Dos semanas y tres meses

Desde que tengo uso de razón, tengo memoria de elefanta selectiva. Mi capacidad para recordar es impresionante, pero sólo con aquellas cosas que mi cerebro identifica como importantes. Muchos de esos recuerdos se dan por asociación o porque enmarco la fecha en el tiempo de algún suceso importante. Por ejemplo, mi papá falleció exactamente dos semanas después de que regresáramos de nuestro primer viaje familiar. Yo me quedé sin empleo dos semanas luego de su muerte. Será difícil desligar un evento del otro en mi calendario que hoy marca tres meses de convertirme en madre a tiempo completo de un adolescente. Hoy celebro, además, haber sobrevivido las primeras dos semanas de mis estudios graduados. Quizás, te preguntes qué tengo que celebrar de sólo dos semanas y te explicaré en #500PalabrasOMenos.

Mencioné antes que volver a la universidad representaba muchos retos. Pues, tengo que confesar que, cuando escribí eso, no tenía idea de cuántos. Rehacer hábitos de estudio en el siglo 21 equivale a dominar metodologías educativas que no conocí durante el bachillerato. Una maestría híbrida, como la que estoy estudiando, combina clases presenciales y reuniones por vídeo conferencia con una carga académica mayor a la de un estudiante que va al salón regularmente y recibe todas las lecciones cara a cara con su profesor. Estos programas están diseñados para personas que tienen una carrera o se encuentran en etapas de sus vidas en las que su función primordial no es ser estudiantes, y lo entiendo perfectamente, pero nunca imaginé tener tanto trabajo semanalmente. Entro una asignación a la plataforma la noche del domingo y, a la mañana siguiente, la próxima está abierta y el timer mental que había puesto en pausa echa a correr nuevamente. El capítulo más corto que me ha tocado leer ha sido de 22 páginas (en inglés) y la mayoría de las lecturas han venido con instrucciones de investigar temas que consumen aun más tiempo. A dos semanas de los próximos 14 meses a este ritmo, celebro porque confío en que vale el esfuerzo. Me encuentro retándome a mí misma para satisfacer mis propias expectativas, dándome cuenta de que los más jóvenes enfrentan los mismos retos y sirviendo de apoyo a los que expresan mayor dificultad. Quiero releer esto el próximo año cuando recoja la toga para mi graduación y recordar que fue mi determinación la que me llevó hasta ahí.

Con una determinación menos palpable cuento los tres meses de mi actual desempleo y respiro profundamente. Juraba que encontraría otro trabajo en menos tiempo, pero siento que algo bueno está cerca. Decidí ver el tedioso proceso de entrevistas como el de audicionar para el próximo gran rol de mi vida. Que algunos directores busquen otro perfil no me hace menos talentosa. Lo importante es que el teléfono sigue sonando. Mientras espero el callback apropiado, continúo preparándome porque, aunque no tengo el libreto, sé que será un papel importante y cuento con una fanaticada que apuesta a mí.

Créeme, ¡estoy bien!

Para sorpresa de muchos, estoy bien.  Los golpes recientes han dejado cicatrices, unas más profundas que otras.  Por ejemplo, la muerte de mi papá sigue doliendo y reconozco que esta semana he mirado el teléfono varias veces con intenciones de llamarlo.  ¡No encuentro cómo borrarlo de mis Favoritos! ☹ En cuanto al trabajo, pienso que es cuestión de perspectiva e intentaré darte la mía en #500PalabrasOMenos.  Siempre he creído que cada cosa tiene su propósito, aunque éste no se defina de primera instancia.  Evitando denominaciones, me considero una persona espiritual y tengo fe de que el Ser Supremo siempre me da lo que verdaderamente necesito, aun cuando no coincide con lo que quiero. 

Yo había lanzado un primer mensaje al universo.  Contrario a mi empleo anterior en el que duré más de 16 años, en este último no me veía a largo plazo.  Francamente, después de lo de papi, los días se hacían más largos.  Yo me exigía estar bien desde ya, pero me pesaba pasar horas frente a aquella computadora sin lograr reintegrarme con mis compañeros.  Me rompía con cada “cómo estás” y más con aquellos en los que la otra persona inclinaba su cabeza en este único gesto de “¡bendito!”.  Estaba en total modo de supervivencia y mi agotamiento emocional se convertía en físico.  Entonces, comenzaron las señales.  ¡Algo estaba por pasar!  Mi suelo iba a ser sacudido y yo tenía que hallar de dónde sujetarme para no caer más profundo de lo necesario.  ¿Sabes qué?  No fue tan difícil como imaginaba.  Un peso había sido levantado de mis hombros y, por primera vez en semanas, sentí paz.  Entendí que eso era lo que tenía que suceder para poder bregar conmigo misma, para que mi proceso de duelo siguiera su curso y para reenfocarme en otras cosas.  ¡Y eso pretendo! 

Lejos de librarme de inquietudes, decírselo a mi familia era transferirles una responsabilidad que yo (mujer alfa) siempre me había reservado.  Pero, nuevamente, no fue tan difícil como imaginaba.  Sí, mi persona tiene mayor carga económica, a mi hijo le chocó que -por primera vez- mami no tiene trabajo y mi mamá hizo lo que mejor sabe hacer.  Ninguno ha restregado en mi cara la preocupación natural que sienten y eso ha sido de gran ayuda.  A ellos se suma el sistema de apoyo del que te hablé hace poco, muchos de los que se enteraron a través de mi primer #Blog: “Si no escribo, exploto”.  Las palabras de aliento, el refuerzo positivo y los “envíame tu resumé” no han faltado, como tampoco han faltado quienes parecen necesitar que yo los consuele ante la noticia.  Por si eres uno de ellos, tranquilízate sabiendo que mi pausa no es sinónimo de estancamiento.  Estoy haciendo lo que tengo que hacer para aprovechar esta oportunidad de reiniciar.  ¡Ya sé cuál es el propósito!  Cuento con el respaldo de mucha gente linda que me ayuda a explorar las alternativas con claridad.  Así que, créeme, ¡estoy bien!  😊