Permíteme hablarte de ella.

Hay una persona en mi vida que supera a todas las demás: mi mamá.  Si gustas, podemos abrir el debate de quién es la mejor madre del mundo, pero no necesito convencerte de que es la mía; con que ella lo sepa, me basta.  ¡Y voy a tratar de explicarte por qué!  No, no es casual que escoja contarte sobre ella un par de días después de su cumpleaños e iniciando la semana del amor y la amistad.  La realidad es que llevo un tiempo queriendo escribirle ahora, mientras puede leerme, y, aunque no necesito un pretexto, la ocasión me parece ideal.  El reto es encontrar palabras que le hagan justicia.  Así que, discúlpame si, por esta vez, me paso de las 500.

Mami no es de esas mujeres de “mucho rímel, poca falda”.  Desde que la conozco, prefiere estar cómoda, antes que estar emperifollada.  ¡Hace de todo!  Es tremenda líder, inteligente, amorosa como nadie, dispuesta y muy capaz de defenderse sola.   Lo mismo cocina que brega con la tubería del baño.  Lo mismo cuida nietos que pinta la casa.  Hace poco me sorprendió verla desarmar y limpiar un abanico -pieza por pieza- hasta hacerlo funcionar, aunque el arreglo apenas duró un par de días.  ¡Persistente ella!  Le ha tocado desenvolverse en ambientes dominados por hombres sin encontrar alguno que le llegue a los tobillos.  Es mucho más fuerte de lo que yo podría aspirar a ser, pero tiene una sensibilidad que la hace irrepetible.  No voy a divulgar detalles de sus dolores físicos ni emocionales, de sus frustraciones ni de las injusticias que le ha tocado vivir.  Sólo voy a decirte que nada de eso ha logrado endurecer su perfecto corazón.  De mi niñez con ella, recuerdo que me llevó a mi primer concierto (de Menudo); que salió corriendo a buscarme cuando sentí el primer temblor de mi vida y bajé las escaleras de la academia en leotardo y faldita de ballet; que me enseñó a comer jueyes; y que me salvó de tener un nombre que me habría dado demasiado trabajo explicar toda la vida.  De adolescente, la recuerdo ‘esgalillándose conmigo mientras cantábamos en el carro o en la sala; que me alcahueteó cada gusto; que fue mi mayor respaldo cuando decidí irme a estudiar al otro lado de la Isla; y que el día que me encontró ebria en el baño sólo me preguntó si estaba bien. 

Siendo adulta fue que descubrí en ella la mejor de mis amigas.  Especialmente, desde el día que le dije que estaba embarazada, he entendido muchas cosas y aprendido tantas más.  Ella es mi guía, mi compañera, mi persona favorita.  Más que consejos, me ha dado su ejemplo; sobre ser madre, sobre trabajo, sobre mi relación, sobre el futuro.  Me ha enseñado a vencer el miedo, a derribar los muros, a levantarme.  Ella entiende perfectamente cuando algo me duele y nunca me pide que no llore, sino que no me rinda.  Conoce la importancia de ser y estar, de que el día para celebrar es hoy, que el café sabe mejor si lo tomamos juntas.  Sabe dónde venden las cervezas más frías en Cabo Rojo, sabe que me detengo a mirar la luna y sabe que nada me sana mejor que su amor.  Existe una incomparable complicidad entre nosotras.  Nos reímos tanto que, a veces, nos ahogamos.  Todavía cantamos y bailamos cada vez que queremos, sólo que ahora escojo canciones que pueda dedicarle.  Todavía me hace sentar en su falda para mimarme.  Todavía busca complacer mis gustos.  A pesar de no vivir cerca hace tantos años, nunca ha habido distancia entre nosotras.  Ambas hemos aprendido a hacer tiempo para hablarnos, para escucharnos y, sobre todo, para disfrutarnos.  Después de todo, el tiempo es el único que lograría separarnos… porque lo único malo que puedo decir de mi mamá es que no es eterna. 💕 

¡Ah!  Y, si como madre es extraordinaria, como abuela rompe todos los esquemas, pero esas son otras 500+ palabras.  😉    

En la esquina de la felicidad y esa carita

Una semana antes del huracán Irma, paramos en Santa Isabel en ruta desde Cabo Rojo porque yo tenía que ir al baño.  Además, tenía que comprar algunas cosas, así que opté por “la esquina de la felicidad y la salud”.  Oriné, compré, pagué y me dispuse a salir hasta que vi esta única carita mirándome desde el otro lado del sliding door.  Noté que me seguía y llamé a mis hombres, que me esperaban en la guagua, para que lo vieran.  Mi persona contestó: “¿El perrito gufea’o? … nos siguió a nosotros también”.  Era un cachorrito hermoso y pequeño, pero se notaba que estaba mal nutrido, descuidado y sin hogar. 

Regresé a la tienda para comprar -por primera vez en mi vida- una latita de comida de perro.  La abrimos en pleno estacionamiento y esperamos a ver si comía, pero nada.  Tras varios intentos, mi persona se sentó en el suelo, agarró un poco de comida con sus dedos, trató de dársela y nada.  Fue entonces cuando el perrito caminó ignorando la comida, puso la cabecita sobre su pierna y le dijo con los ojos: “I choose you”.  Derretidos de ternura y preocupados porque no comía, decidimos traerlo con nosotros para llevarlo al día siguiente al Humane Society.  Vaciamos una caja que teníamos en el baúl, colocamos shoppers en el fondo y lo pusimos ahí.  De camino, mi hijo tuvo que coger la cajita en la falda porque el perrito no paraba de llorar y él no paraba de mirarlo.  Quiso ponerle nombre y mencionamos todos los que nos ocurrieron hasta que mi persona dijo: “Koji, como el piloto de Mazinger”.  Al llegar a casa, lo bañamos, le pusimos la comida -aún intacta- y un platito con agua y sacamos una colcha vieja para que se acostara sobre ella.  La mañana siguiente lo llevamos al Humane Society, pero nos dijeron que no tenían cupo y sólo podían ponerlo en lista de espera.  Preguntamos si nos recomendaban otro albergue que pudiera aceptarlo, pero ellos son los únicos que no practican eutanasia y el tiempo promedio que duran vivos en otros refugios es dos semanas.  Aterrada y llorosa, le pedí a mi esposo que me llevara a trabajar y esperara el turno para la evaluación veterinaria.

Tenía aproximadamente dos meses y pesaba 4 libras.  Aprender a vivir con un perrito en un apartamento implicó verlo destruir innumerables cosas, convertir el piso en su inodoro y fallar en el intento de mantenerlo en un solo espacio, pero su amor valía más que la inversión que hicimos para cuidarlo.  Éramos, oficialmente, una familia de cuatro cuando azotó María y mi hijo lloró imaginado lo que pudo haberle pasado si lo hubiéramos dejado allí indefenso.  Ahora Koji tiene 2.5 años, pesa 47 libras, es un perrito saludable, engreído, juguetón y amoroso.  Y, aunque su mirada le da diez patadas a la de un Sad Sam, la felicidad con que inunda nuestro hogar es evidencia del verdadero rescate.      

Es la misma distancia.

Cuando llegué a San Juan en el 1997, una de las frases que más escuché al mencionar mi pueblo de procedencia fue “tú vives en el ca***o”.  La lejanía inferida en la premisa influyó en la ruptura de mi primer noviazgo y, más importante, trajo a mí la sensación de homesickness que el tiempo que no se ha llevado.  Sin embargo, una de las cosas que más marcó esas cinco palabras fue la división de amistades entre las del Oeste y las del Área Metro.  Pues, además de mi roommate y mejor amiga en aquella época, fueron muy pocas las personas que hicieron la travesía de la Capital hasta Cabo Rojo.  Naturalmente, dividir mi tiempo entre dos lugares complicaba cualquier relación, pues siempre había algo que sacrificar.

Eso cambió hace 18 años cuando el chico que me gustaba me llamó para preguntar si podía recibirlo en mi pueblo un viernes de diciembre.  Emocionadísima, le dije que sí y lo esperé mientras hacía el viaje desde Bayamón.  Quiso ir al Faro de los Morrillos que -como te conté anteriormente- es un gran atractivo turístico, y pasamos la tarde tomando fotos de una de mis vistas favoritas y disfrutando de la gloriosa primera etapa de un nuevo romance.  No era el tipo de persona con quien mis amigos ni familiares me visualizaban, pero el hecho de no parecerse a los demás sólo me atraía más a él.  Yo, también, quise visitarlo en medio del receso navideño.  Después de todo, de allá hasta acá y viceversa es la misma distancia.  Luego de cocinarme los mejores pancakes de mi vida, enseñarme a apreciar el cine internacional y llevarme a contemplar las estrellas desde las afueras de El Morro, nos volvimos inseparables.  A los seis meses ya vivíamos juntos, a los tres años nos convertimos en padres y a los 16 fuimos rescatados por un perro.  Hoy, que celebramos nuestro decimoctavo aniversario, es la primera despedida de año en que su trabajo no le permitirá estar conmigo y te confieso que escribir esa oración acaba de inundarme los ojos.  Pero sé que, aunque el viajecito después de tantos años no se ha hecho más corto ni más fácil, él llegará hasta acá en cualquier momento para complacerme y pasar el resto de las fiestas en familia.

No hay distancia inalcanzable cuando la intención es genuina.  Y así, como él llegó (y se quedó), han llegado otras personas que saben eso.  A los amigos que vinieron a mi baby shower hace 15 años; al amigo que llegó para un vino, un café o hasta una botella de agua; a los que aprovecharon sus vacaciones en el área para visitar; a los que me han hecho el favor de traer o buscarme; a los que llegaron para rezarle a mi papá… desde esta esquina de la Isla yo pudiera decir ignorantemente que ustedes todos viven “en el ca***o”, pero eso no les ha impedido ser, estar y -sobre todo- permanecer aquí. ❤️ ¡Gracias!