A un año de la pausa

Hace exactamente un año inicié este blog con una entrada titulada ‘Si no escribo, exploto’. En ella, compartí públicamente una noticia que no estaba preparada para dar en voz alta. Yo atravesaba un periodo de pérdida doble, pues había sido cesanteada de mi nuevo empleo a sólo dos semanas del fallecimiento repentino de mi papá. En la mañana del mismo día en que había sido citada por Recursos Humanos para las 5:00 p.m., escuché el discurso de una mujer que hablaba del valor de honrar la pausa, de que no es necesario tener todas las respuestas. Ella cerró su ponencia diciendo “no podrás encontrarte hasta que te hayas perdido un poco”. Así que, en aquel instante abismal en que sentí que el universo había gritado “¡PAUSA!”, pausé.

Viví momentos difíciles. Por un lado, me tocaba aprender a vivir sin mi héroe. Por el otro, mi ego profesional había recibido un golpe fuerte. La pregunta inmediata era obvia: ¿y ahora, qué?. La contestación me tomó más tiempo, pero estaba clara de que no tenía que hallarla para nadie que no fuera yo misma. Me acostumbré a decir “no sé”, filtré llamadas que podían robarme la paz y empecé a bregar conmigo. Me quité la prisa por estar bien y me dediqué por unas semanas a simplemente estar. Fue ahí cuando decidí beneficiarme de una de las destrezas más utilizadas durante mi trayectoria profesional, mi escritura. En cada publicación soltaba las emociones presentes sin poder anticipar la acogida de lectores conocidos y desconocidos. Todavía me resulta inverosímil que alguien que nunca ha visto mi rostro o escuchado mi voz pueda encontrarse entre mis palabras. La distracción me dio un propósito. Mi pausa fue el espacio perfecto para llevar mi proceso de duelo a mi ritmo y con el hermoso respaldo de los que pasaron la prueba del colador, los de verdad.

366 días más tarde, te aseguro que el mayor reto que enfrento hoy es el provocado por la pandemia y sus derivados. Como una flecha que se hala hacia atrás antes de ser disparada, encontré dirección. Tengo la oportunidad de ser madre a tiempo completo y, aunque estar confinada con un adolescente es otro cuento, trato de darle a mi amado hijo un ejemplo de perseverancia. Estoy a punto de comenzar mi último trimestre de maestría con excelencia académica y constantes adiciones a mi cajita de herramientas. Cumplí ocho meses realizando una labor que me llena. Soy parte de un equipo de trabajo maravilloso que busca hacer la diferencia en el mundo y que ha estrechado lazos reales aun desde la virtualidad. Por primera vez en mi vida, tengo ahorros en el banco y hasta se me olvida cuándo son los días de cobro. Incluso cuando he sufrido episodios de oscuridad, y ante la incertidumbre actual, nunca me ha faltado luz y eso está bastante bien para un año que nos ha puesto a temblar.

¡Gracias por acompañarme a honrar y salir de mi pausa!

Dos semanas y tres meses

Desde que tengo uso de razón, tengo memoria de elefanta selectiva. Mi capacidad para recordar es impresionante, pero sólo con aquellas cosas que mi cerebro identifica como importantes. Muchos de esos recuerdos se dan por asociación o porque enmarco la fecha en el tiempo de algún suceso importante. Por ejemplo, mi papá falleció exactamente dos semanas después de que regresáramos de nuestro primer viaje familiar. Yo me quedé sin empleo dos semanas luego de su muerte. Será difícil desligar un evento del otro en mi calendario que hoy marca tres meses de convertirme en madre a tiempo completo de un adolescente. Hoy celebro, además, haber sobrevivido las primeras dos semanas de mis estudios graduados. Quizás, te preguntes qué tengo que celebrar de sólo dos semanas y te explicaré en #500PalabrasOMenos.

Mencioné antes que volver a la universidad representaba muchos retos. Pues, tengo que confesar que, cuando escribí eso, no tenía idea de cuántos. Rehacer hábitos de estudio en el siglo 21 equivale a dominar metodologías educativas que no conocí durante el bachillerato. Una maestría híbrida, como la que estoy estudiando, combina clases presenciales y reuniones por vídeo conferencia con una carga académica mayor a la de un estudiante que va al salón regularmente y recibe todas las lecciones cara a cara con su profesor. Estos programas están diseñados para personas que tienen una carrera o se encuentran en etapas de sus vidas en las que su función primordial no es ser estudiantes, y lo entiendo perfectamente, pero nunca imaginé tener tanto trabajo semanalmente. Entro una asignación a la plataforma la noche del domingo y, a la mañana siguiente, la próxima está abierta y el timer mental que había puesto en pausa echa a correr nuevamente. El capítulo más corto que me ha tocado leer ha sido de 22 páginas (en inglés) y la mayoría de las lecturas han venido con instrucciones de investigar temas que consumen aun más tiempo. A dos semanas de los próximos 14 meses a este ritmo, celebro porque confío en que vale el esfuerzo. Me encuentro retándome a mí misma para satisfacer mis propias expectativas, dándome cuenta de que los más jóvenes enfrentan los mismos retos y sirviendo de apoyo a los que expresan mayor dificultad. Quiero releer esto el próximo año cuando recoja la toga para mi graduación y recordar que fue mi determinación la que me llevó hasta ahí.

Con una determinación menos palpable cuento los tres meses de mi actual desempleo y respiro profundamente. Juraba que encontraría otro trabajo en menos tiempo, pero siento que algo bueno está cerca. Decidí ver el tedioso proceso de entrevistas como el de audicionar para el próximo gran rol de mi vida. Que algunos directores busquen otro perfil no me hace menos talentosa. Lo importante es que el teléfono sigue sonando. Mientras espero el callback apropiado, continúo preparándome porque, aunque no tengo el libreto, sé que será un papel importante y cuento con una fanaticada que apuesta a mí.

Si no escribo, exploto.

El universo estaba gritando “¡PAUSA!”.

¡Hola!  Por si no me conoces, me llaman Sofía, Sophie, SoLo…  Soy una mujer adulta, caborrojeña mudada a San Juan, madre de un hombre en potencia, trabajadora y sentipensante.  El 2019 ha sido un año “interesante”.  Hasta ahora: he cambiado de empleos, llegado a los famosos 40, realizado el sueño de nuestro primer viaje familiar, perdido a mi padre y me he visto en la obligación de hacer una pausa en mi vida.  Conmigo en mente, decidí iniciar este blog para expresarme y mantener activas mis destrezas de comunicadora.  Si decides seguir leyendo, ¡gracias!  Mi compromiso es contarte mi versión de lo que sea que estoy viviendo, pero en #500PalabrasOMenos. 

Sin excederme en detalles sobre los cambios de empleo, te contaré que lo más difícil fue atreverme a renunciar a la compañía que fue mi segundo hogar por casi 17 años.  Ese trabajo me apasionaba grandemente, pero la oportunidad se presentó en un momento en que me preguntaba si había algún espacio allí para crecer.  Fue así como -ansiosa, pero esperanzada- el 18 de marzo presenté la primera carta de renuncia que había escrito para mí misma.  Desde la cara de incredulidad de mi exjefe y la sorpresa de aquellos compañeros que ya eran parte de mi familia hasta la hermosa despedida que me hicieron, confieso que mi salida estuvo cargadita de emociones.  El 1 de abril, empecé un nuevo reto profesional en una industria de la que no conocía nada y me retaba mucho, lo que tomé como una oportunidad para aprender.  El ambiente me hizo sentir a gusto y la confianza de mi supervisor fue excepcional.  Estando allí celebré mi cumpleaños #40, edad a la que añoraba llegar.  Mi teoría era que teniendo 39 sentía que no pertenecía ni a los 30s ni a los 40s.  Bendecida con una genética envidiable, festejé el convertirme en señora de las cuatro décadas más que cuando cumplí 15.  En septiembre, mi adolescente cumplió los suyos y de regalo tomamos nuestro primer #FamilyCation.  Como muchos en Puerto Rico, vivimos de cheque a cheque, pero nos propusimos ahorrar para hacer que este viaje fuera memorable.  ¡Y lo logramos!  Viajamos a Orlando con una ambiciosa agenda de cinco parques en cinco días que nos llenó de alegría, recuerdos y burbujas de agua en los pies.

A dos semanas de nuestro regreso, recibí la llamada para la que nunca se está preparado.  Mi héroe sin capa había fallecido.  Con una maleta llena de ropa negra y el corazón roto, fui a mi pueblo a despedirme de mi primer amor.  Mi mundo, ahora, se veía distinto.  Quizás por eso, al perder ese nuevo empleo, sólo exhalé profundamente y me retiré con dignidad.  Pues, el universo estaba gritando “¡PAUSA!” y todo lo que yo tenía que contestar era “OK”.  A lo demás, hoy lo único que puedo responder es “no sé”.   Así que, con mucha fe en mí, te invito a ser parte de mi pausa leyéndome porque, si no escribo, exploto.