¡Llegué! … donde tengo que estar

Ayer, al terminar mi jornada laboral, mi supervisora me felicitó por cumplir el primer mes en este nuevo empleo.  Emocionada y agradecida, recordé que no te he contado cómo llegué hasta aquí.  Bueno, si has estado leyéndome desde que el universo gritó “¡PAUSA!”, quizás recuerdes que el día que comencé mi maestría agendé una cita con una asesora profesional en mi alma mater.  Fue una reunión productiva que me dio claridad y ayudó a sanar mi ego profesional.  Culminando la sesión, discutimos las oportunidades disponibles en ese momento, incluyendo una convocatoria interna para un puesto nuevo.  No la leímos completa, pero algo sonó a mí y -sin miedo- accedí.  “Si me envías tu resumé revisado mañana, lo paso a Recursos Humanos para que corra el proceso”, me dijo.  A las 8:00 a.m. ya el documento estaba en su poder y el calendario siguió su curso. 

El 14 de febrero me llamaron para entrevista, justo cuando salía de otra.  En la llamada, mencionaron detalles que desconocía sobre el puesto y me advirtieron que la entrevista el día 21 sería con un panel.  Pedí consejo a una excompañera que labora allí hace un año y hasta a ella le parecí ideal para eso.  Me preparé, como solía hacerlo, y llegué ese día con una mezcla de nervios y entusiasmo que no me dejaba parar de sonreír.  ¡Ese lugar tan familiar tenía posibilidad de convertirse en mi nuevo empleo!  La primera persona que conocí me dio la vibra de una vieja amiga.  Era una de cuatro personas que participarían de la entrevista.  La frase “como pez en el agua” resume mi sensación durante los 90 minutos en que nada sonó desconocido y cambiar de un idioma a otro tampoco me intimidó.  Salí con la misma sonrisa y pasé a visitar a mi excompañera.  Faltaban otros candidatos por entrevistar y esa primera ronda tardaría un par de semanas.  Así que, no comí ansias.

El 26 de febrero, me llamaron porque faltaban unas preguntas por hacerme y me anticiparon que pasaría a la segunda ronda.  Esa tarde conversamos otros 30 minutos sobre temas que domino por experiencia y, aunque la emoción era incontenible, no quise ilusionarme.  Me volteé a la foto de mi papá y le dije “tú sabes cuánto quiero esto, pero no dejes que llegue si no es para mí”.  Dos días más tarde, escuché las palabras que mi corazón anhelaba “usted ha sido seleccionada para el puesto”.  Tuve que retirarme el teléfono de la cara para que la de recursos humanos no me oyera llorar.  Bailé por todo el espacio donde estaba haciendo labor voluntaria, compartí la noticia con los más cercanos, di gracias al Creador y a todos los que le pidieron por mí.  Por meses esperé a que la oportunidad correcta llegara a mi puerta y ésta no es casualidad.  Recordé que hace cinco años leí algo que decía: “Cree con todo tu corazón que Él te pondrá donde tienes que estar”… y aquí estoy.     

La vida me ha dado limones.

La vida me ha dado limones sin considerar que no me gusta la limonada.  ¿Qué hago?  Aunque pedir tequila y sal suena bien, buscar yerbabuena, azúcar, soda y ron blanco suena mejor. 😊 No, no me he vuelto loca ni estoy incursionando en la mixología. sólo quiero demostrarte que puede haber más de una opción.

El día que el universo gritó “¡PAUSA!”, yo pausé… abruptamente.  Cogí el puño y me senté en las gradas hasta recuperar el aliento.  Respondí “no sé” a todos los que se acercaron a preguntar qué iba hacer entonces, y presté mucha atención a los que se sentaron a mi lado a escucharme para luego aconsejarme.  Una voz llena de amor me dijo: “quizás sea el momento de empezar lo que has querido hacer por tantos años”.  Esas palabras hicieron eco en mi mente y me llevaron a explorar las posibilidades.  Al cabo de un par de semanas, le envié una foto de mi nueva tarjeta de estudiante a mi madre, cuya sabiduría me inspiró a matricularme para comenzar la maestría (que había postergado desde el momento en que el “POSITIVE” en la prueba de embarazo cambió mi vida).  Ella respondió mi mensaje con un sólido “¡Tú puedes!”, el mismo que llevé de amuleto hace unos días cuando regresé a mi Alma Mater para tomar mi primera clase.  El campus aviva recuerdos de mis años de bachillerato, de tal clase en tal salón, de mis profesores, de cruzarme con compañeros en el patio, de los amigos que hicieron de ese tiempo uno memorable y hasta de los besos en aquel banco.  No todo es igual e, incuestionablemente, yo no soy la misma, pero la familiaridad de esas veredas y pasillos suma confianza a mi decisión. 

Volver a la universidad después de 18 años es un reto que va desde lo sicológico hasta lo tecnológico.  Caminar entre chamaquitos y acceder a una plataforma digital para una sesión por vídeo conferencia son dos de las tantas cosas a las que tengo que acostumbrarme.  Mas, esa sensación de que estoy en camino hacia una importantísima meta, ha activado mis endorfinas más que 90 minutos en el gimnasio.  Así que, mi enero culminó con optimismo, con gente que suma y con dos asignaciones para entrar antes del lunes a las 11:55 p.m.  ¡Ah!  Y, por si acaso, no he abandonado la búsqueda empleo.  Ahora cuento con el respaldo de excelentes asesoras en carreras que la universidad tiene a mi disposición.  Esta pausa ha sido, sin duda, un blessing in disguise.  No obstante, tengo que reconocer que mi búsqueda, aunque incesante, no es desesperada.  Esta vez no persigo una fuente de ingreso, sino una experiencia que verdaderamente me satisfaga tanto en lo profesional como en lo personal.  Después de todo, el tequila se bebe de un golpe y sin pensarlo, pero un mojito bien hecho es súper refrescante y dura más.  😉