Me bebí las lágrimas.

¿Te ha pasado alguna vez que el cansancio, las frustraciones y la melancolía se combinan para sumergirte en un llanto incontenible? Pues, así fue mi noche de ayer. Y, antes de continuar, quiero que sepas que sólo estoy contando esto como una manera de seguir soltando porque, sí, eso hice con la inmensa ola de sentimientos que me arropó en mi rato de soledad: soltar. Por primera vez en largo tiempo, mis pensamientos y yo no veíamos un solo humano a nuestro alrededor y abrimos la represa. Tampoco ayudaron la fecha y la convergencia con ese punto del mes en que lo más mínimo puede fliparme.

Me explico, mi papá hubiera cumplido 75 años ayer. Anticipaba la ocasión, pero me juraba un poco más fuerte para recibirla. Después de todo, no era su primer cumpleaños en el cielo y me había estado sintiendo mejor desde el pasado 29 de octubre. Preveía algunas lágrimas y una nostalgia lógica. Sin embargo, he leído muchas veces algo que dice que, cuando uno llora, no necesariamente lo hace por la razón del momento, sino por el cúmulo de aquello que ha estado suprimiendo. Quizás, quieras preguntarme qué he estado suprimiendo y, posiblemente, la respuesta más corta sea: qué no. Yo suelo ser un libro abierto; apenas tengo filtro y muchas personas opinan que “what you see is what you get”, aunque no todas lo dicen con el mismo tono. Entonces, ¿qué me está pasando? Probablemente, no me pasa nada que no haya vivido antes. He operado en automático por muchos meses y, en el afán de escoger mis batallas, he comenzado a embotellar mis emociones. Me escudo detrás del padecimiento en mis manos para no escribir. Evito ser una carga para mis seres queridos y, francamente, estoy harta de mis propias cantaletas.

Al amanecer, publiqué alguito sobre papi en mi perfil personal y sentí una tristeza enorme mientras agrupaba mis pensamientos. Al rato, me calmé y comencé a prepararme para irme a la oficina. Hace unas semanas, retomé el trabajo presencial y el proceso de adaptación ha estado lleno de altibajos. Así que, puedes sumar eso a la lista. Mas, no me senté a escribirte para enumerar las cosas en mi plato. Mi mantra es que uno se muere un día, no dos. Por lo tanto, anoche me dejé morir. Intercambié mensajes con ciertas amistades en el transcurso del día, algunas de las que lograron sacarme carcajadas. Al caer la noche, mi copa de vino, mi música y yo, sabiendo que nadie nos observaba, nos permitimos ser… o no ser. La velada solitaria le dio a mi corazón un espacio para estirarse, para desentumecer. Cuando se acabó el vino, me metí en la ducha y, dejando caer el agua sobre mí, me bebí las lágrimas. No sé si el jabón me lavó el alma. Sólo sé que, al salir, mis ojos estaban secos y mi mente estaba en paz. Honré mi humanidad y, al despertar, no tuve que repetirme: “respira”.