Mi regalo para ti, lector

Confieso que la probabilidad de verme en full Christmas spirit no es muy alta, especialmente, en esta primera Navidad sin él.  Sobran varios dedos de una sola mano contando las veces que en mi vida he usado un gorrito de Santa y sobran más contando cuántas veces he puesto algún tipo de música navideña, pero eso no le resta magia a la temporada.  Doy gracias al Creador por la bendición de estar cerca de mi familia para celebrarla y me regocijo en amanecer este día en casa de mi madre, recargada con su amor y con todos los embelecos de comida, envoltura de regalos y casa llena de niños que ello representa.

En agradecimiento a cada “me reí”, “lloré” y “me identifiqué” que he recibido de ti, lector, hoy quiero regalarte esta lista de deseos que, por más cursi que parezcan, son -para mí- lo mejor de la festividad.  Ojalá que esta Navidad no te falte:   

  1. Alguien a quien envolver con tus brazos
  2. Comida caliente sobre tu mesa
  3. La ilusión de este día reflejada en algún par de ojos (pueden ser los tuyos)
  4. El privilegio de dar (lo que sea, pero bienintencionado)
  5. Una canción para cantar, bailar o tararear (aunque nadie te vea)
  6. La risa de algún niño
  7. Un sueño en el que creer
  8. La esperanza de un mejor mañana (trillado, pero necesario)
  9. Resiliencia
  10. Salud para gozar de todas las anteriores

¡Ah!  Y, si me permites pedirte un favor, dedícale más tiempo a tu gente que al celular porque, después de todo, los verdaderos recuerdos se guardan mejor en la mente que en las fotos.  Colecciona momentos, lector, abraza a los tuyos, nutre tu alma… y gracias, ¡GRACIAS!, por estar ahí para poder compartir contigo en #500PalabrasOMenos. 

¡FELICIDADes siempre! 🎁

Créeme, ¡estoy bien!

Para sorpresa de muchos, estoy bien.  Los golpes recientes han dejado cicatrices, unas más profundas que otras.  Por ejemplo, la muerte de mi papá sigue doliendo y reconozco que esta semana he mirado el teléfono varias veces con intenciones de llamarlo.  ¡No encuentro cómo borrarlo de mis Favoritos! ☹ En cuanto al trabajo, pienso que es cuestión de perspectiva e intentaré darte la mía en #500PalabrasOMenos.  Siempre he creído que cada cosa tiene su propósito, aunque éste no se defina de primera instancia.  Evitando denominaciones, me considero una persona espiritual y tengo fe de que el Ser Supremo siempre me da lo que verdaderamente necesito, aun cuando no coincide con lo que quiero. 

Yo había lanzado un primer mensaje al universo.  Contrario a mi empleo anterior en el que duré más de 16 años, en este último no me veía a largo plazo.  Francamente, después de lo de papi, los días se hacían más largos.  Yo me exigía estar bien desde ya, pero me pesaba pasar horas frente a aquella computadora sin lograr reintegrarme con mis compañeros.  Me rompía con cada “cómo estás” y más con aquellos en los que la otra persona inclinaba su cabeza en este único gesto de “¡bendito!”.  Estaba en total modo de supervivencia y mi agotamiento emocional se convertía en físico.  Entonces, comenzaron las señales.  ¡Algo estaba por pasar!  Mi suelo iba a ser sacudido y yo tenía que hallar de dónde sujetarme para no caer más profundo de lo necesario.  ¿Sabes qué?  No fue tan difícil como imaginaba.  Un peso había sido levantado de mis hombros y, por primera vez en semanas, sentí paz.  Entendí que eso era lo que tenía que suceder para poder bregar conmigo misma, para que mi proceso de duelo siguiera su curso y para reenfocarme en otras cosas.  ¡Y eso pretendo! 

Lejos de librarme de inquietudes, decírselo a mi familia era transferirles una responsabilidad que yo (mujer alfa) siempre me había reservado.  Pero, nuevamente, no fue tan difícil como imaginaba.  Sí, mi persona tiene mayor carga económica, a mi hijo le chocó que -por primera vez- mami no tiene trabajo y mi mamá hizo lo que mejor sabe hacer.  Ninguno ha restregado en mi cara la preocupación natural que sienten y eso ha sido de gran ayuda.  A ellos se suma el sistema de apoyo del que te hablé hace poco, muchos de los que se enteraron a través de mi primer #Blog: “Si no escribo, exploto”.  Las palabras de aliento, el refuerzo positivo y los “envíame tu resumé” no han faltado, como tampoco han faltado quienes parecen necesitar que yo los consuele ante la noticia.  Por si eres uno de ellos, tranquilízate sabiendo que mi pausa no es sinónimo de estancamiento.  Estoy haciendo lo que tengo que hacer para aprovechar esta oportunidad de reiniciar.  ¡Ya sé cuál es el propósito!  Cuento con el respaldo de mucha gente linda que me ayuda a explorar las alternativas con claridad.  Así que, créeme, ¡estoy bien!  😊

¡Hay que tener ovarios!

Ser mujer no es para todo el mundo.  Desde niñas, nos sometemos a rituales que pocos hombres conocen.  Desde la perforación de orejas y los lazos inmensos que desbalancean a cualquier bebé hasta los halones de pelo que sufrimos a diario y los cancanes bajo el vestido que pican como el diablo, la normativa social nos predispone a soportar cosas para las que hay que tener ovarios.  Sin adentrarme en la adolescencia, la menstruación y el primer brasier, hoy te cuento en #500PalabrasOMenos la divina experiencia del ginecólogo.   

Nunca olvidaré mi primer encuentro con este mal necesario para la salud femenina.  Antes de darle acceso a mis zonas restringidas a un desconocido, desesperé en la salita, cayéndome de fondillo de que mi atraso mensual era un quiste.  Concluido el procedimiento invasivo, puso en mis manos una orden de laboratorio y una receta para anticonceptivos.  De salir negativa la primera, procedería con la segunda…  Fast-forward a las últimas de mis 41 semanas de embarazo, cuando le pregunté cómo identificar una contracción y me contestó que no sabía porque él nunca había sentido una.  ¡Graciosísimo!  El parto no-progresivo me llevó al quirófano en que conocí al amor de mi vida, luego de vomitarme el cabello por los efectos de la anestesia.  Dale skip al #CaóticamenteHermoso e imagina los adjetivos que creas que mentalmente le grité a cada enfermera que masajeó mi vientre para reacomodar los órganos después de la cesárea o se tardó en traerme un analgésico.  Te confieso que fantaseé con no pisar una oficina de ginecólogo jamás luego de que me cortara los puntos y ni siquiera llevaba un año de esta tortura.

Pero la “mejor” parte tiene que ser la que le sigue a pasar al cuartito, quitarme todo, ponerme la bata abierta al frente y sentarme tapada en la camilla.  Sintiéndome totalmente expuesta, comienzan las odiosas instrucciones. “Bájate… más, pegadita al borde, pero sin caerte.”  “Pon un pie a cada lado.”  “Relájate, no te trinques.” “Si te trincas, te duele más.”  En ese preciso instante, miro al techo y trato de recordar que sólo está haciendo su trabajo, respiro profundo para no insultarlo, intento relajarme y ahí siento el bendito instrumento hurgando mi interior sin pena ni gloria.  Consecuentemente, me tenso más y escucho nuevamente, ¡NO TE TRINQUES!  Los minutos pasan como si fueran días y vuelvo a contemplar las ganas de juntar mis rodillas de un sopetón para darle en la cabeza a ver si concluye la expedición en lo más profundo de mi ser.  Me visto y paso a la oficina para la lectura de sentencia.  Los próximos pasos pueden incluir sonogramas, cauterizaciones, laparoscopias, endovaginales, la ya comentada mamografía y, por supuesto, más pélvicos y Papanicolau de rutina.  Dándole un nuevo significado al “Man, I feel like a woman” de Shania Twain, pago el deducible, me pongo las gafas y, con ganas de no volver, les digo a las próximas víctimas: “¡Que salgan pronto!”.   

“Estoy aquí” … con guille de antropóloga

En estos meses he aprendido que el respaldo tiene muchas maneras de manifestarse.  La cantidad de sucesos que requieren solidaridad y empatía de nuestros allegados es ilimitada.  Puedes estar pasando las de Caín en el trabajo o en tu hogar; padeciendo una enfermedad propia o de un familiar; sufriendo algún tipo de pérdida; o atravesando una crisis existencial; pero, nada, nada de eso se supera sin un sistema de apoyo.  Las #500PalabrasOMenos de hoy son en reconocimiento a cada muestra de respaldo, empatía y solidaridad que he recibido y sigo recibiendo, especialmente, este año.

No sé si es que al ponerme los bifocales (sí, llegaron) me ha dado guille de antropóloga, pero voy a tomarme al atrevimiento de agrupar mi sistema de apoyo en cuatro categorías.  Te advierto que no he estudiado absolutamente nada que sustente la división y que, según mi criterio, todos los grupos tienen un valor especial:

  1. El que llama o escribe – Es el grupo más grande.  Aquí caen todas las plataformas de comunicación e incluso las llamadas que no contesto porque no puedo hablar (literal o simbólicamente).  Sin categorizar el contenido, ambas cosas abren la puerta de la comunicación y son una buena manera de decir “estoy aquí”.       
  2. El que llega – Es un grupo pequeño.  Hay quienes llegan porque saben que necesitas ese abrazo real y quienes llegan porque no se permitirían el no estar ahí para brindártelo.  Este grupo se invierte de más de una manera, exponiéndose a palpar la adversidad de cerca.
  3. El que no suelta – Este grupo es casi exclusivo.  Incluye miembros de los grupos anteriores, pero con determinada frecuencia.  Aquí están los del monitoreo constante, los que intentan hacerte sentir mejor, pero dejan sitio para gritos y lágrimas.  Ellos son el punto de contacto para los del próximo, pues tienen la información más actualizada de cómo estás. 
  4. El que da espacio – Es el segundo grupo más grande y tiene tres subcategorías: los que no saben qué decir o hacer para aliviarte, los que tienen tanto rollo personal que no pueden asumir una carga más y los que realmente saben que necesitas espacio para correr tu proceso.  Cada razón que provoca el espacio es igualmente válida, pero el espacio suele ser un estado temporero.  Eventualmente, los que tienen las intenciones correctas aparecen en alguno de los otros grupos. 

Si me conoces y te encontraste en alguno de estos grupos, ¡GRACIAS SINCERAS!  Mientras sé que la empatía es uno de los valores más altos que distingue al ser humano, también sé que nadie está obligado a demostrarla cada vez que las circunstancias lo ameriten.  Si no me conoces y sacaste tiempo para leer esto, te deseo la fortuna de contar con un sistema de apoyo tan maravilloso como el mío.  Por más segura y fuerte que sea una persona, ante un problema, sentir a otros cerca puede ser parte de la solución.  ¡Ah!  Y, por si acaso, estoy aquí. 

Gajes de los 40

Si bien te conté que celebré cumplir 40 más que cuando cumplí 15, también puedo contarte que el numerito viene con efectos secundarios.  Yo era #Team40 de cabeza.  Dar la vuelta a la esquina de los 39 me resultaba natural y atractivo.  Los miembros del Comité de Recibimiento tenían variedad de reseñas. “Ha comenzado a dolerme todo”, decía uno.  “40 is the new 30”, voceaba otra.  Uno hasta me dijo que su apetito sexual había aumentado significativamente.  #TMI, pero, bueno, el punto es que cada uno escoge cómo sentirse con su edad.  Yo estaba lista y los genes de mis padres y abuelos me favorecían.  Viví los primeros meses de mis 40 con la autoestima por las nubes, sobre todo, gracias a la cantidad de “nena, tú pareces de 30” (ish) que escuché.  Fui al #SúbeteAMiMotoTour y me encantó ver a mis contemporáneas sin mucho brilloteo en el Choli, cantando y bailando las canciones que esos ahora cincuentones nos enseñaron de chiquitas. 

Todo iba maravilloso hasta que me descubrí teniendo que ponerme los espejuelos en la punta de la nariz para poder leer en mi celular.  Meses más tarde, me hice el examen de la vista y, luego de muchos “mejor aquí o acá” y otros “más claro éste o éste”, la optómetra pronunció las dos palabras que ninguna mujer está lista para escuchar: “necesitas BI-FO-CA-LES”.  Juraría que me lo gritó en cámara lenta porque yo lo escuché en mi cabeza así, sílaba por sílaba.  Sé que no es el fin del mundo, pero desde los seis años uso espejuelos y, por mis condiciones y mi alta receta, nunca han sido aptos para salir en público.  Por lo tanto, añadirles bifocales me da otra razón para no hacerlo.  Cabe mencionar, que el técnico fue bastante enfático en las diferencias al usarlos y estoy esperándolos con menos ansias que a la factura de la electricidad.  Dos días después, fui a hacerme mi primera mamografía.  Lo que tengo que reportar al respecto se resume de la siguiente manera.  (Divulgación: Sé cuán importante es la prevención y mis siguientes comentarios son sólo con fines de entretenimiento.) 

  1. Mis senos siempre han pertenecido al Cuadro de Honor: todas A.  Apretarlos con un artefacto por todos lados es una sensación muy particular cuando no hay mucho para apretar.  ¡Esa máquina es inmisericorde!
  2. La idea de que una mujer toque mis senos y siga hablándome como nos hubiéramos juntado para un café no hace la experiencia más placentera. 
  3. Si lo sumo a la lista de procedimientos invasivos a los que nos sometemos las mujeres, no quiero escuchar a ningún hombre quejándose de exámenes urológicos.

Ni modo, son gajes de los 40… Una buena edad para tomar las cosas con un poco de humor, vivirse cada etapa y reconocer que nadie llega a viejo sin que algo le duela, sin tener que hacer cosas que no quiera y sin aprender a reírse de sí mismo.  😉

Mi Disney está en sus ojos.

Entre los highlights del 2019 se destaca nuestro primer #FamilyCation.  En octubre viajamos a Orlando como regalo de quinceañero para mi hermoso adolescente.  No habíamos realmente viajado los tres juntos antes y estas vacaciones tenían que ser memorables.  El plan de ahorros comenzó con el año, pero no tenía idea de por dónde comenzar.  Afortunadamente, recordé que una amiga y su esposo habían iniciado recientemente su negocio como agentes de viaje y ellos me quitaron un gran peso de encima.  Gracias a su excelente planificación, y luego de encontrar el cuido perfecto para el cuadrúpedo que no cabía en las maletas, alzamos vuelo.

Habiendo dormido muy poco la noche antes y con la melancolía de dejar a Koji en la Isla, cada uno rodó su maleta por el aeropuerto hasta que se hizo hora de abordar.  La aventura comenzó el instante en que me percaté que mi hijo observaba el avión por uno de los cristales del gate con una mezcla chulísima de nervios e ilusión en su mirada.  Su sonrisa y la ansiedad con que contemplaba la pista por la ventanita lo delataban.  Sacó su celular y grabó el despegue con una cara que sólo se compara con las de los 25 de diciembre.  Al par de horas, llegamos a la ciudad que nos hace sentir niños a todos y a temprana tarde ya estábamos en el primero de cinco parques que recorreríamos en nuestra travesía.  Sabíamos que caminatas, filas, atracciones, calor, sed, almuerzos caros y cansancio en los pies serían la orden de esos cinco días, pero estábamos juntos y nada más importaba.  Las primeras dos noches añadimos Halloween Horror Nights a la experiencia.  Desde ver cambiar el tono del parque y los espantos inesperados de los personajes en las calles hasta los gritos que dimos dentro de las casas, confieso que pagar para asustarnos resultó más divertido de lo que imaginamos.  Fuimos de Transformers a Harry Potter, de Jurassic Park a Hulk (nuestro favorito), de Ghostbusters a Stranger Things, y de ciertas restricciones a querer hacerlo todo.  Ninguna foto plasma lo que vivimos como familia. 

Los últimos dos parques fueron Animal Kingdom y Hollywood Studios.  Sin restarle mérito al lugar más feliz de la Tierra, los tres coincidimos en que somos más “Universal” que “Disney”.  Entre fast-passes, seres queridos que se unieron, Lion King, Everest, Star Wars, Toy Story, luces nocturnas y decenas de personajes, nada iguala el Flight of passage de Avatar.  ¡Esa era mi joya de la corona!  La espera no fue tan larga como anticipaba y, al sentarme en el simulador, me di cuenta de que alcanzaba a ver a 360°.  A mi derecha estaba mi hijo.  Los colores del mundo de Pandora se reflejaban en su rostro y, bajo las gafas, había una expresión de fascinación que no se compraba en las tiendas de souvenirs.  Fue entonces cuando descubrí el mejor recuerdo que guardo de este viaje: mi Disney está en sus ojos.  

Victoria sobre un paquete de costillas

Uno de los beneficios colaterales de mi pausa es el tiempo para hacer cosas que antes no me animaban mucho.  Entre ellas está la cocina.  ¡Sí, yo sé cocinar!  Es sólo que, durante años, era él quien lo hacía.  No sé tú, pero, cuando empiezan a decirme que le eche esto o que lo cocine de X manera, mi respuesta inmediata es “hazlo tú”.  Así comenzó mi distanciamiento de la estufa.  Por lo tanto, el paladar de mi hijo está moldeado a las recetas de papi y replicarlas o ajustarlas es siempre divertido.  Reconozco que mi menú es limitado.  Por ejemplo, sólo sé hacer arroz en una olla arrocera y, en cuanto a proteínas, no me aventuro fuera de lo que conozco.  Pero, de nuevo, no es que no sepa cocinar.

Días antes de quedarme sin empleo, papá había hecho la compra.  En su selección de carnes incluyó dos paquetes de costillas.  ¡Ajá!  (Un detalle sobre mi persona es que su horario de trabajo es sumamente irregular, por lo que ahora el distanciado de la estufa es él.)  Entonces yo, que apenas como costillas, ¿qué iba a hacer con dos paquetes?  En mi apartamento no hay un grill.  Yo nunca he marinado carnes.  ¿Y si me quedan duras o sosas y mi hijo no se las come?  O sea, esto representaba un #ProblemaDeNiñaBlanca de carácter doméstico.  Cada vez que habría el congelador, sentía que las costillas me miraban burlonas, hasta que me dio con navegar el Internet.  “Easy, fall-off-the-bone oven baked ribs recipe” fue el vídeo ganador, pues empezaba con la palabra clave: “Easy”. 

Mi primer lunes en casa puse a descongelar uno de los paquetes de costillas.  Le pregunté cuál era la combinación de especias que él usaba para carnes e hice mi versión de la proporción artesanal que me había dado.  Sazoné las costillas y las puse en la nevera.  Al día siguiente, él vio que iba a hacerlas y no pudo evitar aconsejarme cómo.  (No, no le contesté.)  Pasado el mediodía, las saqué y las puse en el horno a la temperatura recomendada de 275° porque la receta indicaba cocinarlas a fuego lento por tres horas.  Después de la primera hora, me di cuenta de que mi nivel de paciencia para cocinar lentamente no es tan alto como pensaba.  Las volteé con cara de decepción y subí el horno a 325°.  Al cabo de otra hora, volví a encontrar las benditas costillas sin color y repetí el paso anterior, esta vez llevando la temperatura a 350°.  Apenas aguanté 3/4 de la tercera hora y abrí el horno con una mezcla de pánico y derrota para encontrar que -en efecto- la carne estaba que se despegaba sola de los huesos y olía muy bien.  Completé la receta según el vídeo, las acompañé con papas fritas homemade y me sentí ganadora ante los ojos de mi sorprendidísimo hijo que no paraba de elogiar mi comida y chuparse los dedos.  ¡Victoria!     

15 cosas que no caben en su urna

Hace poco más de un mes que mi héroe sin capa se fue a volar a lo más alto.  Hablar sobre lo que siento ha sido casi tan difícil como no recibir su llamada los domingos y la pequeña urna que guardo con parte sus cenizas me hace extrañarlo más de lo que jamás podía imaginar.  Mientras enfrento el reto de referirme a mi papá en tiempo pasado, confieso que escuchar relatos sobre él devuelve la luz a mi rostro.  Por eso, escogí contarte 15 cosas que no caben en su urna en #500PalabrasOMenos.    

  1. Cada vez que mami lo mandaba a comprar pizza mientras vivían en Nueva York, él llegaba cargando la pizza verticalmente.
  2. Era loco alquilándome musicales y películas de baile, aunque fueran las mismas una y otra vez. 
  3. De niña me llevaba a la Playa Buyé y teníamos un ritual de lavado de cabello con “agua del mar de Buyé” y “champú del mar de Buyé”. 
  4. Fue él a quien le tocó pasar el día entero conmigo cuando la madre naturaleza me visitó por primera vez.  (Estaba más nervioso que yo, pero lo hizo muy bien.)
  5. Me enseñó a planchar ropa, cómo cuidar propiamente de los lentes de contacto y a comer mofongo con caldo, entras otras cosas.
  6. Mientras tuvo sus dos piernas, siempre me daba la mano para caminar.  Era de los que abría puertas, acomodaba sillas y se aseguraba de que yo quedara en la parte interna de la acera. 
  7. Bailar con él era sinónimo de reírnos toda la canción. 
  8. Siempre que le tocaba pasar un peaje: leía el letrero que indicaba la cantidad a depositar de acuerdo con los ejes que tuviera el vehículo, echaba las monedas y decía “eje, eje” (porque eran dos). ☺ 
  9. El día que le anuncié que estaba embarazada fue a visitarme horas más tarde y me llevó de regalo un conejo de peluche que tenía un conejito bebé en los brazos.
  10. Cuando nació mi hijo, entró a mi cuarto a escondidas del personal del hospital porque faltaban horas para las visitas autorizadas. 
  11. Su sabor favorito de Baskin Robbins era Rocky Road, pero si el helado era de los chinos de Cabo Rojo, pedía 1/2 uva y 1/2 china. 
  12. En mi cumpleaños #30, me regaló los dos libros que me leía cuando le tocaba llevarme al médico de niña: Green eggs and ham y The cat in the hat
  13. Disfrutaba de enviar tarjetas de cumpleaños y navidades por correo tradicional. 
  14. Cumplió 39 años 34 veces. 
  15. Siempre estuvo para los momentos importantes.

Mi adorado daddy-oh honraba a capacidad la frase que Frenchy le dijo a Sandy en Grease: “The only man a girl can depend on is her daddy”.  Recordarlo con amor me ayudará a reafirmar que nunca muere quien no se olvida.

Si no escribo, exploto.

El universo estaba gritando “¡PAUSA!”.

¡Hola!  Por si no me conoces, me llaman Sofía, Sophie, SoLo…  Soy una mujer adulta, caborrojeña mudada a San Juan, madre de un hombre en potencia, trabajadora y sentipensante.  El 2019 ha sido un año “interesante”.  Hasta ahora: he cambiado de empleos, llegado a los famosos 40, realizado el sueño de nuestro primer viaje familiar, perdido a mi padre y me he visto en la obligación de hacer una pausa en mi vida.  Conmigo en mente, decidí iniciar este blog para expresarme y mantener activas mis destrezas de comunicadora.  Si decides seguir leyendo, ¡gracias!  Mi compromiso es contarte mi versión de lo que sea que estoy viviendo, pero en #500PalabrasOMenos. 

Sin excederme en detalles sobre los cambios de empleo, te contaré que lo más difícil fue atreverme a renunciar a la compañía que fue mi segundo hogar por casi 17 años.  Ese trabajo me apasionaba grandemente, pero la oportunidad se presentó en un momento en que me preguntaba si había algún espacio allí para crecer.  Fue así como -ansiosa, pero esperanzada- el 18 de marzo presenté la primera carta de renuncia que había escrito para mí misma.  Desde la cara de incredulidad de mi exjefe y la sorpresa de aquellos compañeros que ya eran parte de mi familia hasta la hermosa despedida que me hicieron, confieso que mi salida estuvo cargadita de emociones.  El 1 de abril, empecé un nuevo reto profesional en una industria de la que no conocía nada y me retaba mucho, lo que tomé como una oportunidad para aprender.  El ambiente me hizo sentir a gusto y la confianza de mi supervisor fue excepcional.  Estando allí celebré mi cumpleaños #40, edad a la que añoraba llegar.  Mi teoría era que teniendo 39 sentía que no pertenecía ni a los 30s ni a los 40s.  Bendecida con una genética envidiable, festejé el convertirme en señora de las cuatro décadas más que cuando cumplí 15.  En septiembre, mi adolescente cumplió los suyos y de regalo tomamos nuestro primer #FamilyCation.  Como muchos en Puerto Rico, vivimos de cheque a cheque, pero nos propusimos ahorrar para hacer que este viaje fuera memorable.  ¡Y lo logramos!  Viajamos a Orlando con una ambiciosa agenda de cinco parques en cinco días que nos llenó de alegría, recuerdos y burbujas de agua en los pies.

A dos semanas de nuestro regreso, recibí la llamada para la que nunca se está preparado.  Mi héroe sin capa había fallecido.  Con una maleta llena de ropa negra y el corazón roto, fui a mi pueblo a despedirme de mi primer amor.  Mi mundo, ahora, se veía distinto.  Quizás por eso, al perder ese nuevo empleo, sólo exhalé profundamente y me retiré con dignidad.  Pues, el universo estaba gritando “¡PAUSA!” y todo lo que yo tenía que contestar era “OK”.  A lo demás, hoy lo único que puedo responder es “no sé”.   Así que, con mucha fe en mí, te invito a ser parte de mi pausa leyéndome porque, si no escribo, exploto.