llegué a la estación, pedí direcciones al empleado y me dirigió incorrectamente a una oficina que quedaba al frente, pero estaba lloviendo fuertemente.  Llamé antes de tirarme y, milagrosamente, contestaron para informarme que no podían atenderme porque el horario para esa gestión era únicamente a las 8:00 a.m. ciertos días de la semana.  Para regresar, intenté recargar el pase del Tren con mi ATH, desconociendo que hace tres años eso no es una alternativa.  Contentita, esperé que escampara, caminé hasta la otra entrada de la estación, retiré $20 y me metí en un cafetín con más moscas que clientes a cambiar el billete. 
  3. Esa misma noche fui a tomar un curso en el que estoy matriculada (adicional a la maestría) y presencié cómo la profesora luchaba durante una hora por solucionar problemas técnicos que la hicieron comenzar la clase con 30 minutos de atraso.  Con un respaldo intermitente del personal técnico en turno, empaticé con ella sin disimular las ganas de salir corriendo.

No creas que me enorgullece perder la chaveta en estos casos, pero quizás algo de proactividad y algunas estrategias de Servicio al Cliente 101 pudieran mejorar estas experiencias.  ¡Pienso yo!  🤷

Dos semanas y tres meses

Desde que tengo uso de razón, tengo memoria de elefanta selectiva. Mi capacidad para recordar es impresionante, pero sólo con aquellas cosas que mi cerebro identifica como importantes. Muchos de esos recuerdos se dan por asociación o porque enmarco la fecha en el tiempo de algún suceso importante. Por ejemplo, mi papá falleció exactamente dos semanas después de que regresáramos de nuestro primer viaje familiar. Yo me quedé sin empleo dos semanas luego de su muerte. Será difícil desligar un evento del otro en mi calendario que hoy marca tres meses de convertirme en madre a tiempo completo de un adolescente. Hoy celebro, además, haber sobrevivido las primeras dos semanas de mis estudios graduados. Quizás, te preguntes qué tengo que celebrar de sólo dos semanas y te explicaré en #500PalabrasOMenos.

Mencioné antes que volver a la universidad representaba muchos retos. Pues, tengo que confesar que, cuando escribí eso, no tenía idea de cuántos. Rehacer hábitos de estudio en el siglo 21 equivale a dominar metodologías educativas que no conocí durante el bachillerato. Una maestría híbrida, como la que estoy estudiando, combina clases presenciales y reuniones por vídeo conferencia con una carga académica mayor a la de un estudiante que va al salón regularmente y recibe todas las lecciones cara a cara con su profesor. Estos programas están diseñados para personas que tienen una carrera o se encuentran en etapas de sus vidas en las que su función primordial no es ser estudiantes, y lo entiendo perfectamente, pero nunca imaginé tener tanto trabajo semanalmente. Entro una asignación a la plataforma la noche del domingo y, a la mañana siguiente, la próxima está abierta y el timer mental que había puesto en pausa echa a correr nuevamente. El capítulo más corto que me ha tocado leer ha sido de 22 páginas (en inglés) y la mayoría de las lecturas han venido con instrucciones de investigar temas que consumen aun más tiempo. A dos semanas de los próximos 14 meses a este ritmo, celebro porque confío en que vale el esfuerzo. Me encuentro retándome a mí misma para satisfacer mis propias expectativas, dándome cuenta de que los más jóvenes enfrentan los mismos retos y sirviendo de apoyo a los que expresan mayor dificultad. Quiero releer esto el próximo año cuando recoja la toga para mi graduación y recordar que fue mi determinación la que me llevó hasta ahí.

Con una determinación menos palpable cuento los tres meses de mi actual desempleo y respiro profundamente. Juraba que encontraría otro trabajo en menos tiempo, pero siento que algo bueno está cerca. Decidí ver el tedioso proceso de entrevistas como el de audicionar para el próximo gran rol de mi vida. Que algunos directores busquen otro perfil no me hace menos talentosa. Lo importante es que el teléfono sigue sonando. Mientras espero el callback apropiado, continúo preparándome porque, aunque no tengo el libreto, sé que será un papel importante y cuento con una fanaticada que apuesta a mí.

Permíteme hablarte de ella.

Hay una persona en mi vida que supera a todas las demás: mi mamá.  Si gustas, podemos abrir el debate de quién es la mejor madre del mundo, pero no necesito convencerte de que es la mía; con que ella lo sepa, me basta.  ¡Y voy a tratar de explicarte por qué!  No, no es casual que escoja contarte sobre ella un par de días después de su cumpleaños e iniciando la semana del amor y la amistad.  La realidad es que llevo un tiempo queriendo escribirle ahora, mientras puede leerme, y, aunque no necesito un pretexto, la ocasión me parece ideal.  El reto es encontrar palabras que le hagan justicia.  Así que, discúlpame si, por esta vez, me paso de las 500.

Mami no es de esas mujeres de “mucho rímel, poca falda”.  Desde que la conozco, prefiere estar cómoda, antes que estar emperifollada.  ¡Hace de todo!  Es tremenda líder, inteligente, amorosa como nadie, dispuesta y muy capaz de defenderse sola.   Lo mismo cocina que brega con la tubería del baño.  Lo mismo cuida nietos que pinta la casa.  Hace poco me sorprendió verla desarmar y limpiar un abanico -pieza por pieza- hasta hacerlo funcionar, aunque el arreglo apenas duró un par de días.  ¡Persistente ella!  Le ha tocado desenvolverse en ambientes dominados por hombres sin encontrar alguno que le llegue a los tobillos.  Es mucho más fuerte de lo que yo podría aspirar a ser, pero tiene una sensibilidad que la hace irrepetible.  No voy a divulgar detalles de sus dolores físicos ni emocionales, de sus frustraciones ni de las injusticias que le ha tocado vivir.  Sólo voy a decirte que nada de eso ha logrado endurecer su perfecto corazón.  De mi niñez con ella, recuerdo que me llevó a mi primer concierto (de Menudo); que salió corriendo a buscarme cuando sentí el primer temblor de mi vida y bajé las escaleras de la academia en leotardo y faldita de ballet; que me enseñó a comer jueyes; y que me salvó de tener un nombre que me habría dado demasiado trabajo explicar toda la vida.  De adolescente, la recuerdo ‘esgalillándose conmigo mientras cantábamos en el carro o en la sala; que me alcahueteó cada gusto; que fue mi mayor respaldo cuando decidí irme a estudiar al otro lado de la Isla; y que el día que me encontró ebria en el baño sólo me preguntó si estaba bien. 

Siendo adulta fue que descubrí en ella la mejor de mis amigas.  Especialmente, desde el día que le dije que estaba embarazada, he entendido muchas cosas y aprendido tantas más.  Ella es mi guía, mi compañera, mi persona favorita.  Más que consejos, me ha dado su ejemplo; sobre ser madre, sobre trabajo, sobre mi relación, sobre el futuro.  Me ha enseñado a vencer el miedo, a derribar los muros, a levantarme.  Ella entiende perfectamente cuando algo me duele y nunca me pide que no llore, sino que no me rinda.  Conoce la importancia de ser y estar, de que el día para celebrar es hoy, que el café sabe mejor si lo tomamos juntas.  Sabe dónde venden las cervezas más frías en Cabo Rojo, sabe que me detengo a mirar la luna y sabe que nada me sana mejor que su amor.  Existe una incomparable complicidad entre nosotras.  Nos reímos tanto que, a veces, nos ahogamos.  Todavía cantamos y bailamos cada vez que queremos, sólo que ahora escojo canciones que pueda dedicarle.  Todavía me hace sentar en su falda para mimarme.  Todavía busca complacer mis gustos.  A pesar de no vivir cerca hace tantos años, nunca ha habido distancia entre nosotras.  Ambas hemos aprendido a hacer tiempo para hablarnos, para escucharnos y, sobre todo, para disfrutarnos.  Después de todo, el tiempo es el único que lograría separarnos… porque lo único malo que puedo decir de mi mamá es que no es eterna. 💕 

¡Ah!  Y, si como madre es extraordinaria, como abuela rompe todos los esquemas, pero esas son otras 500+ palabras.  😉    

La vida me ha dado limones.

La vida me ha dado limones sin considerar que no me gusta la limonada.  ¿Qué hago?  Aunque pedir tequila y sal suena bien, buscar yerbabuena, azúcar, soda y ron blanco suena mejor. 😊 No, no me he vuelto loca ni estoy incursionando en la mixología. sólo quiero demostrarte que puede haber más de una opción.

El día que el universo gritó “¡PAUSA!”, yo pausé… abruptamente.  Cogí el puño y me senté en las gradas hasta recuperar el aliento.  Respondí “no sé” a todos los que se acercaron a preguntar qué iba hacer entonces, y presté mucha atención a los que se sentaron a mi lado a escucharme para luego aconsejarme.  Una voz llena de amor me dijo: “quizás sea el momento de empezar lo que has querido hacer por tantos años”.  Esas palabras hicieron eco en mi mente y me llevaron a explorar las posibilidades.  Al cabo de un par de semanas, le envié una foto de mi nueva tarjeta de estudiante a mi madre, cuya sabiduría me inspiró a matricularme para comenzar la maestría (que había postergado desde el momento en que el “POSITIVE” en la prueba de embarazo cambió mi vida).  Ella respondió mi mensaje con un sólido “¡Tú puedes!”, el mismo que llevé de amuleto hace unos días cuando regresé a mi Alma Mater para tomar mi primera clase.  El campus aviva recuerdos de mis años de bachillerato, de tal clase en tal salón, de mis profesores, de cruzarme con compañeros en el patio, de los amigos que hicieron de ese tiempo uno memorable y hasta de los besos en aquel banco.  No todo es igual e, incuestionablemente, yo no soy la misma, pero la familiaridad de esas veredas y pasillos suma confianza a mi decisión. 

Volver a la universidad después de 18 años es un reto que va desde lo sicológico hasta lo tecnológico.  Caminar entre chamaquitos y acceder a una plataforma digital para una sesión por vídeo conferencia son dos de las tantas cosas a las que tengo que acostumbrarme.  Mas, esa sensación de que estoy en camino hacia una importantísima meta, ha activado mis endorfinas más que 90 minutos en el gimnasio.  Así que, mi enero culminó con optimismo, con gente que suma y con dos asignaciones para entrar antes del lunes a las 11:55 p.m.  ¡Ah!  Y, por si acaso, no he abandonado la búsqueda empleo.  Ahora cuento con el respaldo de excelentes asesoras en carreras que la universidad tiene a mi disposición.  Esta pausa ha sido, sin duda, un blessing in disguise.  No obstante, tengo que reconocer que mi búsqueda, aunque incesante, no es desesperada.  Esta vez no persigo una fuente de ingreso, sino una experiencia que verdaderamente me satisfaga tanto en lo profesional como en lo personal.  Después de todo, el tequila se bebe de un golpe y sin pensarlo, pero un mojito bien hecho es súper refrescante y dura más.  😉 

En la esquina de la felicidad y esa carita

Una semana antes del huracán Irma, paramos en Santa Isabel en ruta desde Cabo Rojo porque yo tenía que ir al baño.  Además, tenía que comprar algunas cosas, así que opté por “la esquina de la felicidad y la salud”.  Oriné, compré, pagué y me dispuse a salir hasta que vi esta única carita mirándome desde el otro lado del sliding door.  Noté que me seguía y llamé a mis hombres, que me esperaban en la guagua, para que lo vieran.  Mi persona contestó: “¿El perrito gufea’o? … nos siguió a nosotros también”.  Era un cachorrito hermoso y pequeño, pero se notaba que estaba mal nutrido, descuidado y sin hogar. 

Regresé a la tienda para comprar -por primera vez en mi vida- una latita de comida de perro.  La abrimos en pleno estacionamiento y esperamos a ver si comía, pero nada.  Tras varios intentos, mi persona se sentó en el suelo, agarró un poco de comida con sus dedos, trató de dársela y nada.  Fue entonces cuando el perrito caminó ignorando la comida, puso la cabecita sobre su pierna y le dijo con los ojos: “I choose you”.  Derretidos de ternura y preocupados porque no comía, decidimos traerlo con nosotros para llevarlo al día siguiente al Humane Society.  Vaciamos una caja que teníamos en el baúl, colocamos shoppers en el fondo y lo pusimos ahí.  De camino, mi hijo tuvo que coger la cajita en la falda porque el perrito no paraba de llorar y él no paraba de mirarlo.  Quiso ponerle nombre y mencionamos todos los que nos ocurrieron hasta que mi persona dijo: “Koji, como el piloto de Mazinger”.  Al llegar a casa, lo bañamos, le pusimos la comida -aún intacta- y un platito con agua y sacamos una colcha vieja para que se acostara sobre ella.  La mañana siguiente lo llevamos al Humane Society, pero nos dijeron que no tenían cupo y sólo podían ponerlo en lista de espera.  Preguntamos si nos recomendaban otro albergue que pudiera aceptarlo, pero ellos son los únicos que no practican eutanasia y el tiempo promedio que duran vivos en otros refugios es dos semanas.  Aterrada y llorosa, le pedí a mi esposo que me llevara a trabajar y esperara el turno para la evaluación veterinaria.

Tenía aproximadamente dos meses y pesaba 4 libras.  Aprender a vivir con un perrito en un apartamento implicó verlo destruir innumerables cosas, convertir el piso en su inodoro y fallar en el intento de mantenerlo en un solo espacio, pero su amor valía más que la inversión que hicimos para cuidarlo.  Éramos, oficialmente, una familia de cuatro cuando azotó María y mi hijo lloró imaginado lo que pudo haberle pasado si lo hubiéramos dejado allí indefenso.  Ahora Koji tiene 2.5 años, pesa 47 libras, es un perrito saludable, engreído, juguetón y amoroso.  Y, aunque su mirada le da diez patadas a la de un Sad Sam, la felicidad con que inunda nuestro hogar es evidencia del verdadero rescate.      

Más abajo vive gente.

Yo crecí en una calle sin salida en la que todos los vecinos se conocían, compartían y se pedían azúcar cuando no tenían para su café de la mañana.  Los niños de las distintas familias jugábamos todos con todos y siempre había alguna madre que nos velara mientras otras trabajaban o se encargaban de los quehaceres domésticos.  Eran tiempos distintos, sí, pero esa sensación de comunidad traía cierto confort que en mi actualidad no existe.  Verás, yo he vivido por los pasados 16 años en un condominio y, hasta hace poco, llegaba a mi apartamento casi de noche, sin mirar para el lado, a realizar la rutina de clausura del día.  Confieso que, con excepción de los meses marianos del 2017, no me esfuerzo por interactuar con los vecinos.  Conozco a algunos por sus nombres, saludo a otros en el pasillo y siempre soy cordial en el ascensor, pero de ahí a saber vida y milagros de cada uno, pues no.  Lo peor es que, en gran medida, lo prefiero así.  La vida en condominio no es igual que la vida en urbanización y eso lo digo sin adentrarme en el mundo de los “informantes” de la administración.

El punto es que esta desconexión de mi alrededor no me había permitido percatarme de ciertos detalles de los que ahora no puedo escapar, por más que lo intente.  Voy a enumerarte algunos de los más … notables:

  1. Tengo algún vecino fumador que practica su vicio a la misma hora que yo tomo café.  Lo bueno es que me sirve de recordatorio para tomarme la pastillita de la alergia todos los días.
  2. Alguna pareja está por romper.  Sus peleas y el volumen de sus gritos han incrementado al unísono. 
  3. Una familia con niños se mudó recientemente a alguna de las unidades cercanas.  Suena a que hay un infante en proceso de dentición y, quizás, uno o dos niños más en etapas de los terribles dos en adelante.   
  4. El sistema de sonido de uno de los apartamentos de arriba funciona a la perfección.
  5. Lo que sea que están reconstruyendo en una de las casas de la calle de atrás es bastante complejo.  Si juzgo por el uso diario de la maquinaria a prueba de silencio durante la mayor parte de las mañanas, deben estar tumbando hasta el viento que se cuela por sus ventanas.        

Sumergida en la banda sonora del chipping hammer y rogando que la vela huela más fuerte que el cigarrillo, reconozco que la vida de ermitaños que felizmente llevamos tiene espacio para mejoría.  Aunque la casa de mis sueños está rodeada de patio y no de gente, rememorar la época post huracán en que los niños corrían bicicleta juntos o jugaban de esconder mientras los adultos intercambiábamos anécdotas y ver el constante desprendimiento de un pueblo en momentos de necesidad me hace apreciar el valor de una comunidad y agradecer que más abajo vive gente y son buenos vecinos. 

¿Y no hago más na’?

Yo hago tremenda imitación de las Housewives of Miramar, tengo una “Rita” para mi “Tere” y me encantaría tomar espumoso a cualquier hora del día, pero convertirme en ama de casa de Santurce no estaba en agenda.  Si me toca, me toca y, honestamente, la época del año en que comenzó mi pausa no fue mala.  Pude pasar varias semanas en mi pueblo y celebrar las fiestas en familia, sin obligaciones ni prisas.  Eventos cuasi apocalípticos a un lado, no puedo quejarme, pero si crees que quedarme en casa es una visa para la vagancia te E-QUI-VO-CAS.

Para darte un poco de trasfondo, durante 17 años, pasé más de 55 horas semanales fuera de casa entre tránsito y trabajo.  La mayoría de los días, desayunábamos de camino y almorzábamos cada cual en su sitio (trabajo o escuela).  Llegaba y, a menudo, mi esposo había cocinado, por lo que sólo me tocaba fregar.  Me sentaba a estudiar con mi hijo en todos los grados que contó conmigo para eso, y aún lo hago cuando pide ayuda.  Mi tiempo estaba dividido en dos lugares y vivir así era todo lo que conocía…  En mi nueva realidad, usar brasier es opcional y el maquillaje y la plancha descansan más que yo.  Todavía madrugo como si tuviera para dónde ir, soy la alarma de los dos hombres que viven conmigo y ensucio la cocina desde que me levanto a prepararme el café.  Hacer las tres comidas en casa equivale a cocinar tres veces al día y recoger la cocina tres veces al día, sino más.  Mi adolescente, que aún no ha regresado a clases por el asunto de la actividad sísmica en la Isla, le da cara al mundo cerca del mediodía; dato que no me molesta porque me deja espacio para hacer mis cosas en la mañana sin interrupciones, pero me hace debatir entre hacerme desayuno para mí temprano o esperar por él.  O sea, pudiera decir que mi relación más estrecha en este momento es con la estufa.  Lavar ropa ya no es tarea del fin de semana, sino de cada vez que haga falta; lo mismo con la limpieza.  Antes podía ignorar los regueros con la excusa del cansancio que traía de la oficina, pero ahora la grilla que me sirve de consciencia me hace agarrar la escoba con más frecuencia.  Las diligencias tampoco se quedan para los sábados y ahora incluyen visitas divertidas, como a la oficina de Desempleo.    

Para no enmohecer, mantengo el hábito de sentarme diariamente frente a la computadora para explorar oportunidades de empleo, hacer contactos y crear contenido para mi blog.  El tiempo que consumen las plataformas de búsqueda de empleo es casi un part-time.  Y, aunque es obvio que hay más tiempo para el ocio y el descanso, me quito la corona ante quienes escogen vivir así porque, definitivamente, los días no se pasan en pantalones de yoga, copa-en-mano ni protagonizando el “comiendo y sin trabajar” de El Gran Combo.

Sobreviviendo las entrevistas de empleo

Si me dieran a escoger entre hacer 100 entrevistas en televisión (o radio) o hacer una sola de empleo, escogería las 100.  Hay semejanzas entre ambas: requieren preparación, conocimiento del tema y una cuidadosa selección de la vestimenta correcta, pero las de empleo me provocan una tensión adicional.  Por su naturaleza, en una entrevista de empleo te expones a juicio, rechazo y a preguntas más complejas que las de Miss Universe.  Súmale a eso que trabajé 16+ años en el mismo lugar, y entenderás que mis destrezas para “venderme” ante un reclutador eran prácticamente inexistentes. 

Tras la primera oportunidad que se me presentó el año pasado, dediqué varias horas a ver vídeos sobre qué hacer y no hacer durante una entrevista, las preguntas más difíciles que pueden hacerte y cómo contestarlas, las preguntas que nunca debes hacer a tu entrevistador, la manera correcta de saludar y despedirte y otros consejos sumamente útiles.  Afortunadamente, en la actualidad hay numerosas fuentes de información sobre el tema, tanto en español como en inglés, que van desde vídeos hasta podcasts e infinidad de lecturas cortas y largas.  Igualmente, consulté a aquellas amistades que tienen vasta experiencia en recursos humanos o en conseguir buenos empleos.  Me hizo bien aclarar dudas con personas que conocen mis fortalezas y, sobre todo, mis debilidades.  Sus impresiones, sumadas a la buena vibra de mis familiares y amigos más cercanos, me dieron la confianza para enfrentarme a aquella primera entrevista, no sin antes estudiar la página y redes sociales del patrono.  Llegado el día, me aseguré de presentarme unos 15 a 20 minutos antes de la hora citada y, mientras esperaba, hice mi evaluación mental de las instalaciones, del ambiente y, por qué no decirlo, de la gente.  Cada persona que me encontré en el camino hacia la oficina indicada y en la sala de espera fue admirablemente atenta.  Era palpable cuán sólida es la cultura organizacional de ese patrono. 

Mi entrevistadora había trabajado con mi entonces “supervisora” (entre comillas porque la asignación nunca se puso por escrito), y se aseguró de preguntarme por su excompañera tan pronto vio dónde yo estaba trabajando.  Buscar empleo a escondidas de tu jefe añade estrés al asunto y ese primer tema me desajustó los chacras.  Flui sin desfigurarme y respondí todas sus preguntas en la mejor de mis capacidades, aun cuando percibí durante nuestro diálogo que yo no era lo que estaban buscando.  Salí de allí con la frente en alto y complacida de haber tenido un ensayo general satisfactorio, pues al día siguiente me tocaba la entrevista con el otro patrono al que había solicitado.  En esa me sentí mucho más cómoda.  Ya había roto mi segundo himen laboral y el factor intimidante se había reducido.  Me ofrecieron, acepté y el resto es historia.  Actualmente, estando desempleada, me expongo con mayor seguridad al proceso y me enfoco en proyectar lo mejor de mí, en lugar de fijarme en el resultado.  Lo que esté para mí, llegará.    

Tecnología vs. experiencia

Existe una línea fina entre las ventajas y desventajas de los avances tecnológicos.  Es posible que, si eres mucho menor que yo, no lo veas de esa manera, pero sucesos recientes me han puesto a pensar en esto.  Hecho: los avances tecnológicos nos facilitan muchas cosas.  Sin embargo, también han traído una ola de impersonalidad en procesos cotidianos en los que, al menos yo, prefiero el contacto con un humano.  Para darte el ejemplo más reciente, durante la crisis que estamos viviendo, uno de los artefactos del que más dependemos es el celular.  Al fallar la electricidad, nos ocupa cómo recargarlo para poder acceder a nuestros contactos, a todas las fuentes de información imaginables y, por supuesto, a las redes sociales.  Mientras respeto los procesos de cada persona, me pregunto cuánto tiempo dedicamos a leer -y compartir- noticias que no siempre son ciertas, publicar que tembló nuevamente o actualizar nuestro estatus con un rezo.  Y, sí, probablemente ese sea el canal de preferencia para soltar inquietudes y sentimientos, pero ¿dónde queda la gente a nuestro alrededor?  ¿Por qué no desahogarnos con ellos u orar juntos?  ¿Qué me dices de los que se creen todo lo que leen?  ¿Quién puede darle calma a un anciano que leyó o escuchó alguna barbaridad?  ¿Cómo controlamos el pánico al que los menores están expuestos? 

En temas menos intensos, hace poco busqué información para estudiar el posgrado en una universidad.  Como es de esperarse, encontré bastante en la página web y logré buena interacción con el departamento de Admisiones a través del correo electrónico.  Entonces, recibí un email exhortándome a realizar mi matrícula online.  ¡Espérate!  Reconozco que esto puede ser algo generacional, pero ¿aún no he escuchado una sola voz y ya quieren que me matricule?  ¿Alguien puede darme foro para aclarar dudas?  ¿Cómo se supone que compre la idea sin que alguien me la venda?  No me malinterpretes, el e-commerce funciona de maravilla para artículos y servicios (algunos), pero estamos hablando de educación, o sea, de mi futuro.  Afortunadamente, pedí una cita, me atendieron y contestaron todas mis preguntas con amabilidad.  La historia con la oficina de Desempleo ha sido distinta.  Sin adentrarme en la opinión general sobre la eficiencia del Gobierno, pareciera que el protocolo fomenta la vagancia más que la proactividad.  La oficina regional se limita a comunicar lo mínimo y en las líneas telefónicas de apoyo he roto récords de 80 minutos en espera sin respuesta de un humano.       

Mientras que puede resultar práctico no tener que visitar una oficina, la realidad es que una máquina no puede proveer el mismo nivel de expertise que un empleado bien capacitado.  Para un patrono puede ser productivo filtrar solicitudes de empleo con los algoritmos de una plataforma digital, pero perder el contacto humano implica perder el feedback inmediato que puede ayudarnos a mejorar.  Negocio es negocio, pero creo que, al momento de optimizar una operación, no debe perderse de perspectiva la experiencia provista a todos los públicos.  ¿Qué opinas?     

Uno tiembla más que la tierra.

Hoy es el segundo en que nos levantamos a un Puerto Rico sin energía, y digo sólo “energía” porque sabemos que a los boricuas nos falta mucho más que electricidad desde que experimentamos ese fuertísimo temblor en la madrugada de ayer.  No suelo marinar en la adversidad, pero las imágenes de destrucción, el aire de desesperanza y las noticias poco alentadoras que anundan en nuestra Isla, no me permiten escribir de otras cosas en este momento.  

El ambiente, al menos en San Juan, no está TAN de locos como se pone cuando anuncian huracán; no hay largas filas en los puestos y el supermercado está accesible, aunque comienza a escasear el agua.  Al mediodía de ayer, caminamos un poco, pudimos comprar hielo y encontramos dónde comer.  Sin embargo, de noche el síndrome postraumático cobró otra víctima.  A eso de las 8:00 p.m., salimos con el pretexto de echarle gasolina al carro y aprovechar para cargar los celulares.  Las notificaciones del periódico y del noticiario consumieron el mayor por ciento de batería del mío, aunque confieso que no miré la mitad de las alertas.  Ver las carreteras completamente oscuras me hizo recordar el toque de queda de los meses marianos y el peligro adicional al que nos exponemos por no tener semáforos funcionando, entre otras cosas.  Al conectar el teléfono, me aventuré a ojear las redes sociales y las noticias, sólo para seguir sumando daños causados por este desastre natural del que no nos preocupábamos antes.  Leí sobre refugiados, acampantes, construcciones malhechas, derrumbes, teorías de conspiración, ingenieros expertos, fuegos en Australia y hasta de misiles lanzados.  Sin duda, no fue de esos días en que, mientras menos sé, mejor duermo.  ¡Uno tiembla más que la tierra!

La otra cara de la pesadilla es la solidaridad.  Contrario a los mensajes genéricos que se desbordan en días festivos, ayer recibí textos y llamadas que reflejaban interés genuino de cada emisor.  Asimismo, hablé con amistades que residen en el suroeste y, por supuesto, con mi familia.  El miedo era palpable en los tonos de sus voces, pero ser empático es ponerse en el lugar del otro, aunque sea sólo escuchando.  A los amigos de la diáspora, cuya inquietud excede lo que puedan publicar en sus perfiles, también, se les reactivó el PTSD y la sensación de impotencia.  TODOS estamos reviviendo una época que hemos tratado de olvidar.  Mas, no debemos olvidar que, si podemos leer esto, fuimos capaces de sobrevivirla.  Así que, mientras desempolvamos la estufita de gas, la linterna y el radio de baterías, saquemos los juegos de mesa, la unión familiar y la generosidad con los vecinos. Preparémonos como mejor podamos y dejemos abastos para el próximo en la fila.  Hagamos más ruido conversando, que con el generador. En lugar de molestarnos con el planeta, cuidemos de él.  Cerremos los ojos, aunque no podamos dormir. Fomentemos la fe, no el pánico.  

 

¡Nadie me quita lo baila’o!

Un día iba a almorzar con una compañera y noté con extrema curiosidad que ella camina con los pies completamente derechos.  Sonará como un dato irrelevante, pero lo es para mis #500PalabrasOMenos de hoy.  Durante 7-8 años de mi infancia, estudié en una academia de baile.  No recuerdo el comienzo de todo, pero mis abuelos contaban que desde aprendí a caminar mostré interés y al, cumplir cuatro añitos, me matricularon.  Guardo en mi memoria hermosas imágenes de incontables sábados y de recitales en los que fui, de salir un número, a salir en seis.  Mi nivel de involucramiento creció con los años y el talento que mis maestras vieron en mí me llevó del Baby Ballet al Intermedio y -al sábado siguiente- me enviaron para el Avanzado.  ¡Apenas tenía siete años! 

Lo bueno del caso fue que hice esas transiciones simultáneamente con la extraordinaria compañera que, por ser mi contemporánea, me habían pareado casi desde el principio.  Éramos dos piojitas que bailaban en cualquier nivel con el mismo entusiasmo y la misma sonrisa.  Nos daban números para nosotras solas, nos ponían al frente en bailes de grupo, nos pedían asistir a las más pequeñas, nos llevaban a seminarios en San Juan y hasta tomamos clase con Leonor Costanzo.  A los nueve, comenzaron las clases de punta.  Para entonces, los sábados ya eran cosa de todo el día.  Poco tiempo después, la academia cambió de administración, sumando a la ecuación varones, otros géneros de baile, clases los miércoles, viajes a Ponce y oportunidades para distintas audiciones.  Trajo, además, más estructura: un código de vestimenta, hacerse la dona sin flequillo alguno y hasta un maquillaje específico para los recitales.  Fueron buenos tiempos, pero todo tiene su final.  El mío incluye una preadolescente en plena pubertad que se cansó del sacrificio y de sentirse menos por engordar algunas libras.

¡No saques el violín!  Salir de la academia no fue sinónimo de dejar de bailar.  Me divertí mucho coreografiando bailes para cada embeleco del colegio y bailando en la sala viendo vídeos o escuchando música.  Recién llegada a la universidad, audicioné para el grupo de baile del que tanto me habían hablado.  A la semana, publicaron los resultados y el primer nombre en la lista era el mío, pero no entré.  Yo no necesitaba formar parte de un cuerpo de baile, sólo quería probarme a mí misma que aún podía hacerlo si quería.  Décadas más tarde, sigo caminando con los pies hacia afuera, apuntándolos cuando levanto las piernas, estirando los brazos en líneas limpias hasta en las clases de Zumba, enfocando la mirada en un punto fijo cuando giro en la pista de alguna fiesta y me encanta ser la que rompe el hielo.  Seguir el ritmo, aprenderme una rutina y enseñar a mi hijo a bailar, son sólo algunos beneficios del legado que dejó en mí la gran disciplina de este hermoso arte.  Y, así, como nadie puede quitarme mis conocimientos, tampoco ¡nadie me quita lo baila’o!        

Es la misma distancia.

Cuando llegué a San Juan en el 1997, una de las frases que más escuché al mencionar mi pueblo de procedencia fue “tú vives en el ca***o”.  La lejanía inferida en la premisa influyó en la ruptura de mi primer noviazgo y, más importante, trajo a mí la sensación de homesickness que el tiempo que no se ha llevado.  Sin embargo, una de las cosas que más marcó esas cinco palabras fue la división de amistades entre las del Oeste y las del Área Metro.  Pues, además de mi roommate y mejor amiga en aquella época, fueron muy pocas las personas que hicieron la travesía de la Capital hasta Cabo Rojo.  Naturalmente, dividir mi tiempo entre dos lugares complicaba cualquier relación, pues siempre había algo que sacrificar.

Eso cambió hace 18 años cuando el chico que me gustaba me llamó para preguntar si podía recibirlo en mi pueblo un viernes de diciembre.  Emocionadísima, le dije que sí y lo esperé mientras hacía el viaje desde Bayamón.  Quiso ir al Faro de los Morrillos que -como te conté anteriormente- es un gran atractivo turístico, y pasamos la tarde tomando fotos de una de mis vistas favoritas y disfrutando de la gloriosa primera etapa de un nuevo romance.  No era el tipo de persona con quien mis amigos ni familiares me visualizaban, pero el hecho de no parecerse a los demás sólo me atraía más a él.  Yo, también, quise visitarlo en medio del receso navideño.  Después de todo, de allá hasta acá y viceversa es la misma distancia.  Luego de cocinarme los mejores pancakes de mi vida, enseñarme a apreciar el cine internacional y llevarme a contemplar las estrellas desde las afueras de El Morro, nos volvimos inseparables.  A los seis meses ya vivíamos juntos, a los tres años nos convertimos en padres y a los 16 fuimos rescatados por un perro.  Hoy, que celebramos nuestro decimoctavo aniversario, es la primera despedida de año en que su trabajo no le permitirá estar conmigo y te confieso que escribir esa oración acaba de inundarme los ojos.  Pero sé que, aunque el viajecito después de tantos años no se ha hecho más corto ni más fácil, él llegará hasta acá en cualquier momento para complacerme y pasar el resto de las fiestas en familia.

No hay distancia inalcanzable cuando la intención es genuina.  Y así, como él llegó (y se quedó), han llegado otras personas que saben eso.  A los amigos que vinieron a mi baby shower hace 15 años; al amigo que llegó para un vino, un café o hasta una botella de agua; a los que aprovecharon sus vacaciones en el área para visitar; a los que me han hecho el favor de traer o buscarme; a los que llegaron para rezarle a mi papá… desde esta esquina de la Isla yo pudiera decir ignorantemente que ustedes todos viven “en el ca***o”, pero eso no les ha impedido ser, estar y -sobre todo- permanecer aquí. ❤️ ¡Gracias!             

El Cabo Rojo que es mío

Mencioné que soy natural de Cabo Rojo, un pueblito al suroeste de la Isla que la mayoría de los boricuas conocen únicamente por sus playas.  Y, sí, mi pueblo tiene hermosas playas y varios atractivos turísticos, como el Faro de los Morrillos, las Salinas, el Poblado de Boquerón (que es parte de Cabo Rojo, aunque tiene su propio código postal) y los múltiples restaurantes en el área de Joyuda; pero el Cabo Rojo del que yo vengo es más que eso.  Aquí vive mi familia y, desde que me fui en el 1997, he mantenido la costumbre de volver periódicamente y celebrar acá las fechas especiales.  Cuando digo eso, temo que los capitalinos me visualizan frente al mar.  Y suena divino, pero quiero resumirte lo que hago en mi lugar de crianza en #500PalabrasOMenos.      

El viaje de aproximadamente 2.5 horas desde San Juan conduce directamente a la casa de mi madre, que no queda en el campo ni cerca de las playas.  Es la misma casa a la que me trajeron al nacer, en la que me rajé la barbilla y donde festejaba los cumpleaños de mis muñecas.  Mi cuarto sigue siendo mi cuarto.  En mis gavetas aún encuentras llaveros de Menudo y mi clóset está lleno de fotos y recuerdos que, a veces, paso horas mirando.  Una buena mañana en mi pueblo comienza brindando con café hecho por mami y servido en una tacita de Minnie Mouse que tiene mil años.  Ella en su butaca y yo en el sofá, pasamos largos ratos poniéndonos al día o elaborando los cuentos que ya nos hicimos por teléfono.  La llegada de mis tres sobrinos asegura el entretenimiento del día.  Junto a mi hijo, los cuatro fantásticos de la familia hacen de las suyas desde la mesa del comedor hasta el patio.  Con decirte que la primera vez que mi chiquito vino sin mí aprendió a treparse en el techo de la casa, puedo darte una idea de lo que son capaces… pero creo que volverse loca con ellos es parte esencial de amarlos.  Si de gente se trata, puedo sumar a la visita un reencuentro con viejas amistades.  Para comer, nada mejor que el pollito guisado o el biftec encebollado de mi mamá y esporádicamente me sorprende complaciendo mis antojos de panas o salmorejo.  Como la casa de mi mamá es sólo para mí, te comparto algunos sitios que disfruto:

  • Hacienda Perichi: ambiente liviano, cervezas frías y los mejores burgers y costillas del área
  • Marty’s Kitchen: mariscos frescos y un mofongo con camarones de la laguna que me hace salivar
  • Los limbers de t*tita de la Plaza, las empanadillas de El Ancla
  • La vista del Faro, Playa Buyé

Regresar a casa, sentir el inmenso amor de mi madre es y será siempre lo mejor de este pueblo.  Cabo Rojo, para mí, no es jangueo y mariscos.  El Cabo Rojo que es mío es energía y hogar.    

Mi regalo para ti, lector

Confieso que la probabilidad de verme en full Christmas spirit no es muy alta, especialmente, en esta primera Navidad sin él.  Sobran varios dedos de una sola mano contando las veces que en mi vida he usado un gorrito de Santa y sobran más contando cuántas veces he puesto algún tipo de música navideña, pero eso no le resta magia a la temporada.  Doy gracias al Creador por la bendición de estar cerca de mi familia para celebrarla y me regocijo en amanecer este día en casa de mi madre, recargada con su amor y con todos los embelecos de comida, envoltura de regalos y casa llena de niños que ello representa.

En agradecimiento a cada “me reí”, “lloré” y “me identifiqué” que he recibido de ti, lector, hoy quiero regalarte esta lista de deseos que, por más cursi que parezcan, son -para mí- lo mejor de la festividad.  Ojalá que esta Navidad no te falte:   

  1. Alguien a quien envolver con tus brazos
  2. Comida caliente sobre tu mesa
  3. La ilusión de este día reflejada en algún par de ojos (pueden ser los tuyos)
  4. El privilegio de dar (lo que sea, pero bienintencionado)
  5. Una canción para cantar, bailar o tararear (aunque nadie te vea)
  6. La risa de algún niño
  7. Un sueño en el que creer
  8. La esperanza de un mejor mañana (trillado, pero necesario)
  9. Resiliencia
  10. Salud para gozar de todas las anteriores

¡Ah!  Y, si me permites pedirte un favor, dedícale más tiempo a tu gente que al celular porque, después de todo, los verdaderos recuerdos se guardan mejor en la mente que en las fotos.  Colecciona momentos, lector, abraza a los tuyos, nutre tu alma… y gracias, ¡GRACIAS!, por estar ahí para poder compartir contigo en #500PalabrasOMenos. 

¡FELICIDADes siempre! 🎁

Créeme, ¡estoy bien!

Para sorpresa de muchos, estoy bien.  Los golpes recientes han dejado cicatrices, unas más profundas que otras.  Por ejemplo, la muerte de mi papá sigue doliendo y reconozco que esta semana he mirado el teléfono varias veces con intenciones de llamarlo.  ¡No encuentro cómo borrarlo de mis Favoritos! ☹ En cuanto al trabajo, pienso que es cuestión de perspectiva e intentaré darte la mía en #500PalabrasOMenos.  Siempre he creído que cada cosa tiene su propósito, aunque éste no se defina de primera instancia.  Evitando denominaciones, me considero una persona espiritual y tengo fe de que el Ser Supremo siempre me da lo que verdaderamente necesito, aun cuando no coincide con lo que quiero. 

Yo había lanzado un primer mensaje al universo.  Contrario a mi empleo anterior en el que duré más de 16 años, en este último no me veía a largo plazo.  Francamente, después de lo de papi, los días se hacían más largos.  Yo me exigía estar bien desde ya, pero me pesaba pasar horas frente a aquella computadora sin lograr reintegrarme con mis compañeros.  Me rompía con cada “cómo estás” y más con aquellos en los que la otra persona inclinaba su cabeza en este único gesto de “¡bendito!”.  Estaba en total modo de supervivencia y mi agotamiento emocional se convertía en físico.  Entonces, comenzaron las señales.  ¡Algo estaba por pasar!  Mi suelo iba a ser sacudido y yo tenía que hallar de dónde sujetarme para no caer más profundo de lo necesario.  ¿Sabes qué?  No fue tan difícil como imaginaba.  Un peso había sido levantado de mis hombros y, por primera vez en semanas, sentí paz.  Entendí que eso era lo que tenía que suceder para poder bregar conmigo misma, para que mi proceso de duelo siguiera su curso y para reenfocarme en otras cosas.  ¡Y eso pretendo! 

Lejos de librarme de inquietudes, decírselo a mi familia era transferirles una responsabilidad que yo (mujer alfa) siempre me había reservado.  Pero, nuevamente, no fue tan difícil como imaginaba.  Sí, mi persona tiene mayor carga económica, a mi hijo le chocó que -por primera vez- mami no tiene trabajo y mi mamá hizo lo que mejor sabe hacer.  Ninguno ha restregado en mi cara la preocupación natural que sienten y eso ha sido de gran ayuda.  A ellos se suma el sistema de apoyo del que te hablé hace poco, muchos de los que se enteraron a través de mi primer #Blog: “Si no escribo, exploto”.  Las palabras de aliento, el refuerzo positivo y los “envíame tu resumé” no han faltado, como tampoco han faltado quienes parecen necesitar que yo los consuele ante la noticia.  Por si eres uno de ellos, tranquilízate sabiendo que mi pausa no es sinónimo de estancamiento.  Estoy haciendo lo que tengo que hacer para aprovechar esta oportunidad de reiniciar.  ¡Ya sé cuál es el propósito!  Cuento con el respaldo de mucha gente linda que me ayuda a explorar las alternativas con claridad.  Así que, créeme, ¡estoy bien!  😊

¡Hay que tener ovarios!

Ser mujer no es para todo el mundo.  Desde niñas, nos sometemos a rituales que pocos hombres conocen.  Desde la perforación de orejas y los lazos inmensos que desbalancean a cualquier bebé hasta los halones de pelo que sufrimos a diario y los cancanes bajo el vestido que pican como el diablo, la normativa social nos predispone a soportar cosas para las que hay que tener ovarios.  Sin adentrarme en la adolescencia, la menstruación y el primer brasier, hoy te cuento en #500PalabrasOMenos la divina experiencia del ginecólogo.   

Nunca olvidaré mi primer encuentro con este mal necesario para la salud femenina.  Antes de darle acceso a mis zonas restringidas a un desconocido, desesperé en la salita, cayéndome de fondillo de que mi atraso mensual era un quiste.  Concluido el procedimiento invasivo, puso en mis manos una orden de laboratorio y una receta para anticonceptivos.  De salir negativa la primera, procedería con la segunda…  Fast-forward a las últimas de mis 41 semanas de embarazo, cuando le pregunté cómo identificar una contracción y me contestó que no sabía porque él nunca había sentido una.  ¡Graciosísimo!  El parto no-progresivo me llevó al quirófano en que conocí al amor de mi vida, luego de vomitarme el cabello por los efectos de la anestesia.  Dale skip al #CaóticamenteHermoso e imagina los adjetivos que creas que mentalmente le grité a cada enfermera que masajeó mi vientre para reacomodar los órganos después de la cesárea o se tardó en traerme un analgésico.  Te confieso que fantaseé con no pisar una oficina de ginecólogo jamás luego de que me cortara los puntos y ni siquiera llevaba un año de esta tortura.

Pero la “mejor” parte tiene que ser la que le sigue a pasar al cuartito, quitarme todo, ponerme la bata abierta al frente y sentarme tapada en la camilla.  Sintiéndome totalmente expuesta, comienzan las odiosas instrucciones. “Bájate… más, pegadita al borde, pero sin caerte.”  “Pon un pie a cada lado.”  “Relájate, no te trinques.” “Si te trincas, te duele más.”  En ese preciso instante, miro al techo y trato de recordar que sólo está haciendo su trabajo, respiro profundo para no insultarlo, intento relajarme y ahí siento el bendito instrumento hurgando mi interior sin pena ni gloria.  Consecuentemente, me tenso más y escucho nuevamente, ¡NO TE TRINQUES!  Los minutos pasan como si fueran días y vuelvo a contemplar las ganas de juntar mis rodillas de un sopetón para darle en la cabeza a ver si concluye la expedición en lo más profundo de mi ser.  Me visto y paso a la oficina para la lectura de sentencia.  Los próximos pasos pueden incluir sonogramas, cauterizaciones, laparoscopias, endovaginales, la ya comentada mamografía y, por supuesto, más pélvicos y Papanicolau de rutina.  Dándole un nuevo significado al “Man, I feel like a woman” de Shania Twain, pago el deducible, me pongo las gafas y, con ganas de no volver, les digo a las próximas víctimas: “¡Que salgan pronto!”.   

“Estoy aquí” … con guille de antropóloga

En estos meses he aprendido que el respaldo tiene muchas maneras de manifestarse.  La cantidad de sucesos que requieren solidaridad y empatía de nuestros allegados es ilimitada.  Puedes estar pasando las de Caín en el trabajo o en tu hogar; padeciendo una enfermedad propia o de un familiar; sufriendo algún tipo de pérdida; o atravesando una crisis existencial; pero, nada, nada de eso se supera sin un sistema de apoyo.  Las #500PalabrasOMenos de hoy son en reconocimiento a cada muestra de respaldo, empatía y solidaridad que he recibido y sigo recibiendo, especialmente, este año.

No sé si es que al ponerme los bifocales (sí, llegaron) me ha dado guille de antropóloga, pero voy a tomarme al atrevimiento de agrupar mi sistema de apoyo en cuatro categorías.  Te advierto que no he estudiado absolutamente nada que sustente la división y que, según mi criterio, todos los grupos tienen un valor especial:

  1. El que llama o escribe – Es el grupo más grande.  Aquí caen todas las plataformas de comunicación e incluso las llamadas que no contesto porque no puedo hablar (literal o simbólicamente).  Sin categorizar el contenido, ambas cosas abren la puerta de la comunicación y son una buena manera de decir “estoy aquí”.       
  2. El que llega – Es un grupo pequeño.  Hay quienes llegan porque saben que necesitas ese abrazo real y quienes llegan porque no se permitirían el no estar ahí para brindártelo.  Este grupo se invierte de más de una manera, exponiéndose a palpar la adversidad de cerca.
  3. El que no suelta – Este grupo es casi exclusivo.  Incluye miembros de los grupos anteriores, pero con determinada frecuencia.  Aquí están los del monitoreo constante, los que intentan hacerte sentir mejor, pero dejan sitio para gritos y lágrimas.  Ellos son el punto de contacto para los del próximo, pues tienen la información más actualizada de cómo estás. 
  4. El que da espacio – Es el segundo grupo más grande y tiene tres subcategorías: los que no saben qué decir o hacer para aliviarte, los que tienen tanto rollo personal que no pueden asumir una carga más y los que realmente saben que necesitas espacio para correr tu proceso.  Cada razón que provoca el espacio es igualmente válida, pero el espacio suele ser un estado temporero.  Eventualmente, los que tienen las intenciones correctas aparecen en alguno de los otros grupos. 

Si me conoces y te encontraste en alguno de estos grupos, ¡GRACIAS SINCERAS!  Mientras sé que la empatía es uno de los valores más altos que distingue al ser humano, también sé que nadie está obligado a demostrarla cada vez que las circunstancias lo ameriten.  Si no me conoces y sacaste tiempo para leer esto, te deseo la fortuna de contar con un sistema de apoyo tan maravilloso como el mío.  Por más segura y fuerte que sea una persona, ante un problema, sentir a otros cerca puede ser parte de la solución.  ¡Ah!  Y, por si acaso, estoy aquí. 

Victoria sobre un paquete de costillas

Uno de los beneficios colaterales de mi pausa es el tiempo para hacer cosas que antes no me animaban mucho.  Entre ellas está la cocina.  ¡Sí, yo sé cocinar!  Es sólo que, durante años, era él quien lo hacía.  No sé tú, pero, cuando empiezan a decirme que le eche esto o que lo cocine de X manera, mi respuesta inmediata es “hazlo tú”.  Así comenzó mi distanciamiento de la estufa.  Por lo tanto, el paladar de mi hijo está moldeado a las recetas de papi y replicarlas o ajustarlas es siempre divertido.  Reconozco que mi menú es limitado.  Por ejemplo, sólo sé hacer arroz en una olla arrocera y, en cuanto a proteínas, no me aventuro fuera de lo que conozco.  Pero, de nuevo, no es que no sepa cocinar.

Días antes de quedarme sin empleo, papá había hecho la compra.  En su selección de carnes incluyó dos paquetes de costillas.  ¡Ajá!  (Un detalle sobre mi persona es que su horario de trabajo es sumamente irregular, por lo que ahora el distanciado de la estufa es él.)  Entonces yo, que apenas como costillas, ¿qué iba a hacer con dos paquetes?  En mi apartamento no hay un grill.  Yo nunca he marinado carnes.  ¿Y si me quedan duras o sosas y mi hijo no se las come?  O sea, esto representaba un #ProblemaDeNiñaBlanca de carácter doméstico.  Cada vez que habría el congelador, sentía que las costillas me miraban burlonas, hasta que me dio con navegar el Internet.  “Easy, fall-off-the-bone oven baked ribs recipe” fue el vídeo ganador, pues empezaba con la palabra clave: “Easy”. 

Mi primer lunes en casa puse a descongelar uno de los paquetes de costillas.  Le pregunté cuál era la combinación de especias que él usaba para carnes e hice mi versión de la proporción artesanal que me había dado.  Sazoné las costillas y las puse en la nevera.  Al día siguiente, él vio que iba a hacerlas y no pudo evitar aconsejarme cómo.  (No, no le contesté.)  Pasado el mediodía, las saqué y las puse en el horno a la temperatura recomendada de 275° porque la receta indicaba cocinarlas a fuego lento por tres horas.  Después de la primera hora, me di cuenta de que mi nivel de paciencia para cocinar lentamente no es tan alto como pensaba.  Las volteé con cara de decepción y subí el horno a 325°.  Al cabo de otra hora, volví a encontrar las benditas costillas sin color y repetí el paso anterior, esta vez llevando la temperatura a 350°.  Apenas aguanté 3/4 de la tercera hora y abrí el horno con una mezcla de pánico y derrota para encontrar que -en efecto- la carne estaba que se despegaba sola de los huesos y olía muy bien.  Completé la receta según el vídeo, las acompañé con papas fritas homemade y me sentí ganadora ante los ojos de mi sorprendidísimo hijo que no paraba de elogiar mi comida y chuparse los dedos.  ¡Victoria!     

Antes de pasar la borla al otro lado del birrete

Este domingo es mi tan anhelada graduación de maestría. El cliché de tener sentimientos encontrados se mudó a mi cerebro hace dos meses, cuando completé exitosamente mi trimestre final. El 4 de 4 fue como el clímax de una montaña rusa que me volteó de cabeza en más de un giro. Como te he dicho antes, el “qué” es secundario al “con quién”. Así que, antes de pasar la borla al otro lado del birrete, déjame hablarte de los que me acompañaron en esa cuarta vuelta.

Por meses, había anticipado que en uno de los dos cursos finales trabajaríamos en grupo todo el tiempo y las referencias indicaban que tendríamos la oportunidad de escogerlo. Depender de las mismas personas a lo largo de 12 semanas ameritaba una selección cuidadosa. Los lazos que formé en trimestres anteriores me permitieron identificar aquellos compañeros talentosos con los que tenía mayor sinergia. Uno fue señalando a otro hasta que, al fin, éramos cuatro o, mejor dicho, Dosydós. Durante el proceso, tuvimos que rechazar algunos acercamientos conscientes de que no se trataba de amistad sino de parearnos con quienes mejor complementaran nuestro estilo y ritmo laboral. Finalmente, comprobé que mi elección fue acertada porque ¡el resultado fue glorioso! Semana tras semana ejecutamos cada tarea, excediendo expectativas y sacando lo mejor uno del otro. Tanto así, que nos apoyamos en nosotros cuatro incluso para la clase que no requería colaboración grupal. Alejados de todo drama, nos adherimos al No man left behind y a la maravillosa vibra de quien nos tocó como clienta. Vencimos retos y realizamos un trabajo hermoso, bien pensado, realista y alcanzable. Cuidamos cada detalle y dimos una presentación sinigual. Los elogios emotivos de la clienta y la validación del profesor elevaron nuestra satisfacción a lo más alto. Te aseguro que cerré aquel Zoom inflada de orgullo e incrédula de que ya todo había acabado.

Aguanté las lágrimas mientras buscaba el espumoso que había puesto a enfriar para nuestra celebración virtual. Me conecté a ese otro enlace… y comencé a extrañarlos. El compromiso y la camaradería de este equipo evocaba el de uno que por años llamé “los óptimos” (con el organizaba -para otra institución- lo que se celebra este domingo). Lo especial de este caso es que nosotros nunca habíamos compartido simultáneamente un mismo espacio físico. La química y el cariño se lograron a través de un monitor y esa noche, poco a poco, cada uno reconoció a los demás por todo lo que aportaron al proyecto y, por qué no decirlo, a nuestras vidas personales. Un mes más tarde, nos juntamos en persona y, tras removernos las mascarillas, intercambiamos risas y anécdotas con la esperanza de transformar el extraordinario compañerismo en amistad. Mas, tengo que confesarte que, aun si todo quedara ahí, contar con ellos fue el honor más grande de esta aventura académica.

Hoy, de mi corazón a los suyos, sólo resta darles las ¡gracias por sentarse a mi lado! ✌️