Querido 29 de octubre:

Tú ganas, ya estoy despierta. No sólo cambiaste mi vida para siempre, sino que hoy regresas y abres mis ojos de manera irreparable dos horas antes de que suene mi primera alarma. No, no sé si estoy lista, pero tampoco voy a esconderme bajo las sábanas. Ya vi el recuerdo en Facebook, ya comencé a revivir la escena que tan a menudo viene a mi mente. Así que, dale. ¡Hagámoslo!

Te advierto que no se trata de ti, sino de él. Tú sólo duras 24 horas. Por décadas fuiste y viniste sin dejar mayores huellas, hasta el día en que me dejaste sin aliento. Marcaste el “después” de mi vida sin él y me obligaste a observarte en el calendario, tanto que anticipar tu llegada me ha inundado de lágrimas todo el mes. No lloraba porque te acercabas. Lloraba porque sabía que te pronunciarías en mi memoria con la misma nube gris que posaste sobre mi cabeza hace un año. Lo que no sabes es que esa nube es pasajera porque mi corazón está lleno de él y él siempre fue sol. Entonces, te invito a compartir un café mientras te cuento más.

La verdad es que no ha sido fácil extrañarlo ni pasar 52 domingos sin su llamada, pero él no me ha dejado sola. Yo sé que se ocupa de mí, que todavía me cuida y aconseja. Abogó para que yo saliera de donde no me atrevía a irme. Me dio espacio para manejar eso y todo lo que tú me hiciste sentir. Incluso cuando yo cuestionaba tantas cosas, él sabía que lo que necesitaba era tiempo. El día que pisé mi alma mater, lo recordé buscándome y llevándome cargada de motetes cada principio y cierre de semestre en que la residencia nos hacía mudarnos. No dudo que él me haya acompañado hasta aquella oficina en que las puertas comenzaron a abrirse. También, estuvo conmigo el día que me dio el ataque de pánico en medio de la covidianidad y le di gracias al Cielo de que él se libró del encierro, de las malas noticias y de la incertidumbre que este año ha traído. Aunque duele, 29, doy fe de la misericordia divina que lo alejó de la tierra antes de que empezara a temblar. Su casa sigue intacta, como si hubiera salido momentáneamente a hacer un mandado. Celebrar cosas sin él no es lo mismo, pero lo sentí cerca cuando mi hijo cumplió los 16. Ayer mismo le contaba a su maestra que abuelo vino desde Cabo Rojo a saber de nosotros después de María.

Las personas viven para siempre en el corazón de quienes saben amarlas y llevarlas. Aun cuando hace unos días mi hermano quiso enterrar sus cenizas, nada le resta a su presencia, nada me distancia de su alma. Sólo tengo que pensar en él para sentirlo conmigo y, agraciadamente, sobran recuerdos para escoger.

Puedes quedarte hasta las 11:59 p.m. Él se quedará eternamente.

Sinceramente,

La nena de papá

El apagón me reactivó la musa.

Dos meses sin escribir y me encuentro aquí, en el mismo balcón en que durante los meses posmarianos veía pasar los días y luego las semanas. En medio del apagón, escucho el viento y unas gotas esporádicas me recuerdan este absurdo aviso de tormenta en pleno verano. ¡Qué añito estamos teniendo! El mío, como sabes, empezó en las filas del desempleo y con otro norte: mis estudios de maestría. Esa idea de recorrer nuevos caminos o, mejor dicho, caminos conocidos con nuevos rumbos, me hizo calmar el estrés de los temblores y hasta del supuesto meteoro. Dos meses más tarde, una excitante oportunidad profesional me devolvió la ilusión y a un territorio que también me resultaba conocido. Caminé aquellos pasillos y calenté mi oficina por un total de cinco días hasta que aquello que parecía lejano se hizo real, la Gobe nos puso en el lockdown y una pandemia nos hizo reaprender a vivir.

En mayo, inició mi segundo trimestre de la maestría con una carga académica y retos imposibles de anticipar. En junio, los ruidos a mi alrededor se me mudaron a la cabeza y, en medio de un abrumador episodio de ansiedad, caí. ¿Has escuchado de la gota que desborda la copa? Pues, yo sentí la mía derramarse hasta inundarme. Luego, vino mi primer día de los padres sin el mío, seguido de los anuncios que ofrecían libertinaje a la covidianidad. Ni la playa ni el cine ni los restaurantes abiertos a 50% me tentaron, pero la idea de reunirme con mi madre me hizo relocalizar el confinamiento al otro lado de la Isla.  Me regocijé por dos semanas en el hogar que me vio crecer y reafirmé que pocas cosas se comparan a tanta felicidad. Regresé al son de curvas de contagio elevadas y perdí la cuenta de los disparates que he leído dentro y fuera de las noticias. Sin embargo, mi enfoque era terminar el extenuante trimestre con fuerzas.  

Pero una noche, al termómetro le dio con marcar de manera consistente de esas temperaturas alarmantes. Entonces, un quebranto de salud me llevó días más tarde al equivalente de una sala de emergencias que, en estos tiempos, me aterra más que mi salida al supermercado del mes de abril. Los negativos no me hacen bajar la guardia. Del susto, he usado mascarilla hasta en las vídeollamadas, estoy durmiendo sola temporeramente y no recuerdo cuándo fue la última vez que abracé a mi hijo. Aun así, saqué voz de donde no la tenía para lucirme en las presentaciones de fin de curso y, justo cuando celebraba el reconocimiento de aquella profesora que me dio más trabajo que otras, recibí las notificaciones de suspensión de labores a cuenta de otra cosa más que nos pone en pausa este bendito año. Mas, ni ahorrar la carga del celular me hace olvidar que hoy es el noveno de mis -desde octubre- tristes días 29.

Pongámonos al día.

Tengo mucho que contarte, lector.  Estas últimas semanas han estado llenas de sucesos importantes, unos mejores o más felices que otros, razón por la que había tardado tanto en volver a escribir.  Me disculpo si estuviste esperando y agradezco que regreses a leerme.  Hay cosas que quiero narrarte a mayor escala, pero -por ahora- voy a resumirte un poco de lo acontecido desde la última vez que me senté al teclado. 

Marzo trajo aires de cambio para mí.  Realicé labor voluntaria para una organización sin fines de lucro en la que creo inmensamente.  Viví días hermosos junto a otros voluntarios en los que sentí total agradecimiento de la vida por lo mucho que me ha dado.  Ponerme al servicio de una hermosa causa me ayudó a renovar la esperanza.  Estando allí, recibí el callback que tanto había esperado.  Una prometedora oportunidad (sobre la que abundaré más adelante), puso fin a mi pausa, llenándome de entusiasmo y validando mi capacidad profesional para emprender cualquier reto.  Mi alegría pasó a un segundo plano cuando recibí una de esas llamadas familiares que hacen poner todo en perspectiva.  Mientras reconozco que la muerte es parte natural de la vida, hay maneras de partir que me hacen cuestionar a qué se reduce nuestra existencia.  ¿Cuántas personas recordarán cómo éramos antes de que nuestros cuerpos y mentes comenzasen a fallar?  ¿Quiénes estarán a nuestro lado cuando demos el último respiro?  Ambas preguntas, en este caso, me llevan a la misma respuesta y, sin miras de divulgar asuntos demasiado íntimos de mi familia, quiero dedicar unas líneas a solidarizarme con mi mamá.  Sólo el Padre sabe lo que su corazón y su mente guardan y, sintiéndome tan impotente en la distancia, rezo por su fortaleza y calma tras esta nueva tormenta.        

Con una mezcla emocional muy particular, inicié mi actual aventura en una industria que no me es desconocida.  Este rol me permite nutrirme de mi experiencia para desempeñar tareas que mi intelecto y curiosidad ansían explorar.  El ambiente es fresco y liviano o, al menos, así lo sentí hasta que se desató la crisis por la pandemia que amenaza al mundo entero.  Laboralmente, he visto mucha proactividad en la toma de decisiones y un enfoque humanitario y lleno de consciencia que me hace sentir orgullosa de trabajar ahí.  Personalmente, ayer salí a hacer las diligencias propias de mis sábados y percibí un pánico muy distinto al que los puertorriqueños exhibimos por los huracanes y sismos.  Las mascarillas, los guantes y la escasez de desinfectantes de todo tipo me dieron la sensación de paredes cerrándose rápidamente a mi alrededor.  Intentando conservar gran parte de mi usual calma ante otras emergencias, hice lo que pude sin exponer a mi hijo, elevé una oración y me dispuse a encuevarme.  Luchando por manejar mejor mi tiempo, espero distraer mi mente entre tareas académicas y domésticas y darle poco espacio a la expectativa y ansiedad que hoy nos ocupan a todos.  Respiro y me repito: esto, también, pasará.   

Otro domingo que no me llamas

Hoy es otro domingo que no me llamas y no es que esté aburrida ni me sobre el tiempo.  Es que sigo esperando que suene el teléfono y seas tú.  Miro la pantalla de mi celular y, cuando me doy cuenta de que son las 2:00 p.m., comienzo a sentirme ansiosa.  Veo tu contacto entre mis favoritos, pienso en llamarte y tengo que obligar a mi cerebro a enviarle una señal a mi dedo para que no marque tu nombre.  ¡Tengo tanto que contarte!  No es algo que no sepas.  Me consta que has estado pendiente de mí y atento a todo lo que sucede y, de verdad, lo aprecio profundamente.  Incluso, veo tu mano en ciertos sucesos que van desarrollándose.  Siento tu presencia en mi vida, pero necesito escuchar tu voz.

Por favor, no lo llames costumbre.  Sigues siendo una parte importante de mí y eso no va a cambiar con el tiempo.  Cuatro meses sin verte y 18 domingos sin tu llamada no me han quitado las ganas de correr a abrazarte.  Hasta he comenzado a hablarle a tu vieja foto, pero bueno… la foto no me contesta.  Un “Hi, baby!” me haría el día.  Un “Hey, don’t worry about it” me daría confianza.  Te fuiste sin avisar y, aunque me costó mucho asimilarlo, entiendo por qué.  En lugar de pensar en qué pude haber hecho distinto o en las cosas que me faltaron por decirte, pienso en todo el tiempo que disfruté a tu lado, en el inmenso amor que me diste y en que, gracias a eso, estoy de pie.  Sé que me lees a tu manera, pero sí.  Lo que pasa es que no quiero escribirte con tristeza.  Prefiero dirigirme a ti con agradecimiento.  ¡Gracias por escucharme!  No importa de dónde ni cuándo te hable, tarde o temprano me envías una respuesta.  ¡Gracias por permitirme tener más días claros que grises!  Tu luz continúa iluminándome el camino.  ¡Gracias por ayudarme a escoger mis batallas y darme fuerzas para pelear las que verdaderamente importan!  ¡Gracias por darme la oportunidad de estar allí hoy!  (El que sabe, sabe.)  Te sentí con nosotros, con el mismo orgullo de siempre.  Por si no te lo ha dicho recientemente, él también te extraña.  Sobre todo, ¡gracias por seguir creyendo en mí!  Si bien la falta que me haces es indescriptible, saberte aún de mi lado es el mejor consuelo. 

Si adviertes que mis lágrimas no cesan, no pienses en lo mucho que me duele.  Mejor, piensa en lo mucho que te amo.  Piensa en lo endeudada que vivo con el Cielo por haberme dado un padre maravilloso.  Es muy probable que esto de no verte nunca me resulte fácil, pa’.  Pero es más probable que mi corazón sonría por siempre cada vez que te recuerde.  Así que, no borraré tu número de mi teléfono.  No dejaré de hablarle a tu foto y no pararé jamás de susurrarte hacia el cielo: “I love you, daddy-oh”.     

Créeme, ¡estoy bien!

Para sorpresa de muchos, estoy bien.  Los golpes recientes han dejado cicatrices, unas más profundas que otras.  Por ejemplo, la muerte de mi papá sigue doliendo y reconozco que esta semana he mirado el teléfono varias veces con intenciones de llamarlo.  ¡No encuentro cómo borrarlo de mis Favoritos! ☹ En cuanto al trabajo, pienso que es cuestión de perspectiva e intentaré darte la mía en #500PalabrasOMenos.  Siempre he creído que cada cosa tiene su propósito, aunque éste no se defina de primera instancia.  Evitando denominaciones, me considero una persona espiritual y tengo fe de que el Ser Supremo siempre me da lo que verdaderamente necesito, aun cuando no coincide con lo que quiero. 

Yo había lanzado un primer mensaje al universo.  Contrario a mi empleo anterior en el que duré más de 16 años, en este último no me veía a largo plazo.  Francamente, después de lo de papi, los días se hacían más largos.  Yo me exigía estar bien desde ya, pero me pesaba pasar horas frente a aquella computadora sin lograr reintegrarme con mis compañeros.  Me rompía con cada “cómo estás” y más con aquellos en los que la otra persona inclinaba su cabeza en este único gesto de “¡bendito!”.  Estaba en total modo de supervivencia y mi agotamiento emocional se convertía en físico.  Entonces, comenzaron las señales.  ¡Algo estaba por pasar!  Mi suelo iba a ser sacudido y yo tenía que hallar de dónde sujetarme para no caer más profundo de lo necesario.  ¿Sabes qué?  No fue tan difícil como imaginaba.  Un peso había sido levantado de mis hombros y, por primera vez en semanas, sentí paz.  Entendí que eso era lo que tenía que suceder para poder bregar conmigo misma, para que mi proceso de duelo siguiera su curso y para reenfocarme en otras cosas.  ¡Y eso pretendo! 

Lejos de librarme de inquietudes, decírselo a mi familia era transferirles una responsabilidad que yo (mujer alfa) siempre me había reservado.  Pero, nuevamente, no fue tan difícil como imaginaba.  Sí, mi persona tiene mayor carga económica, a mi hijo le chocó que -por primera vez- mami no tiene trabajo y mi mamá hizo lo que mejor sabe hacer.  Ninguno ha restregado en mi cara la preocupación natural que sienten y eso ha sido de gran ayuda.  A ellos se suma el sistema de apoyo del que te hablé hace poco, muchos de los que se enteraron a través de mi primer #Blog: “Si no escribo, exploto”.  Las palabras de aliento, el refuerzo positivo y los “envíame tu resumé” no han faltado, como tampoco han faltado quienes parecen necesitar que yo los consuele ante la noticia.  Por si eres uno de ellos, tranquilízate sabiendo que mi pausa no es sinónimo de estancamiento.  Estoy haciendo lo que tengo que hacer para aprovechar esta oportunidad de reiniciar.  ¡Ya sé cuál es el propósito!  Cuento con el respaldo de mucha gente linda que me ayuda a explorar las alternativas con claridad.  Así que, créeme, ¡estoy bien!  😊

15 cosas que no caben en su urna

Hace poco más de un mes que mi héroe sin capa se fue a volar a lo más alto.  Hablar sobre lo que siento ha sido casi tan difícil como no recibir su llamada los domingos y la pequeña urna que guardo con parte sus cenizas me hace extrañarlo más de lo que jamás podía imaginar.  Mientras enfrento el reto de referirme a mi papá en tiempo pasado, confieso que escuchar relatos sobre él devuelve la luz a mi rostro.  Por eso, escogí contarte 15 cosas que no caben en su urna en #500PalabrasOMenos.    

  1. Cada vez que mami lo mandaba a comprar pizza mientras vivían en Nueva York, él llegaba cargando la pizza verticalmente.
  2. Era loco alquilándome musicales y películas de baile, aunque fueran las mismas una y otra vez. 
  3. De niña me llevaba a la Playa Buyé y teníamos un ritual de lavado de cabello con “agua del mar de Buyé” y “champú del mar de Buyé”. 
  4. Fue él a quien le tocó pasar el día entero conmigo cuando la madre naturaleza me visitó por primera vez.  (Estaba más nervioso que yo, pero lo hizo muy bien.)
  5. Me enseñó a planchar ropa, cómo cuidar propiamente de los lentes de contacto y a comer mofongo con caldo, entras otras cosas.
  6. Mientras tuvo sus dos piernas, siempre me daba la mano para caminar.  Era de los que abría puertas, acomodaba sillas y se aseguraba de que yo quedara en la parte interna de la acera. 
  7. Bailar con él era sinónimo de reírnos toda la canción. 
  8. Siempre que le tocaba pasar un peaje: leía el letrero que indicaba la cantidad a depositar de acuerdo con los ejes que tuviera el vehículo, echaba las monedas y decía “eje, eje” (porque eran dos). ☺ 
  9. El día que le anuncié que estaba embarazada fue a visitarme horas más tarde y me llevó de regalo un conejo de peluche que tenía un conejito bebé en los brazos.
  10. Cuando nació mi hijo, entró a mi cuarto a escondidas del personal del hospital porque faltaban horas para las visitas autorizadas. 
  11. Su sabor favorito de Baskin Robbins era Rocky Road, pero si el helado era de los chinos de Cabo Rojo, pedía 1/2 uva y 1/2 china. 
  12. En mi cumpleaños #30, me regaló los dos libros que me leía cuando le tocaba llevarme al médico de niña: Green eggs and ham y The cat in the hat
  13. Disfrutaba de enviar tarjetas de cumpleaños y navidades por correo tradicional. 
  14. Cumplió 39 años 34 veces. 
  15. Siempre estuvo para los momentos importantes.

Mi adorado daddy-oh honraba a capacidad la frase que Frenchy le dijo a Sandy en Grease: “The only man a girl can depend on is her daddy”.  Recordarlo con amor me ayudará a reafirmar que nunca muere quien no se olvida.