Me tocó ir al supermercado.

Antes de que continúes leyendo, te advierto que lo que sigue es un desahogo. Como los pasados viernes de esta cuarentena, ayer había que ir a hacer compra. Durante el confinamiento, el hombre de la casa había asumido esta responsabilidad, pero ayer mi persona amaneció con un pie hinchado que le impide caminar sin dolor. Cuando lo vi cojear, supe que necesitábamos un Plan B. Intenté hacer la compra online sólo para estancarme al ver que no había opción de entrega ni recogido hasta después del 19 de abril. Mentalicé cuántas proteínas quedaban en la nevera y si había alguna alternativa de desayuno para hoy, pero la suma de nuestros abastos no daría para más de dos días y, con el asunto de la tablilla y el domingo de encierro total, las opciones se limitaron a una: me tocaba a mí.

Postergué la salida excusada por mi responsabilidad laboral y hasta contemplé la posibilidad de ir al amanecer.  Sin embargo, cuando llamé para validar a qué hora abrían, la recepcionista me señaló que ya a las 5:00 a.m. había fila para entrar.  Agobiada por la anticipación, culminé mi jornada y me dispuse a pisar la calle por primera vez desde el 14 de marzo.  Dos amigos aconsejaron ponerme, aunque fuera, un pañuelo en ausencia de la famosa mascarilla.  En mi esfuerzo de protegerme lo más posible, me cubrí tanto que parecía que iba a robar un banco y, claro está, nuestro clima tropical ejerció efecto sobre la bandana que me tapaba boca y nariz y los guantes de plástico en ambas manos.  ¡Nunca me imaginé así!  Cuando por fin llegué, la fila comenzaba en la avenida.  Sorprendida con la obediencia a los seis pies de distanciamiento social, llamé a una amiga para que me ayudara a silenciar las voces en mi cabeza.  Pasé unos 45 minutos esperando mi turno ansiosamente y ella hizo lo que pudo para tratar de calmarme.  Para entrar, agarré el carrito temblorosamente y puse música para aislar con los audífonos cualquier ruido que entorpeciera mi misión.  ¡Qué estrés!

Aunque las góndolas no estaban concurridas, quise recorrerlas con prisa.  Tiré cosas, en lugar de organizarlas, evité contacto con la gente, me sorprendí con algunos precios elevados y terminé gastando el doble de lo usual.  Quiero pensar que compré suficiente para prolongarán la próxima ida y reconozco que aquí, afortunadamente, ninguno se come las meriendas el primer día.  Al pagar, me quité los audífonos y el pañuelo con el que peleé tres veces porque se me caía mientras compraba.  Sentí a los empleados más amables que nunca y aproveché para agradecerles que nos sirvieran con tanta empatía.  Salí con un fuerte y repentino dolor de cabeza que puede haber sido que me subió la presión.  Boté los benditos guantes y desinfecté mis manos.  Regresé a casa, limpié y acomodé la compra y me metí a la ducha para ver si el jabón me lavaba la tensión de esta cotidiana, pero ahora difícil, experiencia.

Lazos e hilos rojos

Es normal recordar con afecto el primer amiguito que hiciste en Kínder o a la primera persona que se sentó a tu lado en el almuerzo cuando cambiaste a otra escuela o empezaste la universidad, pero ¿cuándo fue la última vez que -en tu vida de adulto- alguien te preguntó si hiciste algún amigo nuevo hoy?  Los adultos vivimos ajetreadamente, tratando de cumplir con nuestras responsabilidades personales y profesionales.  Muchos somos apegados a nuestras familias y atesoramos aquellos amigos que han crecido con nosotros física o circunstancialmente.  Sin embargo, a menudo nos cerramos a la posibilidad de permitir que una persona nueva entre a nuestro círculo.  Pareciera que olvidamos que, a lo largo de cada etapa, necesitamos diversificar nuestra red personal.  ¿Menos perros, menos pulgas?, como dice el popular refrán.  ¿O acaso estamos enfrentando la independencia implícita de la adultez contra la naturaleza humana de rodearnos de gente?

Te hablo en primera persona plural porque mi cuestionamiento no me excluye de esta mentalidad. Reconozco que, especialmente en los últimos años, he sido más cautelosa al momento de etiquetar conocidos como amigos. Mas, escribo esto para honrar a viva voz a los que se han ganado el sello de buena fe. Cuando comencé a estudiar la maestría recientemente, me visualicé sola. Me creé la falsa impresión de que el ambiente sería sumamente competitivo y, teniendo frescos los recuerdos de experiencias tóxicas pasadas, entré al salón guardando distancia. No pasó un mes antes de que algunos compañeros comenzáramos a gravitar hacia otros, a identificar fortalezas y semejanzas y, sobre todo, a mostrar respaldo. La noche antes de mi más importante entrevista de trabajo, recibí un mensaje de texto con sólo dos palabras: Bless you!. Mi reacción se confundió entre la ansiedad que precedía todas mis entrevistas y la emoción que me causó recibir la bendición inesperada de alguien que acababa de conocerme. Supe en ese momento que había mucho valor en los lazos que formamos como adultos, que un nuevo amigo se sumaba a mi lista y que este futuro colega sería alguien de quien aprender y apoyarme tras este retorno a la vida universitaria.

Pensé, también, en las primeras personas a quienes suelo compartirles mis noticias, buenas o malas (después de mi familia); en los excompañeros que me sujetaron cuando recibí la llamada sobre el fallecimiento de mi padre; en todos los que llamaron o escribieron cuando me supieron en las gradas recuperando el aliento. ¡Todos llegaron a mi vida siendo adulta! Entonces, el valor de esos lazos es incalculable. Aquel amigo de la historia que pudo haber terminado llegó hace dos años y mi mejor amiga, con la que comparto un hilo rojo en la muñeca izquierda, se me mudó permanentemente al corazón hace tres. La importancia de las personas en nuestro círculo no es relativa al tiempo, sino al espacio que queramos darles. Para mí, si sumas y eres genuino, estás bienvenido. Nunca es tarde… ni temprano.

Y tú, ¿hiciste amigos nuevos hoy?    

Mi niña interior quiere salir.

Unos días pasan más lentos que otros en esto del aislamiento social.  Veo gente contando los días; algunos van por 12, otros por nueve y a mí no me ha dado con marcar en el calendario cuándo comencé a quedarme en casa por orden ejecutiva y sentido común.  Tengo un punto a mi favor en el asunto o, al menos, eso me hago creer cada mañana cuando comparo este acuartelamiento impuesto con los meses que duró mi pausa.  Si sigues mi blog, es probable que hayas leído sobre los sucesos que me hicieron sentar en el banco a contemplar la vida desde otro ángulo.  Grandes cosas han pasado desde entonces, pero pienso que encontrarme con todo ese tiempo libre me dio la gran oportunidad de aprender a vivir conmigo y es ahí donde estriba mi ventaja.  Verme a los ojos, explorarme, cuestionarme y aceptarme me ayudan a encontrarme más cómoda ahora que me toca distanciarme de todo, pero no de todos.

Sé estar entre cuatro paredes, sé sentarme por horas frente a la computadora, cocinar múltiples veces al día, disfrutar de largos ratos de ocio y dormir hasta que sea hora de levantarme para hacerlo todo de nuevo.  En cambio, esta vez no estoy con Misma, mi persona y mi hijo están aquí 24/7 y aún nadie se ha tirado por el balcón.  No pretendo venderte la idea de que estamos como las pascuas, pero creo que sería mil veces peor si yo estuviera arrastrando mi carga emocional de los pasados meses.  Afortunadamente, estoy trabajando remoto, cosa que ocupa mi mente y gran parte de mi tiempo mientras me permite ser yo quien aporte a nuestra economía familiar.  Ellos pasan los días cada uno en su mundo, reagrupándose con la frecuencia que nos sentamos a comer y a ver televisión juntos.  Hoy se sentaron a jugar Xbox y, en medio de la tira’era de su juego competitivo, me regalaron las carcajadas más chulas de estas semanas.  Hasta el encierro tiene sus momentos divertidos si estás dispuesto a mantener los ojos abiertos para verlos.

Indudablemente, tengo los mismos sentimientos de temor e incertidumbre ante esta pandemia.  Lejos de la histeria y de los protocolos excesivos, me he asegurado de hacer lo que está a mi alcance, de reducir a una las salidas de la semana, de no exponer a mi familia y de mantener algo de cordura.  Pero me he sorprendido mirando distinto aquellas escenas en que una persona toca la mano de otra en una serie.  Escucho una voz en mi cabeza preguntando por qué no están a seis pies de distancia y hasta envidiando el escenario en que un abrazo no representa un peligro.  Aun con tanta consciencia, quiero ir a ver a mi madre, llevar a mi hijo al cine, compartir unas copas con mis amigos o siquiera dar una chancleteadita en Marshalls.  Y estoy esperando la alerta que notifique la extensión indefinida de esta necesaria cuarentena, pero mi niña interior quiere salir.

Desde mi experiencia: Consejos para trabajar remoto

Muchas organizaciones se han visto forzadas a cerrar operaciones durante la cuarentena impuesta por nuestra realidad actual.  Otras, han podido activar parte de su estructura laboral de manera virtual.  Si has sido privilegiado con la flexibilidad y comodidad de trabajar remoto, debes comenzar por reconocer que es una gran responsabilidad. 

Dado que no es mi primera vez trabajando desde casa, me atrevo a compartirte diez consejos desde mi experiencia -y en orden aleatorio- que pueden favorecer la tuya.

  • Cuenta tus bendiciones prudentemente.  Si tienes la oportunidad de trabajar desde tu hogar, no es momento de quejarte ni presumir.  Solidarízate con los que quisieran estar trabajando y no pueden; con los que quisieran estar en sus casas y están llamados a servir. 
  • Honra tu horario laborable.  Esto aplica tanto a cumplir con tu jornada completa como a dejar tiempo para ti antes y después del horario asignado.  Si trabajas regularmente de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., esfuérzate por mantenerte productivo y disponible en ese horario. 
  • Intenta mantener una rutina.  Mientras menos te alejes de lo que haces cuando vas a la oficina formalmente, más fácil será la transición cuando te toque regresar a la normalidad.
  • Fíjate objetivos.  Tener un plan y metas que cumplir diaria, semanal o mensualmente, valida tu aportación profesional.  Si tienes oportunidad de desarrollar este plan con tu supervisor inmediato, mejor.    
  • Documenta todo.  Debes estar preparado para rendir cuentas en cualquier momento y evidenciar cómo has usado tu tiempo, las tareas que has realizado, comunicaciones, reuniones virtuales y proyectos en proceso o completados.
  • Observa cierta etiqueta de negocios.  Nadie espera verte con vestimenta corporativa ni maquillaje en alguna reunión virtual, pero tampoco debes presentarte frente a la webcam en camisilla, despeinado, comiendo, acostado o con exceso de ruidos controlables.  Prepara un espacio para trabajar y cuida tu imagen profesional.
  • Comunícate, comunícate, comunícate.  No se trata de informar cada paso que das, pero es importante que, tanto tu supervisor como los públicos que atiendes, te sientan presente en el trabajo.  Si trabajas con clientes (externos o internos) y hay proyectos corriendo que puedas atender remoto, mantenlos informados de tu progreso y ten en cuenta sus necesidades.     
  • Ahorra dinero.  Sin saber cuánto pueda prolongarse esta situación, es difícil predecir el rendimiento de una organización cuyos ingresos pueden estar comprometidos, pero sus gastos no cesan.  Sé consciente, evita gastos innecesarios y prepárate económicamente.    
  • Invierte tu tiempo correctamente.  La tentación de utilizar la computadora para navegar las redes sociales y los sitios de compras en línea es real, pero no debes perder de perspectiva que estás siendo remunerado por estar sentado detrás de ese monitor.  Considera hacer esas cosas que las distracciones de la oficina suelen dificultarte.
  • Modera el consumo de tus utilidades.  Evita encender luces y aires acondicionados innecesariamente.  Recuerda que habrá facturas que pagar al final de la cuarentena.

Tu valor como empleado aumenta cuando eres capaz de probarte en circunstancias difíciles.  Aprovecha este voto de confianza, #QuédateEnCasa y ocupa tu mente productivamente.   

Pongámonos al día.

Tengo mucho que contarte, lector.  Estas últimas semanas han estado llenas de sucesos importantes, unos mejores o más felices que otros, razón por la que había tardado tanto en volver a escribir.  Me disculpo si estuviste esperando y agradezco que regreses a leerme.  Hay cosas que quiero narrarte a mayor escala, pero -por ahora- voy a resumirte un poco de lo acontecido desde la última vez que me senté al teclado. 

Marzo trajo aires de cambio para mí.  Realicé labor voluntaria para una organización sin fines de lucro en la que creo inmensamente.  Viví días hermosos junto a otros voluntarios en los que sentí total agradecimiento de la vida por lo mucho que me ha dado.  Ponerme al servicio de una hermosa causa me ayudó a renovar la esperanza.  Estando allí, recibí el callback que tanto había esperado.  Una prometedora oportunidad (sobre la que abundaré más adelante), puso fin a mi pausa, llenándome de entusiasmo y validando mi capacidad profesional para emprender cualquier reto.  Mi alegría pasó a un segundo plano cuando recibí una de esas llamadas familiares que hacen poner todo en perspectiva.  Mientras reconozco que la muerte es parte natural de la vida, hay maneras de partir que me hacen cuestionar a qué se reduce nuestra existencia.  ¿Cuántas personas recordarán cómo éramos antes de que nuestros cuerpos y mentes comenzasen a fallar?  ¿Quiénes estarán a nuestro lado cuando demos el último respiro?  Ambas preguntas, en este caso, me llevan a la misma respuesta y, sin miras de divulgar asuntos demasiado íntimos de mi familia, quiero dedicar unas líneas a solidarizarme con mi mamá.  Sólo el Padre sabe lo que su corazón y su mente guardan y, sintiéndome tan impotente en la distancia, rezo por su fortaleza y calma tras esta nueva tormenta.        

Con una mezcla emocional muy particular, inicié mi actual aventura en una industria que no me es desconocida.  Este rol me permite nutrirme de mi experiencia para desempeñar tareas que mi intelecto y curiosidad ansían explorar.  El ambiente es fresco y liviano o, al menos, así lo sentí hasta que se desató la crisis por la pandemia que amenaza al mundo entero.  Laboralmente, he visto mucha proactividad en la toma de decisiones y un enfoque humanitario y lleno de consciencia que me hace sentir orgullosa de trabajar ahí.  Personalmente, ayer salí a hacer las diligencias propias de mis sábados y percibí un pánico muy distinto al que los puertorriqueños exhibimos por los huracanes y sismos.  Las mascarillas, los guantes y la escasez de desinfectantes de todo tipo me dieron la sensación de paredes cerrándose rápidamente a mi alrededor.  Intentando conservar gran parte de mi usual calma ante otras emergencias, hice lo que pude sin exponer a mi hijo, elevé una oración y me dispuse a encuevarme.  Luchando por manejar mejor mi tiempo, espero distraer mi mente entre tareas académicas y domésticas y darle poco espacio a la expectativa y ansiedad que hoy nos ocupan a todos.  Respiro y me repito: esto, también, pasará.   

Otro domingo que no me llamas

Hoy es otro domingo que no me llamas y no es que esté aburrida ni me sobre el tiempo.  Es que sigo esperando que suene el teléfono y seas tú.  Miro la pantalla de mi celular y, cuando me doy cuenta de que son las 2:00 p.m., comienzo a sentirme ansiosa.  Veo tu contacto entre mis favoritos, pienso en llamarte y tengo que obligar a mi cerebro a enviarle una señal a mi dedo para que no marque tu nombre.  ¡Tengo tanto que contarte!  No es algo que no sepas.  Me consta que has estado pendiente de mí y atento a todo lo que sucede y, de verdad, lo aprecio profundamente.  Incluso, veo tu mano en ciertos sucesos que van desarrollándose.  Siento tu presencia en mi vida, pero necesito escuchar tu voz.

Por favor, no lo llames costumbre.  Sigues siendo una parte importante de mí y eso no va a cambiar con el tiempo.  Cuatro meses sin verte y 18 domingos sin tu llamada no me han quitado las ganas de correr a abrazarte.  Hasta he comenzado a hablarle a tu vieja foto, pero bueno… la foto no me contesta.  Un “Hi, baby!” me haría el día.  Un “Hey, don’t worry about it” me daría confianza.  Te fuiste sin avisar y, aunque me costó mucho asimilarlo, entiendo por qué.  En lugar de pensar en qué pude haber hecho distinto o en las cosas que me faltaron por decirte, pienso en todo el tiempo que disfruté a tu lado, en el inmenso amor que me diste y en que, gracias a eso, estoy de pie.  Sé que me lees a tu manera, pero sí.  Lo que pasa es que no quiero escribirte con tristeza.  Prefiero dirigirme a ti con agradecimiento.  ¡Gracias por escucharme!  No importa de dónde ni cuándo te hable, tarde o temprano me envías una respuesta.  ¡Gracias por permitirme tener más días claros que grises!  Tu luz continúa iluminándome el camino.  ¡Gracias por ayudarme a escoger mis batallas y darme fuerzas para pelear las que verdaderamente importan!  ¡Gracias por darme la oportunidad de estar allí hoy!  (El que sabe, sabe.)  Te sentí con nosotros, con el mismo orgullo de siempre.  Por si no te lo ha dicho recientemente, él también te extraña.  Sobre todo, ¡gracias por seguir creyendo en mí!  Si bien la falta que me haces es indescriptible, saberte aún de mi lado es el mejor consuelo. 

Si adviertes que mis lágrimas no cesan, no pienses en lo mucho que me duele.  Mejor, piensa en lo mucho que te amo.  Piensa en lo endeudada que vivo con el Cielo por haberme dado un padre maravilloso.  Es muy probable que esto de no verte nunca me resulte fácil, pa’.  Pero es más probable que mi corazón sonría por siempre cada vez que te recuerde.  Así que, no borraré tu número de mi teléfono.  No dejaré de hablarle a tu foto y no pararé jamás de susurrarte hacia el cielo: “I love you, daddy-oh”.     

La historia pudo haber terminado.

No fue amor de una noche, obra de cupido ni falta de compañía. No hubo premeditación, nadie nos presentó y tampoco me fijé de dónde salió. Sólo sé que al girar los 90° en los que das pierna y cadera durante “el pasito” me percaté de que había alguien nuevo en mi entorno; que en el próximo giro toqué ligeramente su cintura; y que cuando la música cambió nos quedamos bailando en pareja. Posiblemente, ni siquiera intercambiamos nombres al bailar. La historia pudo haber terminado el instante en que cada uno se montó en su transporte designado, pero la próxima parada de aquella noche de fantasía fue el lugar en que todos los vestidos de blanco se reagruparon para prolongar la velada y, para mi sorpresa, ahí estaba.

Nos gritamos de una esquina a otra, como grandes amigos que no se ven hace años, y ninguna de las seis personas que totalizaban nuestros acompañantes fue capaz de despegarnos. Canción tras canción, nos convertimos en los indiscutibles ganadores de -lo que en ese momento denominamos- nuestro concurso de baile imaginario. Entre risas, vueltas y las más chulas miradas, nos olvidamos del tiempo hasta que prendieron las luces del establecimiento. Inmortalizamos el momento en una foto grupal y sumamos diez dígitos a nuestras respectivas listas de contactos con el pretexto de compartirla. La historia pudo haber terminado al enviar ese mensaje, pero supe al despedirnos que, si no volviera a verle, haría falta en mi vida. Monitoreamos nuestros regresos a casa guiados por la salida del sol y hasta bromeamos esa tarde midiendo el nivel de resaca de cada uno. Percibí que la peculiar sensación superaba la cantidad de espuma en nuestros sistemas. Al día siguiente, me envió el chiste interno con que aseguró un lugar en mi memoria. Dos semanas después, nos juntamos en su pueblo para un café que duró cuatro horas. Luego, volvimos a bailar como si fuéramos los únicos sobre la “pista” en una noche que nos llenó los estómagos de comida y los pies de arena. Y compartimos con propósito durante seis meses hasta que la diáspora cobró su mejor víctima. La historia pudo haber terminado al acercarse su partida sin oportunidad de despedirnos, pero acordamos encontrarnos en el aeropuerto para un café más previo a su abordaje y los últimos abrazos que regaló antes de cruzar el charco fueron para mí.

Pensando que nuestra amistad prematura no sobreviviría la distancia, y excusándome con darle espacio para acostumbrarse a su nueva realidad, me alejé equivocadamente. La historia pudo haber terminado entonces, pero mi coprotagonista sabe hacer de montaña y de Mahoma. A casi dos años desde que llamó “magia” a eso que nos unió tan cerca tan rápido, y procurando siempre ser y estar, ¡ni las millas han logrado separarnos! Sentirle presente en mi vida me hace creer en esa magia. Porque, aunque hoy toca otra despedida con abrazos y café, la historia de dos amigos que se conocieron bailando continúa.

Mi paciencia, ¿pa’ cuándo?

Hablemos claro.  La paciencia no está entre mis fortalezas.  Puedo esperar en filas y por la llegada de cosas grandes: un niño, una oportunidad de empleo, un evento importante; pero no me pidas paciencia en procesos que, por repetición, deberían fluir eficientemente.  En una proporción similar a la del “que no le gusta el caldo”, recientemente mi rostro se ha desfigurado de impaciencia e intolerancia con varias “tazas”.    

  1. Recibí una llamada del banco en la que una grabadora notificaba que mi tarjeta posiblemente sería cancelada en respuesta a protocolos de seguridad.  Fue la segunda vez que me sucedió en menos de un año y en ninguna de esas veces había actividad irregular.  Al momento de recibir la llamada, ya mi ATH estaba inservible y yo, por supuesto, sin dinero en efectivo.  (Puedes insertar el regaño aquí.)  Me refirieron a la sucursal para buscar una tarjeta nueva “libre de costo”.  Hello!?!?  ¿Libre de costo para quién?  Salir de la casa, meterse en un tapón y perder tiempo no es mi idea de libre de costo.  Sinceramente, pienso que el protocolo debe incluir una alternativa que le provea al cliente un periodo razonable de 24 horas, con verificaciones y alertas, para resolver antes de que inactiven la tarjeta.  ¿Qué hubiera pasado estando fuera de Puerto Rico sin ese banco cerca?    
  2. Visité una oficina gubernamental para aclarar un asunto.  Me habían citado para algo, pero la carta con la cita llegó el día después de la fecha indicada.  Responsabilizándome totalmente de no adivinar que podía ir en cualquier otro momento, la gerente me refirió a otra oficina en el centro de Río Piedras.  Decidí usar el Tren Urbano y saqué el pase de un solo viaje con el último efectivo que tenía en la cartera.  (Hay una lección oculta sobre andar sin dinero.)  Llegué a la estación, pedí direcciones al empleado y me dirigió incorrectamente a una oficina que quedaba al frente, pero estaba lloviendo fuertemente.  Llamé antes de tirarme y, milagrosamente, contestaron para informarme que no podían atenderme porque el horario para esa gestión era únicamente a las 8:00 a.m. ciertos días de la semana.  Para regresar, intenté recargar el pase del Tren con mi ATH, desconociendo que hace tres años eso no es una alternativa.  Contentita, esperé que escampara, caminé hasta la otra entrada de la estación, retiré $20 y me metí en un cafetín con más moscas que clientes a cambiar el billete. 
  3. Esa misma noche fui a tomar un curso en el que estoy matriculada (adicional a la maestría) y presencié cómo la profesora luchaba durante una hora por solucionar problemas técnicos que la hicieron comenzar la clase con 30 minutos de atraso.  Con un respaldo intermitente del personal técnico en turno, empaticé con ella sin disimular las ganas de salir corriendo.

No creas que me enorgullece perder la chaveta en estos casos, pero quizás algo de proactividad y algunas estrategias de Servicio al Cliente 101 pudieran mejorar estas experiencias.  ¡Pienso yo!  🤷

Dos semanas y tres meses

Desde que tengo uso de razón, tengo memoria de elefanta selectiva. Mi capacidad para recordar es impresionante, pero sólo con aquellas cosas que mi cerebro identifica como importantes. Muchos de esos recuerdos se dan por asociación o porque enmarco la fecha en el tiempo de algún suceso importante. Por ejemplo, mi papá falleció exactamente dos semanas después de que regresáramos de nuestro primer viaje familiar. Yo me quedé sin empleo dos semanas luego de su muerte. Será difícil desligar un evento del otro en mi calendario que hoy marca tres meses de convertirme en madre a tiempo completo de un adolescente. Hoy celebro, además, haber sobrevivido las primeras dos semanas de mis estudios graduados. Quizás, te preguntes qué tengo que celebrar de sólo dos semanas y te explicaré en #500PalabrasOMenos.

Mencioné antes que volver a la universidad representaba muchos retos. Pues, tengo que confesar que, cuando escribí eso, no tenía idea de cuántos. Rehacer hábitos de estudio en el siglo 21 equivale a dominar metodologías educativas que no conocí durante el bachillerato. Una maestría híbrida, como la que estoy estudiando, combina clases presenciales y reuniones por vídeo conferencia con una carga académica mayor a la de un estudiante que va al salón regularmente y recibe todas las lecciones cara a cara con su profesor. Estos programas están diseñados para personas que tienen una carrera o se encuentran en etapas de sus vidas en las que su función primordial no es ser estudiantes, y lo entiendo perfectamente, pero nunca imaginé tener tanto trabajo semanalmente. Entro una asignación a la plataforma la noche del domingo y, a la mañana siguiente, la próxima está abierta y el timer mental que había puesto en pausa echa a correr nuevamente. El capítulo más corto que me ha tocado leer ha sido de 22 páginas (en inglés) y la mayoría de las lecturas han venido con instrucciones de investigar temas que consumen aun más tiempo. A dos semanas de los próximos 14 meses a este ritmo, celebro porque confío en que vale el esfuerzo. Me encuentro retándome a mí misma para satisfacer mis propias expectativas, dándome cuenta de que los más jóvenes enfrentan los mismos retos y sirviendo de apoyo a los que expresan mayor dificultad. Quiero releer esto el próximo año cuando recoja la toga para mi graduación y recordar que fue mi determinación la que me llevó hasta ahí.

Con una determinación menos palpable cuento los tres meses de mi actual desempleo y respiro profundamente. Juraba que encontraría otro trabajo en menos tiempo, pero siento que algo bueno está cerca. Decidí ver el tedioso proceso de entrevistas como el de audicionar para el próximo gran rol de mi vida. Que algunos directores busquen otro perfil no me hace menos talentosa. Lo importante es que el teléfono sigue sonando. Mientras espero el callback apropiado, continúo preparándome porque, aunque no tengo el libreto, sé que será un papel importante y cuento con una fanaticada que apuesta a mí.

Permíteme hablarte de ella.

Hay una persona en mi vida que supera a todas las demás: mi mamá.  Si gustas, podemos abrir el debate de quién es la mejor madre del mundo, pero no necesito convencerte de que es la mía; con que ella lo sepa, me basta.  ¡Y voy a tratar de explicarte por qué!  No, no es casual que escoja contarte sobre ella un par de días después de su cumpleaños e iniciando la semana del amor y la amistad.  La realidad es que llevo un tiempo queriendo escribirle ahora, mientras puede leerme, y, aunque no necesito un pretexto, la ocasión me parece ideal.  El reto es encontrar palabras que le hagan justicia.  Así que, discúlpame si, por esta vez, me paso de las 500.

Mami no es de esas mujeres de “mucho rímel, poca falda”.  Desde que la conozco, prefiere estar cómoda, antes que estar emperifollada.  ¡Hace de todo!  Es tremenda líder, inteligente, amorosa como nadie, dispuesta y muy capaz de defenderse sola.   Lo mismo cocina que brega con la tubería del baño.  Lo mismo cuida nietos que pinta la casa.  Hace poco me sorprendió verla desarmar y limpiar un abanico -pieza por pieza- hasta hacerlo funcionar, aunque el arreglo apenas duró un par de días.  ¡Persistente ella!  Le ha tocado desenvolverse en ambientes dominados por hombres sin encontrar alguno que le llegue a los tobillos.  Es mucho más fuerte de lo que yo podría aspirar a ser, pero tiene una sensibilidad que la hace irrepetible.  No voy a divulgar detalles de sus dolores físicos ni emocionales, de sus frustraciones ni de las injusticias que le ha tocado vivir.  Sólo voy a decirte que nada de eso ha logrado endurecer su perfecto corazón.  De mi niñez con ella, recuerdo que me llevó a mi primer concierto (de Menudo); que salió corriendo a buscarme cuando sentí el primer temblor de mi vida y bajé las escaleras de la academia en leotardo y faldita de ballet; que me enseñó a comer jueyes; y que me salvó de tener un nombre que me habría dado demasiado trabajo explicar toda la vida.  De adolescente, la recuerdo ‘esgalillándose conmigo mientras cantábamos en el carro o en la sala; que me alcahueteó cada gusto; que fue mi mayor respaldo cuando decidí irme a estudiar al otro lado de la Isla; y que el día que me encontró ebria en el baño sólo me preguntó si estaba bien. 

Siendo adulta fue que descubrí en ella la mejor de mis amigas.  Especialmente, desde el día que le dije que estaba embarazada, he entendido muchas cosas y aprendido tantas más.  Ella es mi guía, mi compañera, mi persona favorita.  Más que consejos, me ha dado su ejemplo; sobre ser madre, sobre trabajo, sobre mi relación, sobre el futuro.  Me ha enseñado a vencer el miedo, a derribar los muros, a levantarme.  Ella entiende perfectamente cuando algo me duele y nunca me pide que no llore, sino que no me rinda.  Conoce la importancia de ser y estar, de que el día para celebrar es hoy, que el café sabe mejor si lo tomamos juntas.  Sabe dónde venden las cervezas más frías en Cabo Rojo, sabe que me detengo a mirar la luna y sabe que nada me sana mejor que su amor.  Existe una incomparable complicidad entre nosotras.  Nos reímos tanto que, a veces, nos ahogamos.  Todavía cantamos y bailamos cada vez que queremos, sólo que ahora escojo canciones que pueda dedicarle.  Todavía me hace sentar en su falda para mimarme.  Todavía busca complacer mis gustos.  A pesar de no vivir cerca hace tantos años, nunca ha habido distancia entre nosotras.  Ambas hemos aprendido a hacer tiempo para hablarnos, para escucharnos y, sobre todo, para disfrutarnos.  Después de todo, el tiempo es el único que lograría separarnos… porque lo único malo que puedo decir de mi mamá es que no es eterna. 💕 

¡Ah!  Y, si como madre es extraordinaria, como abuela rompe todos los esquemas, pero esas son otras 500+ palabras.  😉