La vida me ha dado limones.

La vida me ha dado limones sin considerar que no me gusta la limonada.  ¿Qué hago?  Aunque pedir tequila y sal suena bien, buscar yerbabuena, azúcar, soda y ron blanco suena mejor. 😊 No, no me he vuelto loca ni estoy incursionando en la mixología. sólo quiero demostrarte que puede haber más de una opción.

El día que el universo gritó “¡PAUSA!”, yo pausé… abruptamente.  Cogí el puño y me senté en las gradas hasta recuperar el aliento.  Respondí “no sé” a todos los que se acercaron a preguntar qué iba hacer entonces, y presté mucha atención a los que se sentaron a mi lado a escucharme para luego aconsejarme.  Una voz llena de amor me dijo: “quizás sea el momento de empezar lo que has querido hacer por tantos años”.  Esas palabras hicieron eco en mi mente y me llevaron a explorar las posibilidades.  Al cabo de un par de semanas, le envié una foto de mi nueva tarjeta de estudiante a mi madre, cuya sabiduría me inspiró a matricularme para comenzar la maestría (que había postergado desde el momento en que el “POSITIVE” en la prueba de embarazo cambió mi vida).  Ella respondió mi mensaje con un sólido “¡Tú puedes!”, el mismo que llevé de amuleto hace unos días cuando regresé a mi Alma Mater para tomar mi primera clase.  El campus aviva recuerdos de mis años de bachillerato, de tal clase en tal salón, de mis profesores, de cruzarme con compañeros en el patio, de los amigos que hicieron de ese tiempo uno memorable y hasta de los besos en aquel banco.  No todo es igual e, incuestionablemente, yo no soy la misma, pero la familiaridad de esas veredas y pasillos suma confianza a mi decisión. 

Volver a la universidad después de 18 años es un reto que va desde lo sicológico hasta lo tecnológico.  Caminar entre chamaquitos y acceder a una plataforma digital para una sesión por vídeo conferencia son dos de las tantas cosas a las que tengo que acostumbrarme.  Mas, esa sensación de que estoy en camino hacia una importantísima meta, ha activado mis endorfinas más que 90 minutos en el gimnasio.  Así que, mi enero culminó con optimismo, con gente que suma y con dos asignaciones para entrar antes del lunes a las 11:55 p.m.  ¡Ah!  Y, por si acaso, no he abandonado la búsqueda empleo.  Ahora cuento con el respaldo de excelentes asesoras en carreras que la universidad tiene a mi disposición.  Esta pausa ha sido, sin duda, un blessing in disguise.  No obstante, tengo que reconocer que mi búsqueda, aunque incesante, no es desesperada.  Esta vez no persigo una fuente de ingreso, sino una experiencia que verdaderamente me satisfaga tanto en lo profesional como en lo personal.  Después de todo, el tequila se bebe de un golpe y sin pensarlo, pero un mojito bien hecho es súper refrescante y dura más.  😉 

En la esquina de la felicidad y esa carita

Una semana antes del huracán Irma, paramos en Santa Isabel en ruta desde Cabo Rojo porque yo tenía que ir al baño.  Además, tenía que comprar algunas cosas, así que opté por “la esquina de la felicidad y la salud”.  Oriné, compré, pagué y me dispuse a salir hasta que vi esta única carita mirándome desde el otro lado del sliding door.  Noté que me seguía y llamé a mis hombres, que me esperaban en la guagua, para que lo vieran.  Mi persona contestó: “¿El perrito gufea’o? … nos siguió a nosotros también”.  Era un cachorrito hermoso y pequeño, pero se notaba que estaba mal nutrido, descuidado y sin hogar. 

Regresé a la tienda para comprar -por primera vez en mi vida- una latita de comida de perro.  La abrimos en pleno estacionamiento y esperamos a ver si comía, pero nada.  Tras varios intentos, mi persona se sentó en el suelo, agarró un poco de comida con sus dedos, trató de dársela y nada.  Fue entonces cuando el perrito caminó ignorando la comida, puso la cabecita sobre su pierna y le dijo con los ojos: “I choose you”.  Derretidos de ternura y preocupados porque no comía, decidimos traerlo con nosotros para llevarlo al día siguiente al Humane Society.  Vaciamos una caja que teníamos en el baúl, colocamos shoppers en el fondo y lo pusimos ahí.  De camino, mi hijo tuvo que coger la cajita en la falda porque el perrito no paraba de llorar y él no paraba de mirarlo.  Quiso ponerle nombre y mencionamos todos los que nos ocurrieron hasta que mi persona dijo: “Koji, como el piloto de Mazinger”.  Al llegar a casa, lo bañamos, le pusimos la comida -aún intacta- y un platito con agua y sacamos una colcha vieja para que se acostara sobre ella.  La mañana siguiente lo llevamos al Humane Society, pero nos dijeron que no tenían cupo y sólo podían ponerlo en lista de espera.  Preguntamos si nos recomendaban otro albergue que pudiera aceptarlo, pero ellos son los únicos que no practican eutanasia y el tiempo promedio que duran vivos en otros refugios es dos semanas.  Aterrada y llorosa, le pedí a mi esposo que me llevara a trabajar y esperara el turno para la evaluación veterinaria.

Tenía aproximadamente dos meses y pesaba 4 libras.  Aprender a vivir con un perrito en un apartamento implicó verlo destruir innumerables cosas, convertir el piso en su inodoro y fallar en el intento de mantenerlo en un solo espacio, pero su amor valía más que la inversión que hicimos para cuidarlo.  Éramos, oficialmente, una familia de cuatro cuando azotó María y mi hijo lloró imaginado lo que pudo haberle pasado si lo hubiéramos dejado allí indefenso.  Ahora Koji tiene 2.5 años, pesa 47 libras, es un perrito saludable, engreído, juguetón y amoroso.  Y, aunque su mirada le da diez patadas a la de un Sad Sam, la felicidad con que inunda nuestro hogar es evidencia del verdadero rescate.      

Más abajo vive gente.

Yo crecí en una calle sin salida en la que todos los vecinos se conocían, compartían y se pedían azúcar cuando no tenían para su café de la mañana.  Los niños de las distintas familias jugábamos todos con todos y siempre había alguna madre que nos velara mientras otras trabajaban o se encargaban de los quehaceres domésticos.  Eran tiempos distintos, sí, pero esa sensación de comunidad traía cierto confort que en mi actualidad no existe.  Verás, yo he vivido por los pasados 16 años en un condominio y, hasta hace poco, llegaba a mi apartamento casi de noche, sin mirar para el lado, a realizar la rutina de clausura del día.  Confieso que, con excepción de los meses marianos del 2017, no me esfuerzo por interactuar con los vecinos.  Conozco a algunos por sus nombres, saludo a otros en el pasillo y siempre soy cordial en el ascensor, pero de ahí a saber vida y milagros de cada uno, pues no.  Lo peor es que, en gran medida, lo prefiero así.  La vida en condominio no es igual que la vida en urbanización y eso lo digo sin adentrarme en el mundo de los “informantes” de la administración.

El punto es que esta desconexión de mi alrededor no me había permitido percatarme de ciertos detalles de los que ahora no puedo escapar, por más que lo intente.  Voy a enumerarte algunos de los más … notables:

  1. Tengo algún vecino fumador que practica su vicio a la misma hora que yo tomo café.  Lo bueno es que me sirve de recordatorio para tomarme la pastillita de la alergia todos los días.
  2. Alguna pareja está por romper.  Sus peleas y el volumen de sus gritos han incrementado al unísono. 
  3. Una familia con niños se mudó recientemente a alguna de las unidades cercanas.  Suena a que hay un infante en proceso de dentición y, quizás, uno o dos niños más en etapas de los terribles dos en adelante.   
  4. El sistema de sonido de uno de los apartamentos de arriba funciona a la perfección.
  5. Lo que sea que están reconstruyendo en una de las casas de la calle de atrás es bastante complejo.  Si juzgo por el uso diario de la maquinaria a prueba de silencio durante la mayor parte de las mañanas, deben estar tumbando hasta el viento que se cuela por sus ventanas.        

Sumergida en la banda sonora del chipping hammer y rogando que la vela huela más fuerte que el cigarrillo, reconozco que la vida de ermitaños que felizmente llevamos tiene espacio para mejoría.  Aunque la casa de mis sueños está rodeada de patio y no de gente, rememorar la época post huracán en que los niños corrían bicicleta juntos o jugaban de esconder mientras los adultos intercambiábamos anécdotas y ver el constante desprendimiento de un pueblo en momentos de necesidad me hace apreciar el valor de una comunidad y agradecer que más abajo vive gente y son buenos vecinos. 

¿Y no hago más na’?

Yo hago tremenda imitación de las Housewives of Miramar, tengo una “Rita” para mi “Tere” y me encantaría tomar espumoso a cualquier hora del día, pero convertirme en ama de casa de Santurce no estaba en agenda.  Si me toca, me toca y, honestamente, la época del año en que comenzó mi pausa no fue mala.  Pude pasar varias semanas en mi pueblo y celebrar las fiestas en familia, sin obligaciones ni prisas.  Eventos cuasi apocalípticos a un lado, no puedo quejarme, pero si crees que quedarme en casa es una visa para la vagancia te E-QUI-VO-CAS.

Para darte un poco de trasfondo, durante 17 años, pasé más de 55 horas semanales fuera de casa entre tránsito y trabajo.  La mayoría de los días, desayunábamos de camino y almorzábamos cada cual en su sitio (trabajo o escuela).  Llegaba y, a menudo, mi esposo había cocinado, por lo que sólo me tocaba fregar.  Me sentaba a estudiar con mi hijo en todos los grados que contó conmigo para eso, y aún lo hago cuando pide ayuda.  Mi tiempo estaba dividido en dos lugares y vivir así era todo lo que conocía…  En mi nueva realidad, usar brasier es opcional y el maquillaje y la plancha descansan más que yo.  Todavía madrugo como si tuviera para dónde ir, soy la alarma de los dos hombres que viven conmigo y ensucio la cocina desde que me levanto a prepararme el café.  Hacer las tres comidas en casa equivale a cocinar tres veces al día y recoger la cocina tres veces al día, sino más.  Mi adolescente, que aún no ha regresado a clases por el asunto de la actividad sísmica en la Isla, le da cara al mundo cerca del mediodía; dato que no me molesta porque me deja espacio para hacer mis cosas en la mañana sin interrupciones, pero me hace debatir entre hacerme desayuno para mí temprano o esperar por él.  O sea, pudiera decir que mi relación más estrecha en este momento es con la estufa.  Lavar ropa ya no es tarea del fin de semana, sino de cada vez que haga falta; lo mismo con la limpieza.  Antes podía ignorar los regueros con la excusa del cansancio que traía de la oficina, pero ahora la grilla que me sirve de consciencia me hace agarrar la escoba con más frecuencia.  Las diligencias tampoco se quedan para los sábados y ahora incluyen visitas divertidas, como a la oficina de Desempleo.    

Para no enmohecer, mantengo el hábito de sentarme diariamente frente a la computadora para explorar oportunidades de empleo, hacer contactos y crear contenido para mi blog.  El tiempo que consumen las plataformas de búsqueda de empleo es casi un part-time.  Y, aunque es obvio que hay más tiempo para el ocio y el descanso, me quito la corona ante quienes escogen vivir así porque, definitivamente, los días no se pasan en pantalones de yoga, copa-en-mano ni protagonizando el “comiendo y sin trabajar” de El Gran Combo.

Sobreviviendo las entrevistas de empleo

Si me dieran a escoger entre hacer 100 entrevistas en televisión (o radio) o hacer una sola de empleo, escogería las 100.  Hay semejanzas entre ambas: requieren preparación, conocimiento del tema y una cuidadosa selección de la vestimenta correcta, pero las de empleo me provocan una tensión adicional.  Por su naturaleza, en una entrevista de empleo te expones a juicio, rechazo y a preguntas más complejas que las de Miss Universe.  Súmale a eso que trabajé 16+ años en el mismo lugar, y entenderás que mis destrezas para “venderme” ante un reclutador eran prácticamente inexistentes. 

Tras la primera oportunidad que se me presentó el año pasado, dediqué varias horas a ver vídeos sobre qué hacer y no hacer durante una entrevista, las preguntas más difíciles que pueden hacerte y cómo contestarlas, las preguntas que nunca debes hacer a tu entrevistador, la manera correcta de saludar y despedirte y otros consejos sumamente útiles.  Afortunadamente, en la actualidad hay numerosas fuentes de información sobre el tema, tanto en español como en inglés, que van desde vídeos hasta podcasts e infinidad de lecturas cortas y largas.  Igualmente, consulté a aquellas amistades que tienen vasta experiencia en recursos humanos o en conseguir buenos empleos.  Me hizo bien aclarar dudas con personas que conocen mis fortalezas y, sobre todo, mis debilidades.  Sus impresiones, sumadas a la buena vibra de mis familiares y amigos más cercanos, me dieron la confianza para enfrentarme a aquella primera entrevista, no sin antes estudiar la página y redes sociales del patrono.  Llegado el día, me aseguré de presentarme unos 15 a 20 minutos antes de la hora citada y, mientras esperaba, hice mi evaluación mental de las instalaciones, del ambiente y, por qué no decirlo, de la gente.  Cada persona que me encontré en el camino hacia la oficina indicada y en la sala de espera fue admirablemente atenta.  Era palpable cuán sólida es la cultura organizacional de ese patrono. 

Mi entrevistadora había trabajado con mi entonces “supervisora” (entre comillas porque la asignación nunca se puso por escrito), y se aseguró de preguntarme por su excompañera tan pronto vio dónde yo estaba trabajando.  Buscar empleo a escondidas de tu jefe añade estrés al asunto y ese primer tema me desajustó los chacras.  Flui sin desfigurarme y respondí todas sus preguntas en la mejor de mis capacidades, aun cuando percibí durante nuestro diálogo que yo no era lo que estaban buscando.  Salí de allí con la frente en alto y complacida de haber tenido un ensayo general satisfactorio, pues al día siguiente me tocaba la entrevista con el otro patrono al que había solicitado.  En esa me sentí mucho más cómoda.  Ya había roto mi segundo himen laboral y el factor intimidante se había reducido.  Me ofrecieron, acepté y el resto es historia.  Actualmente, estando desempleada, me expongo con mayor seguridad al proceso y me enfoco en proyectar lo mejor de mí, en lugar de fijarme en el resultado.  Lo que esté para mí, llegará.    

Tecnología vs. experiencia

Existe una línea fina entre las ventajas y desventajas de los avances tecnológicos.  Es posible que, si eres mucho menor que yo, no lo veas de esa manera, pero sucesos recientes me han puesto a pensar en esto.  Hecho: los avances tecnológicos nos facilitan muchas cosas.  Sin embargo, también han traído una ola de impersonalidad en procesos cotidianos en los que, al menos yo, prefiero el contacto con un humano.  Para darte el ejemplo más reciente, durante la crisis que estamos viviendo, uno de los artefactos del que más dependemos es el celular.  Al fallar la electricidad, nos ocupa cómo recargarlo para poder acceder a nuestros contactos, a todas las fuentes de información imaginables y, por supuesto, a las redes sociales.  Mientras respeto los procesos de cada persona, me pregunto cuánto tiempo dedicamos a leer -y compartir- noticias que no siempre son ciertas, publicar que tembló nuevamente o actualizar nuestro estatus con un rezo.  Y, sí, probablemente ese sea el canal de preferencia para soltar inquietudes y sentimientos, pero ¿dónde queda la gente a nuestro alrededor?  ¿Por qué no desahogarnos con ellos u orar juntos?  ¿Qué me dices de los que se creen todo lo que leen?  ¿Quién puede darle calma a un anciano que leyó o escuchó alguna barbaridad?  ¿Cómo controlamos el pánico al que los menores están expuestos? 

En temas menos intensos, hace poco busqué información para estudiar el posgrado en una universidad. Como es de esperarse, encontré bastante en la página web y logré buena interacción con el departamento de Admisiones a través del correo electrónico. Entonces, recibí un email exhortándome a realizar mi matrícula online. ¡Espérate! Reconozco que esto puede ser algo generacional, pero ¿aún no he escuchado una sola voz y ya quieren que me matricule? ¿Alguien puede darme foro para aclarar dudas? ¿Cómo se supone que compre la idea sin que alguien me la venda? No me malinterpretes, el e-commerce funciona de maravilla para artículos y servicios (algunos), pero estamos hablando de educación, o sea, de mi futuro. Afortunadamente, pedí una cita, me atendieron y contestaron todas mis preguntas con amabilidad. La historia con la oficina de Desempleo ha sido distinta. Sin adentrarme en la opinión general sobre la eficiencia del Gobierno, pareciera que el protocolo fomenta la vagancia más que la proactividad. La oficina regional se limita a comunicar lo mínimo y en las líneas telefónicas de apoyo he roto récords de 80 minutos en espera sin respuesta de un humano.

Mientras que puede resultar práctico no tener que visitar una oficina, la realidad es que una máquina no puede proveer el mismo nivel de expertise que un empleado bien capacitado.  Para un patrono puede ser productivo filtrar solicitudes de empleo con los algoritmos de una plataforma digital, pero perder el contacto humano implica perder el feedback inmediato que puede ayudarnos a mejorar.  Negocio es negocio, pero creo que, al momento de optimizar una operación, no debe perderse de perspectiva la experiencia provista a todos los públicos.  ¿Qué opinas?     

Uno tiembla más que la tierra.

Es el segundo día en que nos levantamos a un Puerto Rico sin energía, y digo sólo “energía” porque sabemos que a los boricuas nos falta mucho más que electricidad desde que experimentamos ese fuertísimo temblor en la madrugada de ayer.  No suelo marinar en la adversidad, pero las imágenes de destrucción, el aire de desesperanza y las noticias poco alentadoras que abundan en nuestra Isla no me permiten escribir de otras cosas en este momento.  

El ambiente, al menos en San Juan, no está TAN de locos como se pone cuando anuncian huracán; no hay largas filas en los puestos y el supermercado está accesible, aunque comienza a escasear el agua.  Al mediodía de ayer, caminamos un poco, pudimos comprar hielo y encontramos dónde comer.  Sin embargo, de noche el síndrome postraumático cobró otra víctima.  A eso de las 8:00 p.m., salimos con el pretexto de echarle gasolina al carro y aprovechar para cargar los celulares.  Las notificaciones del periódico y del noticiario consumieron el mayor por ciento de batería del mío, aunque confieso que no miré la mitad de las alertas.  Ver las carreteras completamente oscuras me hizo recordar el toque de queda de los meses marianos y el peligro adicional al que nos exponemos por no tener semáforos funcionando, entre otras cosas.  Al conectar el teléfono, me aventuré a ojear las redes sociales y las noticias, sólo para seguir sumando daños causados por este desastre natural del que no nos preocupábamos antes.  Leí sobre refugiados, acampantes, construcciones malhechas, derrumbes, teorías de conspiración, ingenieros expertos, fuegos en Australia y hasta de misiles lanzados.  Sin duda, no fue de esos días en que, mientras menos sé, mejor duermo.  ¡Uno tiembla más que la tierra!

La otra cara de la pesadilla es la solidaridad.  Contrario a los mensajes genéricos que se desbordan en días festivos, ayer recibí textos y llamadas que reflejaban interés genuino de cada emisor.  Asimismo, hablé con amistades que residen en el suroeste y, por supuesto, con mi familia.  El miedo era palpable en los tonos de sus voces, pero ser empático es ponerse en el lugar del otro, aunque sea sólo escuchando.  A los amigos de la diáspora, cuya inquietud excede lo que puedan publicar en sus perfiles, también, se les reactivó el PTSD y la sensación de impotencia.  TODOS estamos reviviendo una época que hemos tratado de olvidar.  Mas, no debemos olvidar que, si podemos leer esto, fuimos capaces de sobrevivirla.  Así que, mientras desempolvamos la estufita de gas, la linterna y el radio de baterías, saquemos los juegos de mesa, la unión familiar y la generosidad con los vecinos. Preparémonos como mejor podamos y dejemos abastos para el próximo en la fila.  Hagamos más ruido conversando que con el generador. En lugar de molestarnos con el planeta, cuidemos de él.  Cerremos los ojos, aunque no podamos dormir. Fomentemos la fe, no el pánico.  

 

¡Nadie me quita lo baila’o!

Un día iba a almorzar con una compañera y noté con extrema curiosidad que ella camina con los pies completamente derechos. Sonará como un dato irrelevante, pero lo es para mis #500PalabrasOMenos de hoy. Durante 7-8 años de mi infancia, estudié en una academia de baile. No recuerdo el comienzo de todo, pero mis abuelos contaban que desde aprendí a caminar mostré interés y al, cumplir cuatro añitos, me matricularon. Guardo en mi memoria hermosas imágenes de incontables sábados y de recitales en los que fui, de salir en un número, a salir en seis. Mi nivel de involucramiento creció con los años y el talento que mis maestras vieron en mí me llevó del Baby Ballet al nivel Intermedio y -un sábado después- al Avanzado. ¡Apenas tenía siete años!

Lo bueno del caso fue que hice esas transiciones simultáneamente con la extraordinaria compañera que, por ser mi contemporánea, me habían pareado casi desde el principio.  Éramos dos piojitas que bailaban en cualquier nivel con el mismo entusiasmo y la misma sonrisa.  Nos daban números para nosotras solas, nos ponían al frente en bailes de grupo, nos pedían asistir a las más pequeñas, nos llevaban a seminarios en San Juan y hasta tomamos clase con Leonor Costanzo.  A los nueve, comenzaron las clases de punta.  Para entonces, los sábados ya eran cosa de todo el día.  Poco tiempo después, la academia cambió de administración, sumando a la ecuación varones, otros géneros de baile, clases los miércoles, viajes a Ponce y oportunidades para distintas audiciones.  Trajo, además, más estructura: un código de vestimenta, hacerse la dona sin flequillo alguno y hasta un maquillaje específico para los recitales.  Fueron buenos tiempos, pero todo tiene su final.  El mío incluye una preadolescente en plena pubertad que se cansó del sacrificio y de sentirse menos por engordar algunas libras.

¡No saques el violín!  Salir de la academia no fue sinónimo de dejar de bailar.  Me divertí mucho coreografiando bailes para cada embeleco del colegio y bailando en la sala viendo vídeos o escuchando música.  Recién llegada a la universidad, audicioné para el grupo de baile del que tanto me habían hablado.  A la semana, publicaron los resultados y el primer nombre en la lista era el mío, pero no entré.  Yo no necesitaba formar parte de un cuerpo de baile, sólo quería probarme a mí misma que aún podía hacerlo si quería.  Décadas más tarde, sigo caminando con los pies hacia afuera, apuntándolos cuando levanto las piernas, estirando los brazos en líneas limpias hasta en las clases de Zumba, enfocando la mirada en un punto fijo cuando giro en la pista de alguna fiesta y me encanta ser la que rompe el hielo.  Seguir el ritmo, aprenderme una rutina y enseñar a mi hijo a bailar, son sólo algunos beneficios del legado que dejó en mí la gran disciplina de este hermoso arte.  Y, así, como nadie puede quitarme mis conocimientos, tampoco ¡nadie me quita lo baila’o!        

Es la misma distancia.

Cuando llegué a San Juan en el 1997, una de las frases que más escuché al mencionar mi pueblo de procedencia fue “tú vives en el ca***o”.  La lejanía inferida en la premisa influyó en la ruptura de mi primer noviazgo y, más importante, trajo a mí la sensación de homesickness que el tiempo que no se ha llevado.  Sin embargo, una de las cosas que más marcó esas cinco palabras fue la división de amistades entre las del Oeste y las del Área Metro.  Pues, además de mi roommate y mejor amiga en aquella época, fueron muy pocas las personas que hicieron la travesía de la Capital hasta Cabo Rojo.  Naturalmente, dividir mi tiempo entre dos lugares complicaba cualquier relación, pues siempre había algo que sacrificar.

Eso cambió hace 18 años cuando el chico que me gustaba me llamó para preguntar si podía recibirlo en mi pueblo un viernes de diciembre.  Emocionadísima, le dije que sí y lo esperé mientras hacía el viaje desde Bayamón.  Quiso ir al Faro de los Morrillos que -como te conté anteriormente- es un gran atractivo turístico, y pasamos la tarde tomando fotos de una de mis vistas favoritas y disfrutando de la gloriosa primera etapa de un nuevo romance.  No era el tipo de persona con quien mis amigos ni familiares me visualizaban, pero el hecho de no parecerse a los demás sólo me atraía más a él.  Yo, también, quise visitarlo en medio del receso navideño.  Después de todo, de allá hasta acá y viceversa es la misma distancia.  Luego de cocinarme los mejores pancakes de mi vida, enseñarme a apreciar el cine internacional y llevarme a contemplar las estrellas desde las afueras de El Morro, nos volvimos inseparables.  A los seis meses ya vivíamos juntos, a los tres años nos convertimos en padres y a los 16 fuimos rescatados por un perro.  Hoy, que celebramos nuestro decimoctavo aniversario, es la primera despedida de año en que su trabajo no le permitirá estar conmigo y te confieso que escribir esa oración acaba de inundarme los ojos.  Pero sé que, aunque el viajecito después de tantos años no se ha hecho más corto ni más fácil, él llegará hasta acá en cualquier momento para complacerme y pasar el resto de las fiestas en familia.

No hay distancia inalcanzable cuando la intención es genuina.  Y así, como él llegó (y se quedó), han llegado otras personas que saben eso.  A los amigos que vinieron a mi baby shower hace 15 años; al amigo que llegó para un vino, un café o hasta una botella de agua; a los que aprovecharon sus vacaciones en el área para visitar; a los que me han hecho el favor de traer o buscarme; a los que llegaron para rezarle a mi papá… desde esta esquina de la Isla yo pudiera decir ignorantemente que ustedes todos viven “en el ca***o”, pero eso no les ha impedido ser, estar y -sobre todo- permanecer aquí. ❤️ ¡Gracias!             

El Cabo Rojo que es mío

Mencioné que soy natural de Cabo Rojo, un pueblito al suroeste de la Isla que la mayoría de los boricuas conocen únicamente por sus playas.  Y, sí, mi pueblo tiene hermosas playas y varios atractivos turísticos, como el Faro de los Morrillos, las Salinas, el Poblado de Boquerón (que es parte de Cabo Rojo, aunque tiene su propio código postal) y los múltiples restaurantes en el área de Joyuda; pero el Cabo Rojo del que yo vengo es más que eso.  Aquí vive mi familia y, desde que me fui en el 1997, he mantenido la costumbre de volver periódicamente y celebrar acá las fechas especiales.  Cuando digo eso, temo que los capitalinos me visualizan frente al mar.  Y suena divino, pero quiero resumirte lo que hago en mi lugar de crianza en #500PalabrasOMenos.      

El viaje de aproximadamente 2.5 horas desde San Juan conduce directamente a la casa de mi madre, que no queda en el campo ni cerca de las playas.  Es la misma casa a la que me trajeron al nacer, en la que me rajé la barbilla y donde festejaba los cumpleaños de mis muñecas.  Mi cuarto sigue siendo mi cuarto.  En mis gavetas aún encuentras llaveros de Menudo y mi clóset está lleno de fotos y recuerdos que, a veces, paso horas mirando.  Una buena mañana en mi pueblo comienza brindando con café hecho por mami y servido en una tacita de Minnie Mouse que tiene mil años.  Ella en su butaca y yo en el sofá, pasamos largos ratos poniéndonos al día o elaborando los cuentos que ya nos hicimos por teléfono.  La llegada de mis tres sobrinos asegura el entretenimiento del día.  Junto a mi hijo, los cuatro fantásticos de la familia hacen de las suyas desde la mesa del comedor hasta el patio.  Con decirte que la primera vez que mi chiquito vino sin mí aprendió a treparse en el techo de la casa, puedo darte una idea de lo que son capaces… pero creo que volverse loca con ellos es parte esencial de amarlos.  Si de gente se trata, puedo sumar a la visita un reencuentro con viejas amistades.  Para comer, nada mejor que el pollito guisado o el biftec encebollado de mi mamá y esporádicamente me sorprende complaciendo mis antojos de panas o salmorejo.  Como la casa de mi mamá es sólo para mí, te comparto algunos sitios que disfruto:

  • Hacienda Perichi: ambiente liviano, cervezas frías y los mejores burgers y costillas del área
  • Marty’s Kitchen: mariscos frescos y un mofongo con camarones de la laguna que me hace salivar
  • Los limbers de t*tita de la Plaza, las empanadillas de El Ancla
  • La vista del Faro, Playa Buyé

Regresar a casa, sentir el inmenso amor de mi madre es y será siempre lo mejor de este pueblo.  Cabo Rojo, para mí, no es jangueo y mariscos.  El Cabo Rojo que es mío es energía y hogar.