El apagón me reactivó la musa.

Dos meses sin escribir y me encuentro aquí, en el mismo balcón en que durante los meses posmarianos veía pasar los días y luego las semanas. En medio del apagón, escucho el viento y unas gotas esporádicas me recuerdan este absurdo aviso de tormenta en pleno verano. ¡Qué añito estamos teniendo! El mío, como sabes, empezó en las filas del desempleo y con otro norte: mis estudios de maestría. Esa idea de recorrer nuevos caminos o, mejor dicho, caminos conocidos con nuevos rumbos, me hizo calmar el estrés de los temblores y hasta del supuesto meteoro. Dos meses más tarde, una excitante oportunidad profesional me devolvió la ilusión y a un territorio que también me resultaba conocido. Caminé aquellos pasillos y calenté mi oficina por un total de cinco días hasta que aquello que parecía lejano se hizo real, la Gobe nos puso en el lockdown y una pandemia nos hizo reaprender a vivir.

En mayo, inició mi segundo trimestre de la maestría con una carga académica y retos imposibles de anticipar. En junio, los ruidos a mi alrededor se me mudaron a la cabeza y, en medio de un abrumador episodio de ansiedad, caí. ¿Has escuchado de la gota que desborda la copa? Pues, yo sentí la mía derramarse hasta inundarme. Luego, vino mi primer día de los padres sin el mío, seguido de los anuncios que ofrecían libertinaje a la covidianidad. Ni la playa ni el cine ni los restaurantes abiertos a 50% me tentaron, pero la idea de reunirme con mi madre me hizo relocalizar el confinamiento al otro lado de la Isla.  Me regocijé por dos semanas en el hogar que me vio crecer y reafirmé que pocas cosas se comparan a tanta felicidad. Regresé al son de curvas de contagio elevadas y perdí la cuenta de los disparates que he leído dentro y fuera de las noticias. Sin embargo, mi enfoque era terminar el extenuante trimestre con fuerzas.  

Pero una noche, al termómetro le dio con marcar de manera consistente de esas temperaturas alarmantes. Entonces, un quebranto de salud me llevó días más tarde al equivalente de una sala de emergencias que, en estos tiempos, me aterra más que mi salida al supermercado del mes de abril. Los negativos no me hacen bajar la guardia. Del susto, he usado mascarilla hasta en las vídeollamadas, estoy durmiendo sola temporeramente y no recuerdo cuándo fue la última vez que abracé a mi hijo. Aun así, saqué voz de donde no la tenía para lucirme en las presentaciones de fin de curso y, justo cuando celebraba el reconocimiento de aquella profesora que me dio más trabajo que otras, recibí las notificaciones de suspensión de labores a cuenta de otra cosa más que nos pone en pausa este bendito año. Mas, ni ahorrar la carga del celular me hace olvidar que hoy es el noveno de mis -desde octubre- tristes días 29.

Livin’ la vida en Zoom

Entre todos los cambios que ha traído la nueva norma, uno de los más notorios es la vídeo llamada.  Si tienes suerte, tu teléfono ahora suena -con mayor frecuencia- con la cámara encendida.  Algunos tratamos de acomodarnos las greñas antes de aceptar la ansiada interacción con alguien que no está bajo el mismo techo, mientras que otros parecen vivir camera ready.  Lo cierto es que, cuando esas interacciones forman parte de tu covidianidad, hay espacio para desarrollar una relación amor/odio con cualquier plataforma que las facilite.

Zoom, por ejemplo, es actualmente la herramienta más popular para celebrar reuniones profesionales, sociales, académicas y de desarrollo.  El confinamiento no permite reuniones presenciales y aparenta ser que las llamadas en conferencia ya no son suficiente.  En mi caso, el día comienza mirando la agenda para validar si tengo o no reuniones [por Zoom] calendarizadas y, si las tengo, saber con quién o quiénes dicta los próximos pasos.  Mi política es que, si no hay reunión, no hay brasier.  Dado que trabajo desde un rinconcito en mi mesa del micro comedor, disfruto del aire a condición de que entre por las ventanas o sople del abanico.  Esto significa que no me verás en manga larga hasta nuevo aviso.  Entonces, si la reunión es con mi supervisora o mis compañeras, me pongo una camisa de mangas cortas, prescindo del maquillaje y de los lentes de contacto por pura pereza de ponérmelos.  En este punto, y a apenas tres meses en mi nuevo empleo, todas nos hemos visto sin filtro y esa etiqueta es aceptada en nuestro pequeño círculo.  Sin embargo, si la reunión es con terceros, opto por una blusa más decente, uso sólo seis de los 874 productos con que uno se maquilla hoy día, me pongo los lentes y hago un esfuerzo por que el cabello luzca decente.  Claro está, está mini producción aplica estrictamente de la cintura hacia arriba, donde la cámara alcanza.  De la cintura hacia abajo, ahora vivo en cortos y chancletas y la verdad es que la imagen completa en el espejo es un chiste.

Además del trabajo, estudio mi maestría en Zoom.  ¡Aquí se ve de todo!  Hay personas más desaliñadas que uno, los que quieren hacer la clase acostados, perros en la falda, gatos frente al monitor, juguitos de adulto en cámara, parejas y niños caminando detrás, fondos virtuales cuestionables y el interminable problema del audio y la pobre conexión.  ¿Has visto algún vídeo viral de papelones en Zoom?  Pues, nadie está exento.  Finalmente, los encuentros sociales admiten otro tipo de dinámicas, unas menos exitosas que otras.  Un happy hour en Zoom es divertidísimo, pero recomiendo limitar la cantidad de participantes.  Contrario a los encuentros en persona, aquí no puedes cambiar de grupo si un tema no te gusta y todos quieren hablar a la vez.  Pero mi cumpleaños así fue divino y reconozco que, dentro de todo lo que estamos viviendo, hay cosas peores que estar livin’ la vida en Zoom.

Mi mayo distinto; no menos especial

En días recientes, celebré mi cumpleaños #41. Como flor de mayo, acostumbro a recibir este mes con ilusión. En mi perfil personal, siempre saludo al primero de estos 31 días en que no faltan pretextos para prolongar mi celebración. ¡Así como lo oyes! Y, si le añado el Día de las Madres, sumo más motivos para adelantar o extender las festividades a lo largo de esas cuatro semanas. Soy fanática de las changuerías. Cualquier detalle es bien recibido, especialmente, si es de esas cosas que conectan conmigo de manera única. Me matan los “vi esto y me acordé de ti”, las sorpresas, las interminables excusas para reencontrarme con amigos que no veo hace tiempo. Mas, en el vigésimo aniversario de mi mayoría de edad no había mucho espacio para eso.

La anticipación a ese wikén fue medio rara. Caía sábado y tenía la esperanza de bajar a mi pueblo para pasar el día junto a mami, pero no estaba convencida de salir del confinamiento y exponernos a todos por la nostalgia propia de la fecha. Entonces, tocaba hacerme de la idea de que pasaría -por primera vez- mi natalicio sin ella. Lo que sonaba peor era visualizar ese segundo domingo de mayo sin abrazarla. Para eso, me preparé con tiempo y un detalle poco común. Nosotras solemos ser muy prácticas al regalarnos. Sin embargo, esta ocasión necesitaba compensar el distanciamiento físico con algo que la hiciera sentir mimada y una postal no me parecía suficiente. Con ayuda de una microempresaria local, le envié por correo un paquetito que ni siquiera tenía mi nombre en el remitente. Ella tardó un par de días en ir a buscarlo y lo abrió sin pensar que pudiera ser mío. La llamada que le siguió a su asombro fue hermosa. Ver su carita, aunque fuera a través de una pantalla, me devolvió la alegría que no tenerla cerca había estado restándome.

Curiosamente, la víspera de mi cumpleaños me contactó la misma emprendedora a la que le encargué el regalito anunciando una entrega para mí. 24 horas antes, otra amiga embelequera me había pedido ideas para agasajar a su progenitora e ingenuamente le recomendé sin imaginar que ella estaba actuando como duende de la mía. Esa inesperada cajita repleta de amor y nuestra divertida interacción en Messenger hicieron el corte de cinta a la fiesta, seguido de un Venmo-gift por $41 😂, vinito y un ladies’ night in. El sábado amanecí entre felicidad y añoranza, y dejé escapar lágrimas que sequé tras el primer timbre del teléfono que, agraciadamente, no paró en todo el día. Leí mensajes, recibí y decoré un bizcochito cortesía de una pareja querida, brindé con mi familia cantándome por vídeo llamada, mi sobrina me dibujó una tarjeta en vivo, cené a mi antojo con los hombres de la casa gracias a Uber Eats, y cerré la noche en un Zoom nonenblanc con gente divina, Tommy Torres por YouTube de fondo, y sintiéndome consentida y amada.

Mi niña interior quiere salir.

Unos días pasan más lentos que otros en esto del aislamiento social.  Veo gente contando los días; algunos van por 12, otros por nueve y a mí no me ha dado con marcar en el calendario cuándo comencé a quedarme en casa por orden ejecutiva y sentido común.  Tengo un punto a mi favor en el asunto o, al menos, eso me hago creer cada mañana cuando comparo este acuartelamiento impuesto con los meses que duró mi pausa.  Si sigues mi blog, es probable que hayas leído sobre los sucesos que me hicieron sentar en el banco a contemplar la vida desde otro ángulo.  Grandes cosas han pasado desde entonces, pero pienso que encontrarme con todo ese tiempo libre me dio la gran oportunidad de aprender a vivir conmigo y es ahí donde estriba mi ventaja.  Verme a los ojos, explorarme, cuestionarme y aceptarme me ayudan a encontrarme más cómoda ahora que me toca distanciarme de todo, pero no de todos.

Sé estar entre cuatro paredes, sé sentarme por horas frente a la computadora, cocinar múltiples veces al día, disfrutar de largos ratos de ocio y dormir hasta que sea hora de levantarme para hacerlo todo de nuevo.  En cambio, esta vez no estoy con Misma, mi persona y mi hijo están aquí 24/7 y aún nadie se ha tirado por el balcón.  No pretendo venderte la idea de que estamos como las pascuas, pero creo que sería mil veces peor si yo estuviera arrastrando mi carga emocional de los pasados meses.  Afortunadamente, estoy trabajando remoto, cosa que ocupa mi mente y gran parte de mi tiempo mientras me permite ser yo quien aporte a nuestra economía familiar.  Ellos pasan los días cada uno en su mundo, reagrupándose con la frecuencia que nos sentamos a comer y a ver televisión juntos.  Hoy se sentaron a jugar Xbox y, en medio de la tira’era de su juego competitivo, me regalaron las carcajadas más chulas de estas semanas.  Hasta el encierro tiene sus momentos divertidos si estás dispuesto a mantener los ojos abiertos para verlos.

Indudablemente, tengo los mismos sentimientos de temor e incertidumbre ante esta pandemia.  Lejos de la histeria y de los protocolos excesivos, me he asegurado de hacer lo que está a mi alcance, de reducir a una las salidas de la semana, de no exponer a mi familia y de mantener algo de cordura.  Pero me he sorprendido mirando distinto aquellas escenas en que una persona toca la mano de otra en una serie.  Escucho una voz en mi cabeza preguntando por qué no están a seis pies de distancia y hasta envidiando el escenario en que un abrazo no representa un peligro.  Aun con tanta consciencia, quiero ir a ver a mi madre, llevar a mi hijo al cine, compartir unas copas con mis amigos o siquiera dar una chancleteadita en Marshalls.  Y estoy esperando la alerta que notifique la extensión indefinida de esta necesaria cuarentena, pero mi niña interior quiere salir.

Desde mi experiencia: Consejos para trabajar remoto

Muchas organizaciones se han visto forzadas a cerrar operaciones durante la cuarentena impuesta por nuestra realidad actual.  Otras, han podido activar parte de su estructura laboral de manera virtual.  Si has sido privilegiado con la flexibilidad y comodidad de trabajar remoto, debes comenzar por reconocer que es una gran responsabilidad. 

Dado que no es mi primera vez trabajando desde casa, me atrevo a compartirte diez consejos desde mi experiencia -y en orden aleatorio- que pueden favorecer la tuya.

  • Cuenta tus bendiciones prudentemente.  Si tienes la oportunidad de trabajar desde tu hogar, no es momento de quejarte ni presumir.  Solidarízate con los que quisieran estar trabajando y no pueden; con los que quisieran estar en sus casas y están llamados a servir. 
  • Honra tu horario laborable.  Esto aplica tanto a cumplir con tu jornada completa como a dejar tiempo para ti antes y después del horario asignado.  Si trabajas regularmente de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., esfuérzate por mantenerte productivo y disponible en ese horario. 
  • Intenta mantener una rutina.  Mientras menos te alejes de lo que haces cuando vas a la oficina formalmente, más fácil será la transición cuando te toque regresar a la normalidad.
  • Fíjate objetivos.  Tener un plan y metas que cumplir diaria, semanal o mensualmente, valida tu aportación profesional.  Si tienes oportunidad de desarrollar este plan con tu supervisor inmediato, mejor.    
  • Documenta todo.  Debes estar preparado para rendir cuentas en cualquier momento y evidenciar cómo has usado tu tiempo, las tareas que has realizado, comunicaciones, reuniones virtuales y proyectos en proceso o completados.
  • Observa cierta etiqueta de negocios.  Nadie espera verte con vestimenta corporativa ni maquillaje en alguna reunión virtual, pero tampoco debes presentarte frente a la webcam en camisilla, despeinado, comiendo, acostado o con exceso de ruidos controlables.  Prepara un espacio para trabajar y cuida tu imagen profesional.
  • Comunícate, comunícate, comunícate.  No se trata de informar cada paso que das, pero es importante que, tanto tu supervisor como los públicos que atiendes, te sientan presente en el trabajo.  Si trabajas con clientes (externos o internos) y hay proyectos corriendo que puedas atender remoto, mantenlos informados de tu progreso y ten en cuenta sus necesidades.     
  • Ahorra dinero.  Sin saber cuánto pueda prolongarse esta situación, es difícil predecir el rendimiento de una organización cuyos ingresos pueden estar comprometidos, pero sus gastos no cesan.  Sé consciente, evita gastos innecesarios y prepárate económicamente.    
  • Invierte tu tiempo correctamente.  La tentación de utilizar la computadora para navegar las redes sociales y los sitios de compras en línea es real, pero no debes perder de perspectiva que estás siendo remunerado por estar sentado detrás de ese monitor.  Considera hacer esas cosas que las distracciones de la oficina suelen dificultarte.
  • Modera el consumo de tus utilidades.  Evita encender luces y aires acondicionados innecesariamente.  Recuerda que habrá facturas que pagar al final de la cuarentena.

Tu valor como empleado aumenta cuando eres capaz de probarte en circunstancias difíciles.  Aprovecha este voto de confianza, #QuédateEnCasa y ocupa tu mente productivamente.