Confinada con un adolescente

Sé que no soy la única, pero desde el 15 de marzo he estado 24/7 con un adolescente. Antes de esa fecha, había pasado algunos meses desempleada y aprendí a disfrutar actividades tan sencillas como recibirlo de la escuela con la comida ya lista, cosa que no había hecho en toda su vida porque mi agenda laboral lo impedía. También, antes de esa fecha, ambos podíamos salir. Él cumplía su jornada escolar fuera de la casa y yo disfrutaba unas horas con misma en algo de libertinaje. Teníamos la opción de practicar el ocio juntos o con nuestras respectivas amistades. Pero el 15 de marzo todo cambió. No voy a entrar en detalles sobre lo que la mayoría tuvimos que ajustar para aprender a hacer toda nuestra vida en un solo lugar. Sólo temo que las relaciones maternofiliales han sido puestas a pruebas y confieso que entre las mías hay tantos logros como fracasos.

Por un lado, reconozco que soy muy afortunada. Mi hijo no interfiere en mis quehaceres y me cuida bastante. Es comprensivo, paciente y poco exigente. Aceptó la nueva normalidad con alguna resignación y libre de reclamos. Aprendió a guardar distancia física, se enganchó la mascarilla, se acostumbró al incesante lavado de manos e hizo las paces con el hand sanitizer, cuya textura siempre le desagradó. Aunque luchó contra la idea de recibir las asignaciones por email, terminó su décimo grado desde la casa sin mayores peleas que las mías por querer que deje la procrastinación. Asimismo, comenzó un nuevo año escolar con reuniones sincrónicas y se disfrutó el primer reencuentro virtual con sus pares, haciendo evidente la falta que hace la experiencia social en su joven vida. ¡Y no lo culpo! Creo que todos resentimos la privación de esos espacios en que podemos ser y estar con personas ajenas a nuestro núcleo familiar; necesitamos más de lo que el confinamiento nos permite tener.

Por el otro, admito que he fallado a la promesa que hice cuando mi unigénito era un infante: intentar ver el mundo a través de sus ojos. A diario, me esfuerzo por cumplir con mis responsabilidades profesionales, académicas y domésticas. Considero estar dándole un ejemplo de resiliencia y, consecuentemente, la paciencia me abandona cuando lo veo consumir sus días pegado al celular. Me revienta verlo tomar clases con la cámara apagada, dejar todo para último minuto y pensar que sus años no están siendo bien aprovechados. Pero más me revienta escucharme repetir las mismas cantaletas desmesuradamente porque no tengo las herramientas para modificarlo. Tengo que recordarme una y otra vez que él y yo somos distintos, que mi edad y mis experiencias me han formado y que a los dos nos falta mucho camino por recorrer. No puedo evitar preocuparme por su futuro y por el saldo que esta pandemia dejará en él. Sin embargo, creo que debo emular su capacidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, ser más empática, hallar terreno común, respirar… y seguir amándolo.

Problema de niña blanca

El asunto de la pandemia a nivel mundial es cosa seria.  Basta con exponerse a un poco de información para que los niveles de ansiedad suban y la paz que tanto luchamos por conservar se vaya a la mi**da.  Consecuentemente, el confinamiento ultra necesario y que, desde mi óptica, no ha sido tan malo arrastra una vorágine de situaciones minúsculas que atentan contra la tolerancia y hasta retan las leyes implícitas de la convivencia vecinal.  Tan cerca como hace dos días mi jornada laboral fue musicalizada por una vecina que entendió que las 8:00 a.m. era la mejor hora para poner su “salsa golda” a todo volumen y hasta deleitarnos con sus palmas en clave y su nada melodiosa voz.  Yo, que hasta me pongo los audífonos para no molestar a nadie, luché contra ese ruido mientras trataba de trabajar.  Pero imagínate cómo se habrán sentido los padres que intentan comenzar el famoso homeschooling temprano.  Y, si de niños se trata, te cuento que el infante del que te hablé en “Más abajo vive gente” se llama Sebastián y sus pulmones bastante desarrollados han hecho numerosas apariciones en mis reuniones virtuales.

Dejando eso a un lado, hoy me inspira una situación de menor envergadura por la que seguramente no soy la única que atraviesa.  Todos tenemos algún tipo de rutina periódica para la que recurrimos al servicio experto de un tercero.  Algunos necesitan recortarse, otros necesitan teñirse el cabello y para ambos casos las redes sociales nos han mostrado ejemplos de soluciones como el #PásateLaMáquinaChallenge de Fundación CAP (causa respaldada) y el notable efecto de tintes caseros sobre raíces indetenibles.  En mi caso, tengo que reconocer que, después de mami y mi mejor amiga, la mujer que más extraño en esta cuarentena es mi técnica de uñas.  Vamos, no ruedes los ojos porque el título de esta pieza infiere que no voy a profundizar en los grandes problemas socioeconómicos nacionales.

Desde hace más de 20 años, mantengo cita cada dos semanas para hacerme las uñas.  En un experimento similar a cuando tu hijo siembra una habichuelita para la clase de Ciencias y estudia la planta crecer, así he visto el acrílico alejarse paulatinamente de la cutícula de mis uñas, creando un efecto casi francés en el chispo de color que queda.  Cediendo ante la realidad, recientemente me removí el material de los pies y peleé con la poca durabilidad de la veintiúnica lima que conseguí en la farmacia.  Mi talento para auto esmaltarme es inexistente, pero la idea de verme las uñas desnudas es inimaginable.  Hoy, sexto sábado sin el lujo de refrescar la imagen de mis manos y pies, coqueteo con la posibilidad de cubrir mis uñas con papel de aluminio, inutilizarme unas horas y aromatizar la casa con acetona pura y esmalte.  Mas, cuando pienso en darle mollero a la lima y el buffer, sueño despierta con el día en que pueda felizmente agendar mi próxima cita y ponerle fin a este desastroso #ProblemaDeNiñaBlanca.