Cuando un Menudo se va

Te aseguro que no anticipaba regresar a escribir con este tema, pero algo en mí ha movido mis dedos hasta el teclado. Ayer, sábado, mientras tomaba mi café con la casa aún dormida, Facebook me anunció que el ex Menudo Ray Reyes había fallecido. Llevaba días huyéndole a las noticias, evitando sumergirme en las tragedias que han salido a la luz recientemente en la Isla y que, sin duda, hacen eco de injusticias más allá de mi comprensión. Sin embargo, este titular me inundó de una melancolía particular.

Verás, soy de las que con orgullo utiliza la frase “de Menudo para acá” al describir a qué generación pertenezco. Si eres tan joven que esta referencia no te alcanza, “gugulea”. El primer concierto al que fui, con apenas cinco años y hasta febril, fue a uno de Menudo en el Palacio de Recreación y Deportes de Mayagüez. Recuerdo que fuimos en el Malibu azul de mami. Ella me puso un vestido amarillo, me aguantó por la cintura mientras yo bailaba sobre la silla y me compró un Snickers después del espectáculo. Ella grababa en el VCR los programas en los que salía Menudo y luego me miraba gozármelos y hasta memorizarlos al verlos una y otra vez. Crecí con lo que se llamaba “la menuditis”, con las paredes llenas de afiches y siempre enamorada de algún integrante de cada cepa. Ray no fue uno de los que cautivó mi corazón, pero las ‘esgalilladas que me daba cantando “Si tú no estás” e intentando subir a su tono eran épicas.

Esa canción cobró un valor distinto al escucharla en su voz adulta como parte de El Reencuentro en 1998. Ray figuraba entre los seis ex Menudos que revivieron la época dorada de la agrupación. Mi roommate y yo fuimos a dos de las funciones en el Roberto Clemente y nos montamos en el hermoso viaje de nostalgia en el que los entonces adultos nos llevaron. En alguna entrevista, Ray dijo -y lo recuerdo como si fuera ahora- “antes yo cantaba las canciones de Menudo, hoy las estoy interpretando”. Esa frase quedó grabada en mí como un reflejo de lo que la experiencia representaba. Lo mismo me pasaba al escuchar canciones de Proyecto M (de nuevo, Google), especialmente aquellas baladas cortavenas en las que Ray no tenía comparación y que sonaban en mi radio en repeat cuando me encontraba romántica o desamada. En septiembre 2019, construí nuevos recuerdos junto a mi mejor amiga en el Súbete a mi moto Tour y Ray -aunque distinto- fue parte importante de ello.

Su partida trajo a mi mente luces del escenario apagándose y su silueta desapareciendo detrás de su micrófono en la esquina izquierda de la tarima. Hoy, miles de fans alrededor del mundo lloramos al perder la voz que nos acompañó durante casi cuatro décadas pues, aunque haya vinilos, cassettes, CDs o plataformas donde escucharla, su silencio iguala el vacío del memorable “Si tú no estás”.

¡Hasta siempre, Ray, y gracias!

Querido 29 de octubre:

Tú ganas, ya estoy despierta. No sólo cambiaste mi vida para siempre, sino que hoy regresas y abres mis ojos de manera irreparable dos horas antes de que suene mi primera alarma. No, no sé si estoy lista, pero tampoco voy a esconderme bajo las sábanas. Ya vi el recuerdo en Facebook, ya comencé a revivir la escena que tan a menudo viene a mi mente. Así que, dale. ¡Hagámoslo!

Te advierto que no se trata de ti, sino de él. Tú sólo duras 24 horas. Por décadas fuiste y viniste sin dejar mayores huellas, hasta el día en que me dejaste sin aliento. Marcaste el “después” de mi vida sin él y me obligaste a observarte en el calendario, tanto que anticipar tu llegada me ha inundado de lágrimas todo el mes. No lloraba porque te acercabas. Lloraba porque sabía que te pronunciarías en mi memoria con la misma nube gris que posaste sobre mi cabeza hace un año. Lo que no sabes es que esa nube es pasajera porque mi corazón está lleno de él y él siempre fue sol. Entonces, te invito a compartir un café mientras te cuento más.

La verdad es que no ha sido fácil extrañarlo ni pasar 52 domingos sin su llamada, pero él no me ha dejado sola. Yo sé que se ocupa de mí, que todavía me cuida y aconseja. Abogó para que yo saliera de donde no me atrevía a irme. Me dio espacio para manejar eso y todo lo que tú me hiciste sentir. Incluso cuando yo cuestionaba tantas cosas, él sabía que lo que necesitaba era tiempo. El día que pisé mi alma mater, lo recordé buscándome y llevándome cargada de motetes cada principio y cierre de semestre en que la residencia nos hacía mudarnos. No dudo que él me haya acompañado hasta aquella oficina en que las puertas comenzaron a abrirse. También, estuvo conmigo el día que me dio el ataque de pánico en medio de la covidianidad y le di gracias al Cielo de que él se libró del encierro, de las malas noticias y de la incertidumbre que este año ha traído. Aunque duele, 29, doy fe de la misericordia divina que lo alejó de la tierra antes de que empezara a temblar. Su casa sigue intacta, como si hubiera salido momentáneamente a hacer un mandado. Celebrar cosas sin él no es lo mismo, pero lo sentí cerca cuando mi hijo cumplió los 16. Ayer mismo le contaba a su maestra que abuelo vino desde Cabo Rojo a saber de nosotros después de María.

Las personas viven para siempre en el corazón de quienes saben amarlas y llevarlas. Aun cuando hace unos días mi hermano quiso enterrar sus cenizas, nada le resta a su presencia, nada me distancia de su alma. Sólo tengo que pensar en él para sentirlo conmigo y, agraciadamente, sobran recuerdos para escoger.

Puedes quedarte hasta las 11:59 p.m. Él se quedará eternamente.

Sinceramente,

La nena de papá